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La curiosidad mueve a Annie Dillard

Los ensayos narrativos de 'La abundancia' componen el menú de degustación de una obra inclasificable

La curiosidad mueve a Annie Dillard

La curiosidad mueve a Annie Dillard

El motor que mueve a Annie Dillard (Pittsburgh, 1945) es la infinita curiosidad que transpira su escritura. Todavía, a sus años, es el tipo de autora ferozmente atenta que parece despertarse expectante, esperando hallar siempre algo nuevo. Es alguien que puede escribir sobre una nube en el cielo iluminada, de repente, como si la activase un interruptor o dos cables echando chispas. O de las ramas de durazno barridas y balanceadas, fila tras fila, como un escenario de bailarines delgados e inocentes a los que nunca nadie les pedirá que actúen.

Maestra de la digresión, en Paganismo, uno de los ensayos narrativos que contiene La abundancia, la selección que acaba de publicar Malpaso, relata una acampada en las montañas Blue Ridge para leer la novela sobre Rimbaud que despertó su deseo de escribir cuando tenía dieciséis años. Observa una polilla dorada que se agita en el fuego hasta que sus alas "se encienden como papel de seda". La palpitación es intensa: "Ardió durante dos horas sin ningún cambio, sin doblarse ni vencerse; solo brillando por dentro, como el incendio de un edificio visto a través de paredes silueteadas, como un santo hueco, como una virgen de rostro inflamado arrebatada por Dios, mientras yo leía a la luz que desprendía, enardecida, mientras en París los sesos de Rimbaud ardían en mil poemas, mientras la humedad de la noche se condensaba a mis pies". Otras veces es el humor el que se acerca sigilosamente como si no quisiera molestar cuando en La comadreja se sorprende paralizada y nos asombra, mirando fijamente a un pequeño mamífero que no aparta su vista de ella, entrelazadas las miradas, hasta que el hechizo se rompe al pestañear Dillard. Desea meterse en su cabeza, a punto ha estado de lograrlo, para sentir lo que piensa la comadreja o aprender simplemente a no pensar: vivir en la necesidad, no en la elección.

No cuesta coincidir con Geoff Dyer, uno de los grandes cronistas de nuestra era y autor del prólogo de La abundancia, en que Dillard está bastante chiflada, un hecho que, sin embargo, no la aleja de la literatura sino que la sume muchas veces en un estado de las letras de deslumbrante brillantez. Es sencillamente una escritora dotada de un poderoso intelecto, de inigualable capacidad para la observación y, también, para reflexionar sobre ciertas cosas que a ningún otro se le pasarían por la cabeza. Si en La comadreja contrasta, en un encuentro, las diferencias entre un animal pensante y otro reactivo, en El ciervo de Providencia se plantea la eterna cuestión del sufrimiento del animal atrapado, que la lleva a cuestionarse la verdadera medida de la indiferencia humana. En Una expedición al Polo, el ensayo más largo de la colección, compara desde dos enfoque la exploración ártica y una misa católica, algo que a simple vista resulta de lo más descabellado y que en el fondo no lo es tanto.

Dillard le sugiere al escritor que empiece por preguntarse sobre todo lo que le resulte interesante y que no haya leído en ningún lado para empezar a escribir de ello. Que le dé voz a su propio asombro desde la postura exclusivamente literaria, no sintiéndose obligado a estudiar el mundo. Le pide que escriba sobre el invierno en verano; que describa Noruega como Ibsen lo hizo, desde un escritorio en Italia; Dublín, como lo engendró Joyce, en París; o que narre las praderas como Willa Cather, desde Nueva York; o Huckleberry Finn, a la distancia de Hartford, Connecticut, igual que Mark Twain. Verne y Walt Whitman, en este último caso como recuerda que hace poco se descubrió, no salían de su habitación.

La abundancia es un menú de degustación, perfectamente servido, sin descompasarse, de una escritora inclasificable que siempre ha sido distinta, que merece la pena conocer y exige atención lectora. Premio Pulitzer, aspirante al Nobel y que, en 2015, recibió de Barack Obama la Medalla de las Artes y las Humanidades, el galardón cultural de mayor prestigio en Estados Unidos.

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