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¿Por qué volver a Atenas?

Un regreso a la capital griega, una ciudad inagotable, pero donde cada rincón ofrece una pregunta de Sócrates, un verso de Sófocles, un discurso de Pericles...

¿Por qué volver a Atenas? No cuándo, ni cómo, ni para qué, ni con quién, sino por qué. Esa es la pregunta correcta. ¿Por qué volver a Atenas? Los que visitan muchas veces Londres, Roma, Nueva York, Barcelona o París no tienen que responder a esta tremenda pregunta: "¿Por qué vuelves?". Sin embargo, El Cairo, Alejandría, Estambul y, sobre todo, Atenas son ciudades que tienen que soportar el peso del por qué. Roma es inagotable. Londres no se termina nunca. Nueva York no tiene límites conocidos. Pero€ ¿Atenas? Vista una vez, la moderna Atenas que creció a lo loco y con prisa alrededor de la Acrópolis ya está vista para siempre. ¿Por qué regresar? La respuesta, amigo mío, está en el lugar.

María Belmonte dice en su precioso ensayo Peregrinos de la belleza, un recorrido por las vidas de los hombres que amaron Italia y Grecia hasta el infinito y más allá, que hay dos tipos de viajeros por Grecia: aquellos que no ven sino la suciedad acumulada en los arcenes de las carreteras, las casas a medio construir o la mugre de Atenas, y quienes "ven" y reconocen la fuerte presencia del genius loci en cada rincón de esta tierra. Si el que visita Atenas solo ve la suciedad que casi nos muerde los tobillos en muchos barrios dejados de la mano del Estado, entonces se perderá los cambios de color de los mármoles del Partenón en el aparente viaje diario del sol hacia el oeste. ¿Por qué volver a Atenas, decíamos? Porque Atenas es inagotable, interminable y sin límites conocidos como Roma, Londres o Nueva York, pero además en cada recodo ateniense se oculta una incómoda pregunta formulada por Sócrates, un verso de Sófocles, un discurso de Pericles, una sombra de los muros que unían Atenas y el puerto del Pireo, un murmullo del río Iliso, un silencio que surge de las emocionantes ruinas del cementerio del Cerámico, un sonido familiar cuando se anuncia una parada del metro (Thiseio, Akrópoli, Panepistimio, Syntagma, Omonia, Monastiraki€). El genio del lugar.

¿Por qué volver a Atenas? Porque, como dejó dicho Patrick Leigh Fermor en su espléndido libro Mani. Viajes por el sur del Peloponeso, en Grecia apenas hay una roca o un arroyo que no esté vinculado a una batalla o un mito, a un milagro o una anécdota o superstición campesina, a un incidente extraño o memorable. Es así en Grecia, y así es en Atenas. Desde lo alto del monte Licabeto, al que se llega tras una ascensión casi mística a pie o profundamente física si se utiliza el funicular, se contemplan los mismos siglos (bueno, puede que no tantos) con los que Napoleón enardeció a sus tropas en Egipto antes de la batalla de las Pirámides contra los mamelucos. Y, sin embargo, desde el Licabeto se ensancha la mirada sobre Atenas pero se pierde perspectiva. No creo que ocurra algo parecido con otras ciudades. Atenas necesita ser leída con los pies en cada esquina, en cada taberna de barrio, en cada piedra del ágora, en cada breve espacio de la colina de la Pnyx donde ya no están las voces de los viejos atenienses que parieron esa loca idea de una democracia tan radical como imperfecta. Hay que subir al Licabeto para hacer unas maravillosas fotos de Atenas y para darse cuenta de que es necesario bajar del Licabeto si se quiere ver para entender. Del mismo modo, me parece que los turistas debemos bajar de la colina del Areópago para ver y entender la Acrópolis o, al menos, deberíamos subir las difíciles escaleras del Areópago para mirar de frente la imponente perfección de sus piedras, y no para dar la espalda en masa a los Propileos y hacer una autofoto.

Siempre me sorprende la cantidad de turistas que suben al Areópago, justo a los pies de la Acrópolis, pero hasta este verano no había caído en la cuenta de que la atracción de este lugar reside no tanto en su historia (fue sede de un tribunal ateniense, y aquí dio un discurso san Pablo) ni, mucho menos, en su belleza (no hay mucho que ver y sí bastantes oportunidades para resbalar), sino en que los gurús del turismo han declarado al Areópago como el sitio perfecto para la autofoto perfecta con el fondo perfecto. Y no digo que no sea así, pero no deja de ser chocante, por contradictorio, que tengamos que dar la espalda a la Acrópolis y utilizar el Areópago como punto de apoyo para que el mundo de Instagram se mueva a nuestro alrededor.

Como yo también soy un turista y nada de lo turístico me es ajeno, entiendo y asumo la contradicción que supone no mirar lo que se quiere mirar para que otros sepan que lo podría estar mirando, pero creo que el Areópago no se merece esta reconversión en un simple (y resbaladizo) punto de apoyo, en la atalaya ideal dispuesta por los dioses del turismo para fotografiar la Acrópolis como el sumo creador diseñó la nariz para ser el soporte perfecto de las gafas. De acuerdo, alrededor del precioso monumento de Lysíkrates (siglo IV a. C.), en el barrio de Plaka, han crecido tabernas, tiendas de recuerdos y un pequeño parque, pero todo eso es mejor y más digno que la metamorfosis del Areópago en roca viva donde poder asentar los pies para que la autofoto con la Acrópolis de fondo sea canónica. Un golpe más duro para la colina de Ares que el infligido por Clístenes al recortar y limitar los poderes del tribunal.

Cuando el Areópago se despertó una mañana de verano después de un sueño intranquilo, se encontró convertido en un monstruoso insecto. Y, con todo, sospecho que la solitaria colina donde está el monumento que los atenienses dedicaron al filoheleno cónsul romano Filopapo (siglo II a. C.) envidia al Areópago porque en estos tiempos de Instagram y Facebook es mejor ser cola y punto de apoyo de autofoto que cabeza de nada.

Los cañones del veneciano Francesco Morosini bombardearon la Acrópolis, causando terribles daños, desde la colina de Filopapo, pero hoy este espléndido lugar está casi vacío de turistas. ¿Por qué hay que volver a Atenas? Porque hay que subir al Licabeto (a pie o en funicular), al Areópago (con cuidado para no resbalar) e incluso a Filopapo (a un corto y precioso paseo desde la Acrópolis) para entender que hay que bajar del Licabeto, del Areópago y de Filopapo y dejar que nuestros pies nos lleven donde el corazón y el genio del lugar, y no los gurús del turismo y del "me gusta", nos digan.

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