Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Ciencias sociales

Noam Chomsky y 152 más contra el puritanismo de izquierdas

Intelectuales de distinto signo político se rebelan en EEUU contra la 'cultura de la cancelación' en un manifiesto para denunciar el boicot y los castigos que sufren quienes se desvían de la norma

(L)

(L)

Por "cultura de la cancelación" (en inglés, "cancel culture") se entiende en Estados Unidos el veto o señalamiento del que es víctima el intelectual que disiente de la norma o se desvía de ella. (Y entiéndase aquí por "norma" no un precepto legal cualquiera, sino una ley no escrita que compromete al hombre y a la mujer de letras o de pensamiento a estar en permanente estado de alerta para luchar contra las lacras del racismo, el machismo o la homofobia.) Visto así, todo desvío se interpreta como debilitamiento de la causa, por más que la intención del "desviado" sea abrir el debate de posturas, "de buena fe", para superar la política de bloques o "paquetes de ideas" que en su día denunció y ridiculizó, entre nosotros, el sabio Rafael Sánchez Ferlosio.

A principios de julio, 153 renombrados intelectuales (narradores, ensayistas, académicos) publicaron en la revista Harper's un manifiesto para airear la creciente pujanza, en algunos sectores de la izquierda estadounidense, de actitudes "intolerantes" con quienes defienden ideas que no caben en la "norma", y protestar por la "extensión de la actitud censora" en la cultura de EE UU, que, lamentan, ya no solo forma parte del programa de la "derecha radical".

Además de matar el debate y conducir a la "conformidad ideológica" mediante la práctica de la autocensura, los firmantes de "Una carta sobre la justicia y el debate abierto" (entre ellos, Noam Chomsky, Salman Rushdie, Margaret Atwood, Francis Fukuyama, Martin Amis, J. K. Rowling o Michael Ignatieff) denuncian la propagación de la práctica del "castigo desproporcionado" en ambientes académicos y medios periodísticos, y concluyen que es perentorio "preservar" la opción de "discrepar de buena fe" sin que ello acarree al discrepante "consecuencias profesionales funestas".

Los signantes de la misiva lanzan su argumento más hiriente cuando afirman que "las fuerzas de la intolerancia ("iliberalism") ganan terreno en todo el mundo y tienen un aliado poderoso en Donald Trump", del que dicen que representa "una amenaza para la democracia", pero no por ello (y aquí está la clave) "debe permitirse que la resistencia se convierta en su propia especie de dogma y coerción, que los demagogos de la derecha ya explotan".

"La manera de triunfar sobre las malas ideas -prosiguen- es exponiendo, argumentando y convenciendo, no intentando silenciar o apartando". Por lo que Chomsky y los demás firmantes de la carta abierta se oponen "a cualquier falsa elección entre justicia y libertad, que no pueden existir la una sin la otra", y abogan por una cultura que "deje espacios para experimentar, asumir riesgos e, incluso (lo más importante), cometer errores".

Obviamente, detrás de la publicación del manifiesto están los desmanes cometidos al calor de las protestas por el asesinato del afroamericano George Floyd, el pasado 25 de mayo, en los que hasta Chomsky habrá percibido el turbio aroma del fascismo. No se trata solo del derribo de estatuas de Colón y Fray Junípero Serra, o del debate abierto sobre la pervivencia de determinados monumentos nacionales; se trata de que la presión es de tal calibre que el jefe de opinión de The New York Times James Bennet se vio forzado a presentar la dimisión por publicar un artículo del senador republicano Tom Cotton en favor de la represión de las manifestaciones por la vía militar. O de que el analista David Shor fue despedido de la plataforma Civis Analytics por tuitear el estudio de un profesor de la Universidad de Princeton preocupado por el efecto perturbador de la violencia que adquirían las protestas.

Por eso, para curarse en salud, los firmantes empiezan aplaudiéndolas y presentándolas como "un necesario ajuste de cuentas" en pro de una mayor igualdad e inclusión social al que, a renglón seguido, comienzan a poner peros. El primero, que con las protestas "se ha intensificado una nueva serie de actitudes morales y compromisos políticos que debilitan el debate abierto y la tolerancia con las diferencias". Y denuncian: "Hay editores despedidos por publicar piezas polémicas, libros retirados por una supuesta falta de autenticidad, profesores investigados por citar trabajos en clase, se prohíbe a periodistas escribir sobre determinados asuntos...".

¿Y a quién le ha aprovechado más hasta ahora esta severa reprimenda? A Trump, naturalmente, que la víspera de la fiesta nacional del 4 de julio, con el Monte Rushmore a sus espaldas, alertó de la existencia de "un nuevo fascismo de extrema izquierda que pide lealtad absoluta". Mal que le pese, Chomsky le ha dado argumentos al arremeter contra este nuevo puritanismo, una versión descarnada de la corrección política de las décadas precedentes. Y si no, véanse las consecuencias.

Al menos dos firmantes de la carta han pedido hasta ahora la retirada de sus rúbricas, intimidados por la controversia y para suavizar en lo posible el linchamiento en Twitter. La escritora Jennifer Finney Boylan pidió públicamente disculpas, y la historiadora Kerri Greenidge (afroamericana para más señas) restringió el acceso a su cuenta de la red social para evitar los insultos.

Cuando los signantes denuncian la "limitación del debate público" se refieren precisamente a eso. Aunque limitación, aquí, no es más que un eufemismo. Cabría hablar, más bien, de extrema polarización, si no de fanatización. Lo propio de un país cuyo actual presidente fija sus posiciones políticas a base de micromensajes.

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Compartir el artículo

stats