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Últimas noticias del campo de batalla

'El violento siglo americano' repasa el mapa bélico internacional tras la Segunda Guerra Mundial, pone reparos a la era más pacífica de la historia e indaga en la militarización intervencionista de Estados Unidos

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El mundo no ha conocido una Tercera Guerra Mundial pero la maquinaria bélica no ha dejado de sembrar terror, muerte y brutalidad. El historiador y premio Pulitzer John W. Dower da cuenta de ello en El violento siglo americano, una imprescindible guía de ferocidad humana que arranca con la mal llamada guerra fría y prosigue con las bien llamadas 'guerras sucias' de América Latina o las 'operaciones especiales' realizadas a sombra y fuego. Por no hablar de las campañas de modernización nuclear emprendidas por el demócrata Obama y continuadas por el republicano Trump. ¿Vivimos la era más pacífica de todos los tiempos o estamos ante un espejismo quebrado por la realidad?

El autor advierte: "Vivimos en una época de una violencia desconcertante. En 2013, el presidente del Estado Mayor Conjunto declaró ante un comité del Senado que el mundo 'es más peligroso que nunca'. Sin embargo, los estadísticos cuentan una historia diferente: la de que la guerra y los conflictos letales han disminuido de manera constante e incluso vertiginosa desde la segunda guerra mundial. Actualmente, muchos académicos de la corriente principal respaldan esta opinión. (...) Steven Pinker adoptó las expresiones 'la larga paz' para designar las más de cuatro décadas de la guerra fría (1945-1991), y 'la nueva paz' para los años posteriores a la guerra fría hasta nuestros días".

Según Pinker, las estadísticas indican que "podemos estar viviendo en la era más pacífica de la existencia de nuestra especie". Ahora bien, esta denominada paz de la posguerra "estuvo, y sigue estando, impregnada de sangre y atormentada por el sufrimiento. Es razonable argumentar que, durante esas décadas de la guerra fría, el número total de bajas fue inferior al de los seis años de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), y ciertamente mucho menor que el de la suma de víctimas de las dos guerras mundiales del siglo XX. También es innegable que el número total de bajas ha disminuido más desde entonces. Los cinco conflictos intraestatales o interestatales más devastadores de las décadas de la posguerra -en China, Corea, Vietnam, Afganistán, y entre Irán e Irak- tuvieron lugar durante la guerra fría. Es también el caso de la mayoría de los politicidios, o asesinatos políticos de masas y de los genocidios más letales -en la Unión Soviética, China (de nuevo), Yugoslavia, Corea del Norte, Vietnam del Norte, Sudán, Nigeria, Indonesia, Pakistán/Bangladesh, Etiopía, Angola, Mozambique y Camboya, entre otros países-.

Ciertamente el fin de la guerra fría no acabó con tales atrocidades (como las que ocurrieron en Ruanda, el Congo, y con la implosión de Siria). No obstante, como sucedió con las grandes guerras, la trayectoria es descendente".

Se pregunta Dower qué motiva la imagen aséptica de estos "años de paz". Una imagen, explica, que "se centra en las grandes potencias. Los principales antagonistas de la guerra fría, Estados Unidos y la Unión Soviética, con sus rebosantes arsenales nucleares, nunca llegaron a las manos. De hecho, las guerras entre las grandes potencias o entre los estados desarrollados se han convertido (según Pinker) en algo 'prácticamente obsoleto'. No ha habido una Tercera Guerra Mundial, ni es probable que la haya".

En Estados Unidos, "donde el sentimiento de 'haber ganado la guerra fría' sigue estando arraigado, el relativo declive de la violencia global después de 1945 se atribuye, en general, a la sabiduría, virtud y capacidad armamentística del 'mantenimiento de la paz' estadounidense. En los círculos militaristas más agresivos, la disuasión nuclear sigue siendo glorificada como una política ilustrada que impidió un conflicto global catastrófico. Describir la larga era de la posguerra como una época de paz relativa es deshonesto, y no solo porque desvía la atención de la muerte y la agonía que en realidad se produjeron y siguen produciéndose, sino que también oculta la medida en que Estados Unidos es responsable de contribuir, más que de impedir, la militarización y el caos después de 1945". Aviso: "Las incesantes transformaciones de los instrumentos de destrucción masiva encabezadas por EE UU son en gran medida ignoradas. La continuidad de ciertos elementos estratégicos en la manera de librar la guerra al estilo estadounidense (una expresión popular en el Pentágono), supeditada en gran medida a las fuerzas aéreas y otras formas de fuerza bruta, pasa desapercibida, al igual que la ayuda a regímenes extranjeros represivos y el impacto desestabilizador de las intervenciones abiertas o encubiertas llevadas a cabo en el extranjero".

Los datos para apoyar el argumento del declive de la violencia son densos y a menudo convincentes, admite el autor, "y proceden de diversas fuentes respetables. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la cuantificación exacta de las muertes y la violencia resultan prácticamente imposibles".

Dower pone énfasis en que "la dificultad de calcular las bajas de los conflictos civiles, tribales, étnicos y religiosos con cierta exactitud es obvia. Lo mismo puede decirse de los politicidios, que abarcan desde el asesinato de millones de personas causado por las políticas gubernamentales, deliberadas o no, hasta las decenas de miles de asesinatos políticos más selectivos cometidos por los regímenes autoritarios. Los regímenes comunistas son responsables de un gran porcentaje de estas atrocidades en el siglo XX, pero el historial estadounidense de ayuda a gobiernos autoritarios brutales en Latinoamérica, África, Asia y Oriente Medio es considerable, sórdido y, según las normas que el propio país profesa, en gran medida criminal. Concentrarse en las muertes y en su presunta trayectoria descendente también desvía la atención de las catástrofes humanitarias en sentido amplio".

Pregunta clave: "Si la incidencia total de la violencia, contando el terrorismo del siglo XXI, es relativamente baja si la comparamos con amenazas y conflictos globales anteriores, ¿por qué Estados Unidos reacciona convirtiéndose en un 'Estado de seguridad nacional' cada vez más militarizado, hermético, irresponsable e intervencionista?" Las posibles explicaciones proceden de varias direcciones. Adelantemos una de ellas: "La paranoia puede estar inscrita en el ADN de los estadounidenses o en el de la especie humana. O quizá simplemente la histeria anticomunista de la guerra fría ha experimentado una metástasis, convirtiéndose en un miedo patológico al terrorismo después del 11 de septiembre".

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