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Todo un caballero

(L)

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Quizá por encima de su título nobiliario, por encima de su relación familiar con tantos acontecimientos importantes de todo el archipiélago, por encima de ser partícipe y heredero de su padre en la labor de iniciar los pasos de la conversión del sur grancanario en lo que hoy es desde aquel magnífico inicio que fuera el Concurso Internacional de Ideas Maspalomas Costa Canaria, por encima de su relación con el mundo empresarial y cultural de nuestra tierra está eso, lo que la gente de antes entendían cuando decían de alguien que era eso, todo un caballero.

Fidelidad a creencia y tradiciones, respeto a la familia como germen y cuna de los principales valores del ser humano, cortesía en el trato, consideración a todo lo que define nuestra fe y nuestra espiritualidad; eso era lo que definía por encima de todo a don Alejandro del Castillo y Bravo de Laguna.

Lo conocí cuando a mi instancia como concejal de Cultura del ayuntamiento terorense, su esposa -la siempre recordada María del Carmen Benítez de Lugo y Massieu- pregonó las Fiestas de Nuestra Señora del Pino la noche del 28 de agosto de 1992.

Respeto, amabilidad, acierto en el gesto y la expresión, hasta discreción en un momento en el que entendía que el papel protagonista lo tenía su mujer. Desde que en aquel momento nos tratamos con cordialidad y cuando le escribía últimamente para felicitarlo por los cuadros que tan magistralmente pintaba me contestaba igual: "Saludos a Teror".

La relación familiar con la Villa está basada en un hecho relevante que ha marcado siempre su figura y su apellido con el Pino y todo lo que éste significa. Don Alejandro del Castillo nacido en Las Palmas el 16 de diciembre de 1928, descendía en línea directa de las últimas Camareras de la Virgen desde que el cargo se institucionalizara en las últimas centurias.

Él lo entendía y aunque su pasión -y la de toda su familia- se dirigiera con un fervor sin igual, por tradición y querencia, hacia Nuestra Señora de los Dolores de Vegueta y hacia la Real, Ilustre e Histórica Hermandad del Santo Encuentro de Cristo y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo con la Cruz a Cuestas y Nuestra Señora de los Dolores de Vegueta Coronada, con sede en el veguetero templo de Santo Domingo; ello no fue nunca óbice para que siempre estuviera la Virgen del Pino presente en todos sus actos.

Porque tanto él como su esposa eran personas de asentada creencia y con un fundamento espiritual muy acendrado.

Su hermana Ana del Castillo, fallecida en el año 2003, era también así: discreta, de trato sencillo y cercano pero entendiendo que en el fondo nada va bien en la vida si no se asienta en valores como los que definían a toda la familia.

Por eso, era lógico que alguien como él que pese a ser Conde de la Vega Grande de Guadalupe, Caballero Maestrante de Zaragoza y de la Ilustre y Noble Esclavitud de San Juan Evangelista de La Laguna, Académico correspondiente de Ciencias Humanísticas y Relaciones, uniera esa vida y esas creencias a alguien tan pura y limpia en valores como lo fue su esposa y la madre de sus hijos. María del Carmen Benítez de Lugo era hija de Luis Benítez de Lugo y Ascanio, Marqués de la Florida y Caballero Gran Cruz de Justicia de la Orden Militar y Hospitalaria de San Lázaro de Jerusalén, y de María del Rosario Massieu y Fernández del Campo, Marquesa de Arucas. Alejandro y María del Carmen casaron en dicha ciudad el 15 de octubre de 1958, comenzando un ejemplar camino de vida.

Y aunque su asiento vital estuvo siempre ligado a Telde, el sur y Las Palmas, todo el mundo se alegró cuando la familia de los Condes de la Vega Grande de Guadalupe adquirieron mediando el siglo XX la secular vivienda de una de las primeras familias de Teror. Y así la Casa de los Quintana tan cercana a la Basílica del Pino que desde su impresionante balconada casi se puede rozar el Trono el Día del Pino pasó a ser la Casa del Conde.

A fin de cuentas, ahí estaba la historia. Esa casa pertenecía a la familia de Blas de Quintana Cabrera casado en Teror en 1582 con Isabel Pérez de Villanueva Peñaranda, primera Camarera de la Virgen.

Esta singular vivienda, expresión máxima de edificaciones destacadas de la Villa de Teror está ligada a muchísimos eventos de su devenir histórico y después de pertenecer a doña Ana del Castillo y ahora a sus hijos, entre los que está la actual Camarera doña Pino Escudero del Castillo, todos entienden que viene bien, que es hasta lógico que las contiguas y seculares viviendas del Patrono y la Camarera presidan el lateral de la Plaza en Teror.

Esa presencia de las Camareras junto a la Virgen se ha significado en el arreglo y recuperación de varias piezas de artesanía textil de las que configuran el Ajuar de Nuestra Señora del Pino y que ha corrido a cargo del pecunio de las últimas. En ello, la familia ha sabido corresponder con decoro y honra al cargo que representan en la espiritualidad isleña.

Quiero cerrar por ello este escrito con un evento muy ligado a todo esto de lo que hablamos.

En 1980 -se cumplen este año las cuatro décadas de ello- la Virgen del Pino estrenó un manto por encargo de la Camarera María del Carmen Bravo de Laguna y Manrique de Lara. El Manto Verde de Nª Sª del Pino fue realizado para conmemorar los 75 años de la Coronación Canónica, en los talleres parroquiales por Paco Herrera y Juan Carrasco y el trabajó duró tres largos años.

La intención era realizar una reproducción del Manto que la Imagen llevaba el año de 1905 cuando por decreto de S. S. Pío X, el Obispo don José Cueto procedió a su Coronación Canónica.

Fue realizado en raso de seda natural de la casa "Dior" de París; bordado en hilo de oro de Valencia; adornado con dos mil zafiros sintéticos, 35 metros de encaje de oro confeccionado a mano en Alemania y 10 metros de tisú de plata, adquiridos asimismo en París.

El Manto Verde se culminó en 1980. Lo vistió desde el 4 de septiembre y se exhibió por primera vez en acto público en la Bajada del 6 de septiembre.

La mujer que lo encargó y pagó como honra al cargo que orgullosamente ocupaba estaba casada con don Alejandro del Castillo.

Era la madre del impresionante ser humano del que esto escribimos.

Culmino con las mismas palabras con las que terminé el obituario de la condesa en enero de 2018. Puedo hacerlo porque eran tan iguales en lo bueno que sus altos valores me lo permiten.

Alejandro del Castillo fue siempre así: bueno, amable, sincero, asequible y cercano. Por ello doy desde aquí, como cronista Oficial de la Villa de Teror, mi más sentida y profunda condolencia a sus hijos Alejandro, Iván, Fernando, María del Carmen y Patricia, nietos y todo el resto de su inmensa familia; que tiene ya un ángel más en el cielo al que rogarle como todos los que tuvimos el inmenso honor de conocerle.

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