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Centauros de Pelión

Hoy debemos viajar a Volos, en el centro de Grecia y a los pies del monte Pelión, si queremos imaginar que formamos parte de la tripulación de la nave 'Argo'

Una vista de Afissos.

Una vista de Afissos. MARÍA JOSÉ VICENTE ANTÓN

Yolco suena mejor que Volos, del mismo modo que Halicarnaso llena la boca más que Bodrum y Ponto Euxino eleva el espíritu más allá del Mar Negro. O no, porque escuchar nombres como Volos, Bodrum o Mar Negro también hace que nos entren ganas de hacer la maleta. En todo caso, hoy debemos viajar a Volos, en el centro de Grecia y a los pies del monte Pelión, si queremos imaginar que formamos parte de la tripulación de la nave Argo y vamos en busca del vellocino de oro en compañía del héroe Jasón.

En el puerto de la actual Volos hay un barco, réplica del mítica nave de los argonautas, que a fuerza de ser fotografiada puede que algún día pierda su alma, pero no pasaría nada porque en el paseo marítimo de Volos hay una escultura que recuerda el viaje de Jasón, otra réplica del Argo se levanta en una rotonda en pleno mar de tráfico de la ciudad, la calle que se abre al mar lleva el nombre de los argonautas, muchas tabernas de Volos rinden homenaje a Jasón, y hasta las farolas tienen grabada la imagen de la nave Argo. Así que en Volos es imposible escapar del recuerdo de los argonautas, que viajaron a la Cólquida, al este del Ponto Euxino, para apoderarse (es decir, robar) el maravilloso vellocino de oro, vellón de un carnero alado que estaba colgado de un árbol consagrado a Ares. La idea de tan largo y peligroso viaje no fue de Jasón, sino de Pelias, rey de Yolco, que intentó así deshacerse de su sobrino Jasón porque una profecía le había advertido que un hombre con una sola sandalia sería el causante de su muerte. Y ese hombre era Jasón.

El poeta Cavafis nos dice que cuando emprendamos el viaje a Ítaca debemos pedir que el camino sea largo, lleno de aventuras y de experiencias. El viaje de Jasón y los argonautas (ida y vuelta) fue, como quería Cavafis, larguísimo, lleno de aventuras y de experiencias, de trampas, de dudas, de indecisiones y de acciones heroicas. Lo sabemos gracias a Apolodoro de Rodas, que lo cuenta muy bien en sus Argonáuticas (y también porque hemos visto la maravillosa película Jasón y los argonautas, con los inolvidables efectos especiales creados por Ray Harryhausen), y por eso dar una vuelta por el paseo marítimo de Volos con un ejemplar de las Argonáuticas bajo el brazo es tan emocionante como sentarse en el puerto de Forcis, el lugar donde desembarcó Ulises cuando regresó a Ítaca, con la Odisea de Homero cosida al corazón. Es el inmenso poder de los viejos mitos y los grandes poetas. Pero como no solo de mitos y poesía vive el hombre, en Volos es obligatorio entrar en una de las muchas tsipouradika, dejarse llevar por la costumbre local y pedir un tsipouro (aguardiente de orujo) con mezedes (aperitivos) hasta que el sol dé una pequeña tregua y podamos continuar el paseo por Volos y refrescar el cuerpo y la mirada en su encantador Museo Arqueológico. Un consejo. Hay que nacer en Volos para seguir el ritmo de tsipouro, mejillones, sardinas, más tsipouro, pimientos, pulpo, más tsipouro, calamares, calabacín y mucha conversación sin que el mundo empiece a girar en torno a la taberna y sin correr el riesgo de quedar tan dulcemente atrapados en Volos como Ulises en la isla de Calipso o, ya que estamos donde estamos, como Jasón y sus compañeros en la isla de Lemnos, donde solo habitaban mujeres. Está avisado. Pidamos un último tsipouro con mezedes y nos vamos.

Pelión es tierra de centauros, y no hay que perder la esperanza de encontrarnos con un Quirón, el centauro que fue tutor de grandes héroes (entre ellos, el mismo Jasón) en un recodo de la carretera. ¿Le parece imposible? Claro, ya no creemos en centauros. ¿Y creían los griegos en la existencia de centauros como Quirón? Galeno, por ejemplo, pensaba que no había centauros, puesto que el teorema "la bilis del centauro alivia la apoplejía" no tiene sentido. Sin embargo, Galeno también creía que el centauro Quirón conocía el arte de la medicina y que luego se lo enseñó a Asclepio. ¿Se contradice Galeno? En realidad, no. Galeno rechazaba lo maravilloso como algo irreal y, a la vez, estaba convencido de que los mitos tenían un fondo de verdad. Por decirlo de otra forma, y siguiendo a Estrabón, Homero no escribió la Odisea para divertir, sino para enseñar geografía. Según la doctrina de las cosas actuales, el pasado es semejante al presente. Lo maravilloso, por tanto, no existe (hoy no existen seres cuya mitad superior del cuerpo es humana y la otra mitad de caballo, luego los centauros nunca existieron). Sin embargo, esta doctrina debe ser tomada con cuidado porque, como ya hizo notar Cleón de Magnesia, quienes nada han visto niegan equivocadamente ciertas rarezas. Puede que lo maravilloso dado en el pasado nunca haya existido, pero puede también que el fondo de los mitos deba ser considerado verdadero... siempre que no sea insostenible. Platón, por ejemplo, dice en su diálogo Leyes que tiene dos razones para creer que las mujeres son aptas para el oficio de las armas: por un lado cree en el mito de las Amazonas y por otro sabe que en su tiempo las mujeres de la tribu de los Sauromatas practicaban el tiro con arco. Los mitos, pues, tienen un indubitable núcleo de verdad. Así que, en nuestro viaje por Pelión, podemos encontrarnos con un centauro.

Si alquila un coche y viaja por Pelión como si lo hiciera en la nave Argo, se encontrará con preciosos pueblos de montaña como Makrinitsa o Portariá (muy cerquita de Volos), con pueblos con playa incorporada como Agios Ioannis o con suerte cinéfila como Damouchari (en su precioso y pequeño puerto se rodaron algunas secuencias de Mamma mia!), con sorpresas escondidas como Tsagkárada (puede sentarse a la sombra del enorme plátano de mil años y pasear por sus infinitos senderos llenos de verde) y con pueblos con un encanto más poderoso que el que permiten suponer el lento goteo de turistas (Afissos, Trikeri o el tranquilísimo puerto pesquero de Agia Kyriaki). Y con playas tan hermosas como Plataniás, o tan deslumbrantes y concurridas como Mylopótamos.

Y hasta con un tren de otra época como el que une Ano Lechonia con Miliés, que evoca viejos sonidos (el chucuchú) y ya perdidas maneras de viajar. To trenaki es lento, como los trenes de Tozeur que canta Franco Battiato, y esa lentitud permite amasar en la mirada paisajes potentes, puentes hermosos (aunque Marilyn Monroe escribió en uno de sus poemas que nunca había visto un puente feo) y pueblos alojados en la montaña como si fueran niños con pala, cubo y rastrillo que pasan la tarde en la playa. En Miliés, donde llega (y también parte) el tren, hay una preciosa biblioteca pública con un cartel que nos recuerda que los libros son la medicina del alma, y en Miliés nos espera la iglesia de Taxiarchis, con preciosos frescos del siglo XVIII que demuestran que es imprescindible entender el lenguaje de las viejas pinturas si no queremos que pasear la mirada por los frescos sea como escuchar una bonita canción en coreano sin saber ni una palabra de coreano. Pero es otra historia. Y Pelión es tierra de mitos.

Si John Wayne era un centauro del desierto en la película de John Ford, los turistas que viajamos en t o trenaki, en coche, a pie o en autobús por Pelión somos centauros de la montaña. Centauros del Pelión. Porque los centauros existir no existirán pero haberlos, haylos.

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