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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Contestatario y cantautor

Poeta del jazz y precursor del rap, Gil Scott-Heron, el llamado Bob Dylan negro, siempre luchó por salirse del foco que pretendía iluminarlo

Recordarlo simplemente como un precursor del hip hop es perderse otros fragmentos de vida que hicieron grande a Gil Scott-Heron (1949-2011), uno de los cantautores contestatarios más influyentes de su generación. Lo llamaron el Bob Dylan negro, que tampoco serviría para describir el papel que desempeñó como artista de culto para Prince, Elvis Costello y el rapero Kanye West, entre otros. Pero asociarlo con el rap podría llevarnos a extraer conclusiones equivocadas o hacerlo parecer el fruto de un cruce entre Eldridge Cleaver, el legendario activista político y comunicologo de los Black Panthers, y Chuck D, uno de los mayores propagadores del rap político de la historia de la música popular.

Scott-Heron, como él mismo escribió en su memorias póstumas, publicadas recientemente por Libros del Kultrum bajo el título de Con las horas cantadas, en el fondo siempre fue un chico de campo de Tennessee, de corazón suave como una mañana de verano. A pesar de su "guerra de guerillas melódica", el gueto no le perteneció anímicamente. Para él, la reticencia intelectual hacia el poder significa más que la propia revolución. Su música lo confirma como un fino catalizador del sentimiento. En su extraordinario catálogo de quince álbumes que abarcan desde 1971 con Small Talk..., Free Will (1972), las dos obras tardías, Spirits (1994) y el sorprendente final de I'm New Here en 2010, resulta evidente que por cada canción de revolución hay cinco sobre la paz, el amanecer de un nuevo día o la amistad. El problema es que muchos de estos últimos temas, como es el caso de Peace Go With You Brother, no convencen del mismo modo que si los cantasen Stevie Wonder o Al Green. No es tan bueno como ellos en ese tipo de cosas.

Sí, en cambio, en la desolación. Scott-Heron pudo renunciar a la guerrilla, siempre tuvo una buena justificación para hacerlo, pero no a la amargura de vivir sin esperanza de lograr un mundo mejor. Era el poeta de los desposeídos y derrotados de una raza, de los drogadictos y los alcohólicos. Para comprobarlo solo hay que escuchar las canciones, como The Bottle, que tratan sobre personas que han ido demasiado lejos y no van a volver. Fue un maestro en compadecerse de la fragilidad humana. Cantó a la decepción como si la hubiera conocido por la propia experiencia. Posiblemente sabía lo que era sentirse decepcionado y decepcionar a los demás cuando le pedían el esfuerzo como activista que él nunca estuvo dispuesto a ofrecer. Mientras los boomers encontraron un eslogan en el estribillo de su pieza de mayor éxito, The Revolution Will Not Be Televised (La revolución no será televisada), la generación posterior al soul halló su consuelo llamándolo el padrino del rap, un apelativo al que respondió con firmeza: "No me culpes por eso".

Su recuento póstumo es un magnífico libro; trata tanto de su vida como como del contexto: el convulso teatro de la América de finales del siglo XX.

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