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La última travesía del 'Guadalhorce"

El velero de tres palos matriculado en Las Palmas fue sorprendido en 1932 por el más fuerte ciclón de la historia de Cuba, que provocó la muerte de toda la tripulación

La última travesía del 'Guadalhorce"

La última travesía del 'Guadalhorce"

Aquella madrugada del miércoles 9 de noviembre de 1932, los miembros de la tripulación del Guadalhorse, el último velero español en la carrera transatlántica, trataron de impedir inútilmente que su buque de tres palos terminase en el fondo del mar frente a las costas del sur de Cuba. Unos meses antes habían zarpado de Las Palmas con rumbo al puerto de Jacksonville, en Estados Unidos de América, donde esperaba un cargamento de madera. Fue la última travesía de la célebre bricbarca que se vio afectada por uno de los ciclones más violentos ocurridos en el mar Caribe, de categoría cinco, que afectó a los territorios de Las Antillas y Centroamérica y convirtió en papel a aquella poderosa nave de madera. Toda la tripulación murió en medio de la mayor catástrofe natural en la historia de Cuba.

Durante varios días, la tripulación trató de capear como pudo un fuerte temporal que por esa época del año convierte a cualquier ruta marítima en peligrosa. La falta de previsión pesó en el fatal desenlace de los acontecimientos. Vientos huracanados que sobrepasaban los 250 kilómetros por hora causaban estragos tierra adentro, sobre todo en la provincia de Camagüey, afectando a los pueblos de Santa Cruz del Sur, Ciego de Ávila, Morón, Florida, Nuevitas, Júcaro, entre otros. Se calcula que 'el ciclón del 32', como se le conoce en los anales de la meteorología mundial, causó la muerte de más de tres mil personas en la isla de Cuba.

En alta mar las cosas comenzaron a ponerse arriesgadas desde los primeros días de noviembre. Pero durante el amanecer del miércoles 9 de noviembre, en medio del oleaje, ya no hubo dónde resguardarse ni tiempo para hacerlo. El momento era tremendamente peligroso. El marinero Alfredo García Mesa intentó subir al palo mayor del buque, pero un golpe de mar lo alcanzó de lleno, cayendo al agua. Fue entonces cuando el joven capitán Ángel Toledo Julián dispuso que fuese arriado un bote para el salvamento de su compañero, ocupándolo José A. Galtier, primer oficial; el contramaestre José Duchemint, y los marineros Ceferino Mederos, José García y Narciso Navarro. Pero nada de eso fue suficiente. El fuerte oleaje descargaba golpes alocados contra la nave, y antes de que pudieran alcanzar a Alfredo todos los marineros, incluido Ramón Pérez Rodríguez, desaparecieron bajo las bruscas aguas antes del amanecer.

Una documentación hallada en el archivo histórico provincial de Las Palmas -Joaquín Blanco- nos permite conocer las últimas imágenes tanto del buque como de las víctimas que perecieron en la tragedia. Las fotografías fueron enviadas en 1971 desde Bayonne (Nueva Jersey) por el pintor americano John A. Noble al entonces alcalde de Las Palmas de Gran Canaria, Jesús Pérez Alonso. En la misiva se explicaba que los habitantes de aquel puerto americano recordaban con mucho cariño al Guadalhorce, el último navío en transportar derivados del petróleo desde esa ciudad, hasta el punto de que su silueta sirvió para diseñar el escudo de la ciudad. El velero pertenecía a una casa naviera grancanaria que lo había adquirido en la Península y cambiado su antiguo nombre: Aníbal. El buque pasó a la empresa Bosch y Sintes, mallorquines de origen y dedicada a toda clase de operaciones mercantiles, dueños de una pequeña flota de veleros en las islas.

Relaciones comerciales

Las relaciones comerciales entre Canarias y Norteamérica existieron mucho antes de que las Treces Colonias británicas se independizaran en 1776. Los intercambios se intensificaron gracias al apoyo español a los independentistas y a la demanda de productos como la barrilla, el vino o el aguardiente. Harina, madera, pieles o productos elaborados llegaron de Estados Unidos a puertos como Arrecife de Lanzarote, Puerto de Cabras o Las Palmas. En esta última bahía las salidas de barcos hacia Nueva York, Boston o Filadelfia fueron periódicas, experimentando evolución de los productos comerciados según la demanda que se producía a un lado u otro de la orilla. Los mares permitían unas comunicaciones fluidas de mercancías, culturas y personas pese al notable apego al terruño del canario, debido a la necesidad, la carencia de trabajo o la miseria, acicates que convirtieron a las islas en un territorio de expulsión continua de población. A su vez, su agricultura -en muchos sectores siempre puntera en el mercado internacional- fue la base de un tráfico comercial intenso en muchas etapas históricas, no siendo menos en el siglo XIX con la producción de barrilla, posteriormente la grana y, a fines de la centuria, el tomate y plátano. En ese último tramo y en el primer tercio del siguiente siglo estuvo navegando la ruta Nueva York-Nueva Jersey Las Palmas, entre otras, la Guadalhorce, que hacía dos viajes de ida y vuelta cada año. Fue construida en 1861 en Palma de Mallorca por los hermanos José y Tomás Montenegro con una eslora de 36,850 metros, 9,32 de manga y 4,90 de punta. El tonelaje total era de 340 toneladas y el neto llegaba a 293. Su primer nombre fue Anibal, para, luego -1907- fue rebautizado Príncipe de Asturias hasta que a partir de 1912 pasó a denominarse Guadalhorce. Este fue el último buque para el comercio atlántico de vela y madera construido en España, el cual recaló en Gran Canaria adquirido por la Sociedad Mercantil Bosch y Sintes, cuya tasación se fijaba en 7.500 pesetas de la época. Éste y otros buques -como en María Luisa- se dedicaron a abastecer a la región de derivados de petróleo y aceites lubricantes enlatados, además de maquinaría transportados desde Norteamérica y Europa. Se enviaba en ellos productos de la tierra como el tomate, plátanos o pescado salado.

La última travesía del Guadalhorce se hizo bajo el mando del joven capitán Cipriano Garratón, un experimentado marino andaluz, mientras sus subordinados fueron el primer oficial José Galtier y Ángel Toledo Julián, piloto, ambos nacidos en Las Palmas de Gran Canaria. La salida del puerto de Las Palmas hacia Jacksonville (norte del estado de Florida) para cargar madera se llevó a cabo sin novedad, pero antes de llegar al sur de Cuba, cuando el velero se adentraba en el canal de La Providencia, un ciclón lo arrastró hacia la costa donde encallaron los restos. La falta de noticias en Las Palmas sobre su arribada a La Habana llevó al Sindicato Marítimo Canario y a la propia compañía a solicitar la colaboración de las autoridades cubanas en la búsqueda. Durante mucho tiempo se especuló si el barco había desaparecido hasta que, finalmente, un guardacostas cubano logró fijar su posición en los cayos de Las Doce Leguas. Allí, entre cajas de mercancías dispersas en la superficie, fueron encontradas la fueron encontradas la nave principal y un bote destrozados contra las rocas. En el bote salvavidas se localizó un jersey adquirido en los almacenes de Manuel Cárdenes de Las Palmas que pertenecía a una de las víctimas.

Además de los tres oficiales citados, se conoce el nombre del contramaestre -José Duchemint- y el marinero Ramón Pérez Rodríguez, también fallecidos en el naufragio, Ceferino Mederos, José García, Alfredo García Mesa y Narciso Navarro. La Gaceta de Tenerife, en su edición del día 17 de febrero de 1933, confirmaba también la noticia del naufragio de Guadalhorce, y anunciaba una recaudación de dinero para las familias de las víctimas que quedaban desamparadas.

En la causa instruida contra armadores y el seguro, el juez dio la razón a los familiares. Lo narraba La Gaceta de Tenerife, en su edición de 19 de junio de 1934: "De la pérdida del Guadalhorce. En la causa seguida por Agustín Navarro Falero, Francisco Quesada Díaz y Juan Romero Toledo contra la compañía de seguros L´Abeille y la casa armadora Bosch y Sintes, sobre indemnización por accidente de mar, por dicho tribunal se ha dictado sentencia condenando a estos a que paguen a los actores el importe de dos años de sueldos y dos años de manutención a cada uno, como indemnización por la muerte de sus hijos, ocurrida por el naufragio con los intereses del 5 por ciento anual", señalaba.

La historia de este naufragio sería otra más a añadir a las otras tantas ocurridas a lo largo del tiempo, aunque con las peculiaridades de ser el último velero construido de madera que hacía la ruta trasatlántica y la desaparición de toda la tripulación, integrada por algunos canarios, en el ciclón del 32, cuya memoria hemos recuperado en este trabajo después de que en el pueblo cubano de Camagüey levantara un monumento en memoria de todas las víctimas. Los testimonios fotográficos remitidos por el pintor John A. Noble son de un evidente valor humano e histórico de un buque cuya pérdida cerró un ciclo de la construcción y navegación marítima en España y las islas. En las seis fotografías se observan al barco con parte del velamen desplegado, al piloto -posiblemente el mencionado Toledo- y los miembros de la tripulación.

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