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Un París melacólico de flâneurs y apaches

Luc Sante retrata una Ciudad Luz alternativa envuelta en sombras que se resiste a ser un artefacto congelado

Un París melacólico de flâneurs y apaches

Un París melacólico de flâneurs y apaches

Es el París de Aristide Bruant le chansonnier populaire con su sombrero negro de ala ancha y su pañuelo rojo, el rey del cabaret inmortalizado por Toulouse-Lautrec; de Madame Kelly, cuyo burdel Le Chabanais lo patrocinaron los monarcas de Europa, incluido el futuro Eduardo VII, que tenía una silla estribo hecha de encargo, según sus propias especificaciones, para los encuentros amorosos, y de Mistinguett, la estrella cantante más grande del período de entreguerras.

Aquella fue también una época de fascinación parisina hacia los americanos, estimulada por la popularidad de las novelas de Fenimore Cooper, que llevó a la adopción generalizada de la palabra apache por parte de gángsters y pequeños matones, y la aparición de una danza del mismo nombre, especie de tango en el que el hombre con jersey a rayas, pañuelo al cuello, una gorra plana y alpargatas, arrastraba a la mujer, vestida de negro, por el piso de los salones: un número que formó parte de los espectáculos de variedades hasta los años sesenta.

En el París de Luc Sante, que arranca en el siglo XIX, la mayoría de las cosas estaban en las calles, al alcance de la mano. No sólo el carnicero, el panadero y el lechero quedaban cerca, los aristócratas vivían en el segundo piso, el mendigo se refugiaba en una choza adosada al patio del edificio, y hallabas al artista de guardia nada más doblar la esquina. En su brillante ensayo por piezas, el escritor belga afincado en Estados Unidos, autor de Mata tus ídolos, parte de un diálogo de la película Pépé le Moko (1937), de Julian Duvivier, ambientada en Argel, en la que los protagonistas, parisinos, recuerdan con nostalgia su ciudad natal. Gaby (Mireille Balin), para exonerar su melancolía de alta cuna cita lugares que le son familiares. Pépé (Jean Gabin), clase obrera, replica, a su vez, con los suyos. Se trata de dos metrópolis distintas. Sólo coinciden en la plaza donde se alza el Moulin Rouge, que separa los garitos de Pigalle de los barrios occidentales más distinguidos. El libro de Sante no habla de la ciudad de Gaby, en cambio derrocha sentimiento por la de Pépé.

Las reglas cambiaron de forma irrevocable. El pez grande se comió al chico, el rico desalojó al pobre. El desarrollo inmobiliario se comportó como un ángel exterminador: el ejemplo de Les Halles resulta palmario. Al París que fue, sólo le quedó la incertidumbre del escenario grandioso de miserias que se resiste a convertirse en artefacto congelado. Al igual que hizo en Bajos fondos, donde relata el inframundo de Nueva York en el siglo XIX y principios del XX , París, hogar del flâneur, parece ser un territorio natural para Sante. No sólo es un paraíso para los peatones sino un museo viviente, su pasado está prendido por una fiel obsesión. Los amantes de esta ciudad se encuentran entre los más ardientes y prolíficos de la historia, y Sante los ha leído a todos, visto sus obras de arte, sus películas y escuchado sus canciones. Se lamenta con Hugo y se desliza por la cuneta con Zola. Su inspiración son los flâneurs por excelencia, Baudelaire y Walter Benjamin. El flâneur, como él mismo escribe, no surgió hasta el siglo XVIII, cuando los hombres empezaron a organizar su tiempo libre dependiendo del trabajo. En el estilo epigramático del autor de El populacho de París, uno de los mejores mapas alternativos envuelto en sombras que he leído sobre la Ciudad Luz, las gloriosas imágenes de las demi-monde alternan con los fumadores de opio y los bebedores de absenta. Derrocha conocimiento mundano y, a la vez, intimidad, y los perfiles que resultan familiares tienen siempre detrás una historia de fondo.

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