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La primera feminista de la Historia

Praxágora abanderó en Atenas, hace 2.500 años, una ginecocracia colectivista que defendía el amor libre

La primera feminista de la Historia

Hace años, escribió Norberto Bobbio que la única revolución del siglo XX, entendida como revolución en cuanto resultado efectivo, había sido la revolución feminista, un movimiento que, en buena parte, llegó desde el exterior de la esfera de influencia del poder político. Éste se limitó a ratificar y legalizar una serie de cambios ocurridos en las relaciones sociales y familiares, como consecuencia de los sucedidos en las condiciones de trabajo, resultado, a su vez, de las grandes transformaciones en el ámbito de las técnicas de producción. Así, la revolución feminista no fue coincidente con la marcha de los movimientos políticos y con la gran revolución política del siglo pasado, la revolución rusa iniciada en octubre de 1917. En una esfera diferente, aunque no ajena a este proceso, hemos de recordar que la reivindicación de los derechos y de la igualdad de las mujeres fue abanderada, en su día, por las sufragistas anglosajonas en su lucha por alcanzar el voto femenino, que abrió la puerta a la participación de la mujer en los asuntos públicos. Un buen testimonio literario de ello lo legó William James en su novela "Las bostonianas". Un siglo después, el feminismo más sólido resaltó algo fundamental: "sería totalmente ilógico tratar de luchar por nuestra liberación en tanto que mujeres, sin poner en cuestión otras formas de dominación a las que también estamos sometidas". Es decir, ya se había alcanzado la conciencia de insertar e integrar el movimiento feminista en el seno de los problemas globales de la sociedad contemporánea. Habían quedado muy lejos las palabras, repletas de sutil ironía, de la poeta británica Anne Kingsmill (1661-1720), escritas en el amanecer del siglo XVIII: "Escribir, o leer, o pensar, o investigar, empañaría nuestra belleza y sería malgastar nuestro tiempo, e interrumpiría las conquistas de nuestro primor, en tanto que la servil administración de una casa es, según algunos, nuestro sumo arte y utilidad" (citada por Virginia Woolf, 1929). Pues bien, muchas centurias atrás, en los comienzos del siglo IV antes de nuestra Era, el comediógrafo griego Aristófanes (c. 450-385 AC) concibió en Atenas una ingeniosa utopía feminista, que intentaba proporcionar una innovadora alternativa a la gobernación de la polis, aquejada entonces de una profunda crisis política e institucional.

La crisis de la conciencia helena

En el ocaso del siglo V AC., Atenas había perdido el esplendor del grandioso periodo de Pericles y se hallaba sumida en una coyuntura política de dudas y de desconcierto. El descrédito de las instituciones de gobierno era entonces una preocupación de la democracia ateniense y de los ciudadanos. Al final de la tercera guerra del Peloponeso, las fuerzas de Esparta y de sus coaligados entraron en el puerto del Pireo y tomaron Atenas. Los atenienses fueron obligados a demoler sus fortificaciones y a entregar su flota. Así, Atenas renunciaba a la hegemonía y al imperio que había alcanzado en aquella centuria. La toma del Pireo y la conquista espartana de Atenas cambiaron la Grecia clásica. Comenzó un periodo que, en el orden del pensamiento, podemos identificar como de crisis de la conciencia griega. A pesar de todo ello, Atenas continuó siendo un luminoso eje de civilización que, afirma Pierre Lévêque, "se mantuvo como una de las mejores consecuciones del espíritu humano". En la etapa de Pericles existía un bloque monolítico ciudadano en torno a la polis, en el que coincidían los intereses de la ciudad con los de los individuos. En cambio, en este nuevo periodo de confusión y de incertidumbre, nació un individualismo que, por otro lado, incentivó la reflexión intelectual y generó una extraordinaria creatividad cultural. En la llamada generación ateniense de la guerra del Peloponeso se produjo un cambio sustancial, que derivó hacia una forma de humanismo: la cuestión del hombre pasó a ser un tema central en la preocupación de los diferentes sectores culturales y artísticos, impregnando la literatura, el arte y el pensamiento (Isócrates, Platón, Aristóteles) de la primera mitad del siglo IV. Aristófanes, padre de la comedia griega, escribió sus últimas obras en el comienzo de aquel periodo. Simultáneamente, en Atenas se manifestó la reflexión sobre las instituciones públicas y la forma de gobierno ideal, explícita en los planteamientos de Isócrates y en obras fundamentales de Platón.

Es entonces cuando el creador de la comedia ateniense recurre a la utopía para presentar en su obra "Las Asamblearias" (hacia el año 392 AC.) una revolución feminista destinada a implantar el gobierno de las mujeres. Ante la situación de inestabilidad y debilidad política de la polis, Praxágora, la protagonista, convoca a las mujeres atenienses para conquistar el dominio de la Asamblea y dirigir la política de la ciudad. En la democracia ateniense los órganos de gobierno eran la Asamblea, el Consejo y las Magistraturas. La Ekklesia era soberana y decidía los asuntos más relevantes de la polis. Constituía una asamblea abierta de ciudadanos libres, fundamentada en la isegoría, es decir, en la igualdad del derecho en el uso de la palabra. La asistencia era libre, a partir de una edad de alrededor de los veinte años. Se celebraba mensualmente, aunque en ocasiones era convocada en periodos más cortos. El escenario de las reuniones estaba ocupado por largos bancos de madera para el asiento de los participantes, en absoluta igualdad, o bien se situaba en una colina en la que se habían construido asientos escalonados en piedra. En Atenas se emplazaba en las proximidades de la Acrópolis. La Asamblea de ciudadanos representaba un ejercicio de democracia directa, con voto individual e igual de cada uno de los asamblearios.

Revolución femenina

Por otro lado, en la Grecia clásica las mujeres no tenían participación en la vida pública. En realidad, carecían de los derechos de ciudadanía y les estaban vedadas las funciones de carácter político. Se hallaban bajo la tutela absoluta de sus padres hasta que contraían matrimonio. En este acto pasaban a ser una especie de propiedad de los maridos. Es decir, la mujer no gozaba del pleno estatuto de ciudadanía. Su status social y económico estaba determinado por su dependencia del padre o del esposo. Sin embargo, muchas divinidades del panteón helénico eran representadas con figura y personalidad femenina. En el periodo final de las guerras del Peloponeso, ante la ausencia de sus padres y de sus maridos, que marchaban al combate, y a la muerte de muchos de ellos, la mujer tuvo que asumir cargas y responsabilidades que antes correspondían exclusivamente a los hombres. A este tiempo corresponde la comedia de Aristófanes

Puesto que las mujeres no poseían el derecho de participación política, Praxágora concibe una treta para introducirlas en la Asamblea disfrazadas de hombres, con barbas postizas y utilizando las vestimentas de sus maridos. Para ello, las esposas se valen de las sombras de la noche, mientras aquéllos disfrutaban del sueño. Al amanecer, cuando los hombres estaban prestos para dirigirse a la Asamblea, observan que sus esposas no están en la casa y, puesto que ellas se han llevado sus mantos y ropas, se ven impedidos de salir. Así disfrazadas, envueltas en los mantos de los varones, ocupan los primeros escaños y acometen la "audaz y grande empresa de conseguir tomar en sus manos el gobierno de la ciudad". En la hora de arengar y convencer al pueblo no dudan de sus dotes oratorias porque "por fortuna, esta condición no nos falta", afirma Praxágora. Disfrazada, la protagonista se ciñe la corona de laurel y, adoptando un tono viril en su voz, se dirige a la Asamblea: "Mi opinión es que debe entregarse a las mujeres el gobierno de la ciudad, ya que son diligentes gestoras y administradoras de nuestras casas?Yo demostraré que son infinitamente más sensatas que los hombres?Y al entregarles ¡oh, ciudadanos! las riendas del gobierno, no nos cansemos en inútiles disputas, ni les preguntemos lo que vayan a hacer; dejémoslas en plena libertad de acción, simplemente teniendo en cuenta que, como madres que son, pondrán todo su empeño en economizar soldados". La protagonista, siempre haciendo valer un rol masculino, corona su elocuencia con el argumento que "la mujer es ingeniosísima como nadie para reunir riquezas y si llegan a mandar no se las engañará fácilmente, por cuanto ellas ya están acostumbradas a hacerlo", parlamento que destila la ironía que inserta Aristófanes en toda la obra.

Feminismo colectivista

En el teatro griego jugaba un papel destacado la presencia y activa intervención del coro. Como la tragedia y la comedia, éste tenía un origen sacro y ritual, expresado en una remota cultura de la canción y de la danza. En general, el coro, cantado o hablado, tenía una función de conexión entre el concreto tema dramático y el interés del público, con un sentido pedagógico y de mediación entre los actores y el pueblo. Actuaba como un solo personaje colectivo, señalando una referencia en las cuatro partes que Aristóteles distinguió después en el teatro heleno: prólogo, párodos (entrada del coro), episodios (desarrollo de la trama entre cada canto o intervención del coro) y éxodo (escena final, posterior a la última participación coral). De alguna manera, el papel del coro era el de portavoz de la filosofía de la obra. En la segunda parte (párodos) de la representación de "La Asamblea de las mujeres", el coro ofrece un respaldo a la idea de la protagonista: "Ahora es la ocasión de poner en juego los recursos de tu ingenio y de probar tu amor al pueblo y lo que sabes realizar a favor de tus amigas. Ahora es la ocasión de desplegar en provecho de todos esa hábil inteligencia que colme de infinita prosperidad la vida de un pueblo culto, demostrando su fuerza inagotable". Concluyen los coreutas: "No tardes, pon enseguida manos a la obra. La diligencia es lo que mejor conquista el favor del público".

Recibido el apoyo del coro, Praxágora, desvela su fórmula de gobierno: "Haré que todos los bienes sean comunes y que todos tengan igual parte en ellos y vivan de los mismos; que no sea uno rico y el otro pobre; que no cultive uno un inmenso campo y otro no tenga donde sepultar su cadáver; que no haya quien lleve cien esclavos y quien carezca de un solo servidor; en una palabra: propongo una convivencia común e igual para todos?Haré primero comunes los campos, el dinero y las demás propiedades. Después, con todo este patrimonio de bienes, os alimentaremos, administrándolos cuidadosamente". Así es la propuesta que plantea "Las Asamblearias": el gobierno comunista de las mujeres. Como era costumbre en la comedia griega, la obra desarrolla después una segunda parte compuesta de diálogos de desbordante humor que someten a crítica el revolucionario proyecto y manifiestan la dificultad de llevar a la práctica un sistema político de tal género. En medio de los diálogos, Praxágora llega a defender la propia colectivización de la mujer: "haré que las mujeres sean también comunes, de suerte que puedan hacer el amor con los hombres y tener hijos con cualquiera", temprana defensa del amor libre en lejanos tiempos de sumisión femenina.

Para hacer posible la utopía colectivista, todos los hombres han de entregar sus propiedades y todo lo que poseen, en aras del establecimiento de un sistema de igualdad plena. A una pregunta de su esposo, Blépiro, interesando ¿quién trabajará la tierra?, contesta Praxágora con firmeza: "Los esclavos". Así, planteaba una fórmula muy moderna: un sistema comunista sustentado en el trabajo esclavo. Pretendía alcanzar la igualdad entre todos los ciudadanos a partir de una invisible contradicción: un régimen de esclavitud. En Grecia, la esclavitud formaba parte de la misma realidad social. La democracia y las instituciones no planteaban dudas sobre su legitimidad. Dentro del capítulo de la esclavitud urbana, prácticamente todas las familias atenienses contaban con esclavos que servían en sus hogares. La media de aquéllas poseía entre tres y cuatro esclavos en la casa. Sobre todo, eran mujeres, que servían en las tareas y trabajos domésticos. Estaban bajo la tutela del ama de casa, quien ordenaba sus actividades. Las casas más poderosas llegaban a tener una veintena de esclavos. En los talleres artesanales o en la pequeña industria se utilizaban numerosos esclavos, como también en la construcción, en las obras públicas y en las fortificaciones. Entre los esclavos urbanos, existía la figura del autónomo que, con el consentimiento de su dueño, podía trabajar en libertad, ejerciendo un oficio. La única condición que debía cumplir era la de entregar una cantidad diaria a su amo. Por supuesto, estaban los esclavos que trabajaban la tierra, con los que Praxágora contaba para establecer su gobierno. Es decir, se practicaba una fórmula común a la Antigüedad desde que tribus y ejércitos dejaron de exterminar a los vencidos y decidieron utilizar a los prisioneros como fuerza de trabajo.

En la última escena de "La Asamblea de las mujeres", el corifeo, director del coro, cuya voz parece en este caso representar al autor, exclama: "Que los sabios me juzguen por lo que en esta comedia hay de sabio y, los que gusten del humor, por lo mucho que en ella he derramado". Como era habitual en este festivo género teatral, la representación finalizaba con un generoso festín en el que Aristófanes ofrece una generosa y variada muestra de platos de la gastronomía ateniense.

El lenguaje que presenta Aristófanes en esta comedia era el ordinario entre la gente común de la Atenas de entonces. De hecho, a través de sus diálogos, la obra permite un acercamiento directo a la mentalidad, usos y costumbres del ciudadano de la polis ateniense. Su texto permite introducirnos en la estructura y caracteres del lenguaje cotidiano hablado por la vecindad de la capital helénica. De ello podemos inferir que se trataba de una forma de hablar de alguna manera semejante a la que observaríamos en un barrio popular de nuestras urbes de hoy. Así, por su jerga y por su temática, la pieza de Aristófanes cruzaría los milenios hasta tomar actualidad en los vivos debates del presente.

Praxágora y Lisístrata

"La asamblea de las mujeres" no fue la única comedia de Aristófanes con un planteamiento que hoy calificaríamos de feminista. En el año 411 antes de nuestra Era se data la presentación de "Lisístrata", una pieza en la que una curiosa huelga sexual de las mujeres pretende acabar con los interminables enfrentamientos bélicos entre atenienses y espartanos. El contexto real de la obra se sitúa en la reanudación de las hostilidades entre Atenas y Esparta en la que fue la última guerra del Peloponeso. El autor teatraliza el cansancio de años de las mujeres griegas, hastiadas de soportar la ausencia permanente de sus maridos, entregados al ejército y a la vida militar, mientras veían un futuro en el que sus hijos sufrirían igual destino.

En esta situación, Lisístrata promueve un movimiento de las mujeres para iniciar una huelga de abstinencia sexual, con la finalidad de conseguir que sus maridos atiendan a sus actividades normales en el orden civil y en la vida familiar, en lugar de dedicarse a hacer la guerra. En la propia denominación de esta comedia, el autor unió dos vocablos diferentes en el nombre de la protagonista, para construir un significado simbólico: "la que disuelve los ejércitos".

Así, además del sentido feminista, la comedia encierra, sobre todo, una dimensión pacifista. Lisístrata pretende salvar a Grecia de sus cismas internos y de su propia destrucción, con una singular estrategia de presión a los hombres para que pongan fin a la guerra: "si no les hiciéramos ni caso, la harían parar a toda prisa", afirmaba la protagonista dentro del lenguaje directo y popular antes reseñado en la producción de Aristófanes. Por consiguiente, se trata de un teatro de comunicación social y de crítica política en la denuncia del absurdo e inútil belicismo de los demagogos y, en general, de los malos hábitos de los varones, que eran quienes poseían los derechos y, en su caso, el poder. Dentro del lenguaje desenfadado, vivaz, festivo, humorístico, satírico y grotesco de la comedia griega de aquel periodo, tanto "Las Asamblearias" como "Lisístrata" encierran una parodia de la subversión del orden existente, mediante la entonces extravagante estrategia de encomendar a las mujeres la dirección de la sociedad, única forma de alcanzar la paz permanente y el deseado equilibrio social.

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