Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Una tormentosa vida en Gran Canaria

Miguel Rodríguez Díaz de Quintana reconstruye los tristes acontecimientos familiares que originan que el gran actor hijo de Pilar Bardemn reniegue de su procedencia isleña

Portada del libro de memoria de Pilar Bardem.

Portada del libro de memoria de Pilar Bardem. LP

En las amenas memorias que escribió la actriz española, Pilar Barden, en 2005, gran parte de la obra está dedicada a la amarga experiencia que ella y sus hijos sufrieron durante la estancia en nuestra ciudad. En el libro, esta mujer cuenta con desgarradores detalles el calvario que vivió en la isla a lo largo de los cinco años de su vecindad insular, en la que prácticamente pudo mantenerse de la caridad de parientes, vecinos y tenderos; en donde se le murió un hijo por negligencia de un médico de nuestras clínicas, y en donde estuvieron a punto de violarla una noche en la más céntrica plaza de Vegueta. Si a todo esto se añade que el esposo pasaba de los problemas familiares, y la mayor parte del tiempo se entretenía en los candorosos brazos de las niñas del cercano barrio de Lugo, es comprensible que esta atormentada gran dama del cine, del teatro y de la televisión española guardara un amargo recuerdo de su estancia en nuestra acogedora y hospitalaria ciudad de Las Palmas de Gran Canaria.

Una de las principales causas de los episodios que va a sufrir Pilar en nuestra ciudad es que no se casó enamorada. Se encaprichó de un fornido salmantino de casi dos metros de altura y de 100 kilos de peso. En la fotografía de su boda, que ella publica en las memorias, pone a pie de página: "fíjense la cara que tengo durante la ceremonia". Les relacionó la afición que ambos tenían por la música y las corridas de toros.

La artista

Para recordar la personalidad de la actriz, rememoremos que María del Pilar Bardem Muñoz, nace accidentalmente en una fonda de hospedaje de Sevilla el 14 de marzo de 1933. Sus padres, Rafael Bardem Soler y Matilde Muñoz Sampedro, pertenecían a una larga saga de artistas de origen judío, y eran actores cómicos que las pasaban canutas en aquellos difíciles años de dictadura y república, hasta el punto, que los honorarios por sus trabajos en los teatros andaluces se abonaban con chorizos y con algún que otro cartucho con arroz y lentejas. A pesar de la gran pobreza de la familia, a la niña, por influencia de buenas amistades, pudieron ingresarla en el afamado colegio de Nuestra Señora de Loreto, perteneciente a las Esclavas Concepcionistas del Divino Corazón, en donde adquirió una formación católica, sólida y responsable, y aunque empezó a estudiar medicina y fue una cotizada modelo de alta costura, al estar rodeada por tantas ramas de actores y actrices, como su hermano Juan Antonio, sus tías Mercedes y Guadalupe Muñoz Sampedro, y sus primas Carmen Lozano y Conchita Bardem, Pilar irrumpiría mas adelante en el cine. Entre sus innumerables trabajos figuran sus interpretaciones en las películas El mundo sigue, de Fernando Fernán Gómez, Buenos días, condesita, de Luis César Amador, y La novicia rebelde, de Luis Lucía. Pero antes que la cinematografía llegue, la entonces ingenua sevillana es una excelente y sufrida ama de casa.

Su calvario

Contaba 27 años cuando contrajo matrimonio con José Carlos Encinas Doussinague, un hombre conflictivo, entonces estudiante de Económicas, que decía descender de Ricardo Corazón de León y de una princesa navarra, y era hijo de un ganadero de reses en Guijuelo del Barro (Salamanca). A Pilar le había seducido aquel muchacho robusto, culto e inteligente, buen conversador y con un agudizado sentido del humor. Entonces la joven tenía unos 22 años y el noviazgo se prolongó entre canciones de Piaf y Brassens y entretenidas corridas de toros.

Ante las estrecheces económicas que entonces daba la profesión, y las misteriosas ocupaciones que desarrollaba el marido, que en todo momento eran desconocidas para la esposa, la situación del matrimonio, ya con dos hijos que mantener, era de extrema precariedad. Aquella realidad, e influenciado por unos antiguos amigos canarios, será el estímulo que aconseja al esposo a establecerse en Canarias, donde el turismo que empieza a desarrollarse en nuestra isla, con el aliciente de bellísimas suecas que pululaban ligeritas de ropa por nuestras playas, comenzaba a tener buen eco y publicidad en las principales capitales españolas.

Los Encinas Bardem llegan a Las Palmas la noche del 26 de junio de 1965. El marido había venido con un extraño contrato de trabajo para desarrollar su tarea en una inmobiliaria que vendía casas en la barriada de Escaleritas. Las primeras semanas las pasaron hospedados en un piso de las Alcaravaneras. Al día siguiente de llegar, Pilar se va a tropezar con las primeras sorpresas desagradables que como un pórtico van a ser los escenarios del resto de la estancia. Tenía mucho interés en llevar a los niños a bañarse en la playa vecina, que desde la ventana del domicilio se divisaba, pero aquella triste mañana amaneció oscura, con una de las "panzas de burro" más negras de la temporada. Al final lo hizo y los niños terminaron embadurnados de alquitrán. Luego bajó ilusionada a la tienda de comestibles para adquirir unos plátanos que quería darle a sus hijos, y la fruta que encontró no era nada apetecible. Al decírselo a la tendera, ésta, con la mayor naturalidad del mundo, le dijo que los buenos plátanos se les enviaban a los godos y a los ingleses, y que en Canarias solo quedaban los pintones para el consumo local. Pilar se entera que en lo sucesivo iba a estar tildada de goda, cosa que en realidad le hizo gracia, pero lo de los plátanos no lo pudo comprender, y en el libro de sus citadas memorias hay un crítico capítulo titulado: ¡No hay plátanos en Canarias!

Tras pasar por las Alcaravaneras, la familia se traslada a la que sería su residencia definitiva en la entonces calle General Franco, numero 54, hoy Primero de Mayo, en la planta doce del llamado edificio triangular que acababa de ser inaugurado. Llegan al nuevo domicilio sin un duro en el bolsillo. No hay dinero. El esposo dice que todavía no le han pagado. La realidad es que vino a Canarias sin un contrato firme. Pilar se las ingenia para que don Justo, el comerciante que tiene abierta tienda de víveres en la terraza del segundo piso de la misma vivienda, le conceda provisionalmente unos fiados, créditos que se prolongaran durante muchos meses, por lo que la actriz lo reflejará con grandes elogios y agradecimiento en sus memorias.

Los días y semanas van pasando. El matrimonio prácticamente no hace vida social, ya que sin dinero ni amistades las relaciones son complicadas. Sin embargo, desde un principio se van a relacionar con dos parejas de buenos amigos: el ingeniero agrónomo Manolo Bermejo (que luego sería en 1979 alcalde de Las Palmas) y su mujer Aurora García, "un ser maravilloso y magnifica persona", y Manolo del Río y su encantadora esposa, María Esther Alonso Muñoz, "otra pareja deliciosa". El coincidente segundo apellido de ambas las hicieron simpatizar. Con los amigos canarios, los Bardem comienzan a frecuentar los salones del Real Club Náutico y la burguesa sociedad insular.

El nuevo hijo

Poco después del establecimiento en la isla Pilar queda de nuevo embarazada. Ella confiesa en sus memorias, y por eso me atrevo decirlo, que su vida sexual era muy activa e intensa. La gestación era algo complicada, y su ginecólogo de Madrid, con el que ella consultaba frecuentemente, le recomienda que se trasladara a la capital de España para dar a luz y así poder realizar un mejor seguimiento. El niño nació el 21 de noviembre de 1967, tras un parto bastante complicado. Se llamó Javier en honor de un cirujano muy amigo de la familia. Había llegado al mundo con serias complicaciones de salud, pero una vez restablecido, el médico aconseja que ya podía la pareja con el recién nacido regresar a Gran Canaria. De nuevo en la isla, el niño comienza a empeorar. Los continuos e imparables vómitos después de mamar aconsejan llevarlo de nuevo al hospital. Los sanitarios parece que no le dieron mucha importancia. Solo una enfermera y un interno que estaba acabando la carrera de medicina se dan cuenta de la gravedad del niño, pero según confiesa la madre, mientras que el bebé agonizaba sobre un almohadón, el médico que le trataba se fue aquella tarde al cine y el niño murió. Falleció a las 11.30 del 8 de diciembre, a los 19 días de su natalicio. El deceso fue a consecuencia de una toxicosis, un síndrome grave de aparición brusca, especialmente en los lactantes. Fue sepultado al día siguiente en el nicho 230 de párvulos del cementerio de San Lázaro.

Pilar nunca pudo imaginar que aquella muerte le iba a producir tanto dolor. En sus propias carnes comprobó que una madre nunca está suficiente preparada para soportar la perdida de un hijo. Desconsolada, iba cada mañana al campo santo y pasaba horas sentada ante la tumba del bebé fallecido. En San Lázaro llegó a pensar que con otro embarazo podría llenar el hueco feroz que deja un hijo muerto e intentó por todos los medios que así se produjera. Y en efecto, meses después logra el objetivo al quedar nuevamente embarazada.

El segundo Javier, el que sería actor cotizado y polémico, nace el sábado 1 de marzo de 1969 en la clínica San Roque. Eran las nueve y media de la noche cuando la parturienta fue asistida por la comadrona Andrea Zerpa y el doctor Carmelo Marrero. Había nacido un bebe enorme y precioso que pesó cuatro kilos y medio. Ocho días mas tarde fue llevado a la pila de la parroquia de San Francisco de Asís para ser bautizado. Don Miguel Ojeda, el cura celebrante, preguntó qué nombre se le iba a imponer. ¡Javier!, dijo eufórica la madre. ¿Y nada más? Preguntó el clérigo acostumbrado a que al nombre de pila se le añadiera una retaila de santos. "Solamente Javier, pues no me gustan los nombres compuestos", añadió la progenitora. Doña Flora Doussinague, la abuela paterna que asistía a la ceremonia, insistió para que al menos se le agregara el de Ángel, por haber sido el día de su natalicio festividad del Santo Ángel de la Guardia. Fueron padrinos los madrileños amigos de la pareja, Javier Rodríguez Álvarez y María Aguado Barbados.

La vida continuó dando sobresaltos a la familia. La madre de Pilar había fallecido en Madrid y las cargas parecían mayores. Y en medio de la nueva congoja, el canario Javierito Ángel enferma de gravedad. Otra vez la pesadilla se volvía repetir. Un día el niño amaneció con alta fiebre, con los ojos en blanco y las manos y los pies morados. Casi muerto. Al percatarse los padres, nuevamente acuden a San Roque. La gravedad persistía y al niño lo tienen que ingresar en la incubadora, con la cabeza afeitada y el cuerpo lleno de goteros. Mientras que el parbulito seguía internado, la madre acudía cada noche para velarlo y se pasaba la madrugada sentada en el incomodo banco de madera del pasillo de las visitas.

El día más triste

Una de aquellas noches que acudía a la clínica como de costumbre, su hermano Juan Antonio le comunica al fin, que su madre hacía meses que había fallecido, cuyo óbito le habían ocultado por el embarazo del segundo Javier. Según confiesa Pilar, que adoraba a su madre, la noticia la dejó sumida en un vacío tremendo. Sin apenas probar bocado por la gran tristeza, vestida de luto y con una bolsa de ropa para el bebé, se encaminó al anochecer desde la vivienda de General Franco a la clínica San Roque para la tarea diaria de velar por el hijo enfermo.

Al pasar por la plazoleta trasera de la Catedral en aquella noche oscura y silenciosa, de repente siente que un muchachón rubio la agarra con violencia, la tira al suelo y con un sorprendente domino logra bajarle las bragas. La agredida no tiene fuerzas ni para gritar, pero se produjo la oportuna coincidencia que un caballero de Vegueta que regresaba de la tertulia diaria de El Gabinete Literario a su casa de la calle Espíritu Santo, sorprendió al violador, que asustado, inmediatamente desapareció corriendo. Aquel caballero, acompañaría a la aterrada mujer en coche hasta la cercana clínica y durante el trayecto procuró irla tranquilizando. Una vez en San Roque, Pilar pasaría toda la noche sentada, desfallecida y sedada, frente a la incubadora donde Javierito se debatía entre la vida y la muerte.

Pasado los días el niño fue mejorando. "!Mi hijo ha vuelto a nacer¡", diría emocionada y sin poder contener las lagrimas la madre al ver lo hermoso y robusto que se estaba poniendo.

La huida

Tras cinco años de estancia, Pilar tiene obsesivos deseos de volver a Madrid, a su residencia familiar de Lope de Rueda. Su relación de pareja ya era inexistente. La voluntad caprichosa y violenta del esposo, las explosiones de ira y sus pérdidas de control había convertido el matrimonio en tormentoso. Ademas, su padre viudo se estaba poniendo mayor y con leves síntomas de alzheimer. La mujer que empezó a cuidarlo no era del agrado de la hija. Otra de las razones por las que la Bardem deseaba marcharse de la isla era porque al matrimonio lo habían desahuciado de la vivienda de General Franco por falta de pago. Después de una breve estancia en la calle Bravo Murillo y de conseguir los billetes del viaje, Pilar y sus tres hijos regresaron en octubre de 1970 a la capital de España. Era consciente que ahora tenía que criarlos sola, sin esperar ayuda de nadie.

En su despedida, y a pesar de los avatares tristes de su estancia, del tiempo largo y terrible tan lleno de tragedias, en donde confiesa que sufrió más de lo que nunca pensó que pudiera soportar, Pilar llevará grabada en su memoria a las amistades dejadas en la isla, especialmente a Aurora García de Bermejo y María Esther Alonso, y recordará siempre las casas terreras pintadas de colores, el sol, la belleza de la isla, las cuevas de los guanches, las dunas del sur, las zafras de tomates, el famoso aplatamiento canario y, sobre todo, la gente estupenda que encontró en Gran Canaria.

Televisión, teatro y cinematografía

Es lógico que el actor no se sienta vinculado a la ciudad que le vio nacer ni guarde de ella el más mínimo recuerdo. Dejó la Isla con su familia al año de edad y su vida se desarrollará en adelante en la corte y villa de Madrid. Tras el nuevo establecimiento de la familia en la Península es cuando Pilar empieza a vincularse a la televisión, al teatro y a la cinematografía. En la mayoría de los casos, y siempre que podía, llevaba a Javier consigo a sus representaciones, "Desde aquel momento se convirtió en un apéndices mas de mi cuerpo. Yo era una mujer a un niño pegada", solía afirmar la Bardem. Debían aquellos iniciales contactos a impregnarse en aquel niño y su primera interpretación la realiza a los cuatro años de edad en una obra de teatro que protagonizaba la madre, en la que solo decía la frase: "Grillos, grillos, he visto grillos". Su relación con aquel mundo le permitió, ademas, ganarse la vida montando y desmontando escenarios y decorados,

A los 20 años, cuando Javier jugaba con entusiasmo al rugby con la selección española en categoría juvenil, será cuando comenzaron sus escarceos cinematográficos y a colaborar en un programa que hacía Pepe Navarro por las mañanas, interpretando al hijo de una familia disparatada. Y fue en aquella ocasión cuando al salir una noche de una discoteca le pegaron una brutal paliza que le destrozaron la nariz, cuya cicatriz aún puede observarse. Eran los tiempos en que todo aquel que se manifestaba públicamente de simpatizar con la extrema izquierda recibían, por parte de los llamados guerrilleros de Cristo Rey, un claro mensaje.

La carrera del canario fue ascendente, y entre protestas, acusaciones, amenazas y denuncias por su militancia, su nombre fue aupándose en el firmamento de las estrellas mas cotizadas del universo. A lo largo y ancho de su carrera ha recibido todos los premios y galardones más prestigiosos del mundo del celuloide: cinco Goyas, el Globo de Oro, la Concha de Plata, la Copa Volpini del Festival de Venecia; distinciones del Festival de Cannes; los premios Bafta, Satellite; medallas nacionales y europeas de todos los círculos relacionados con el cine, hasta llegar a obtener el codiciado Oscar de la Academia de Hollywood. Su ciudad natal, orgullosa de que haya sido un isleño el primero y único actor español que recibiera la preciada e inalcanzable estatuilla de oro, empujó a la alcaldesa, Pepa Luzardo, para otorgarle el honroso título de Hijo Predilecto de la Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, mientras que el Festival de Cine grancanario, con motivo de celebrar el décimo aniversario del certamen, también quiso honrar al actor con la Lady Harimaguada. Si bien Javier Bardem ha ido recogiendo todos estos trofeos y agradeciéndolos con entusiasmo, para las distinciones canarias no ha tenido aún tiempo ni interés de recogerlos. Incluso, en las exhaustivas listas de méritos que custodian las academias de cine de Hollywood y la española de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, no figuran en las relaciones las concesiones isleñas.

Este presunto desprecio hizo en su momento que corrieran ríos de tinta en los periódicos. El veterano cronista, Pedro González Sosa, publicó un articulo titulado, "Javier Bardem: Desaire y Premio". En él vertía la negativa y generalizada opinión de todos los sectores de la población al comprobarse la indiferencia de este hijo ilustre y predilecto.

Para el canario Javier Bardem, todo hay que decirlo, su entrañable y adorada madre ha sido siempre el pilar y la razón de su vida, quien desde que nació no se había separado ni un sólo minuto de él, a pesar de las amenazas a punta de pistola que le solían llegar de su exmarido desde Bagdad, que le reclamaba la patria potestad y devolución de todos los hijos. Si bien Pilar tuvo que enviarle a los dos mayores: Carlos y Mónica, a Javier, el benjamín, no lo apartó nunca de su lado. El padre vino un día de Irak a buscarlo y a balazos destrozó la cerradura de la infranqueable puerta de la casa madrileña.

Este amor y agradecimiento del actor hacia su progenitora quedó de manifiesto al lanzar al mundo desde el teatro Kodak de los Ángeles, cuando Javier recogió el Oscar en febrero de 2008 y que dedicó emocionado a su madre, estas palabras: "Mamá, esto es para ti, para tus abuelos, para tus padres, Rafael y Matilde, esto es para los cómicos de España que han traído como tú la dignidad y el orgullo a nuestro oficio".

Al escucharlo, la Bardem nunca había llorado tanto.

Compartir el artículo

stats