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Ítaca, el mar, Kansas

Ulises prefiere la mortalidad de Argo a la inmortalidad de Calipso | Sergio Leone decía que Homero fue el mejor guionista de western

Ítaca.

Ítaca. Enrique A. Mastache

Después de la guerra de Troya, Ulises y sus compañeros son zarandeados por los dioses, el viento y las olas hasta que el héroe llega a Ogigia, la isla de Calipso, próxima a las Columnas de Hércules. En esa isla Ulises se encuentra con la hermosa ninfa, y durante siete años se dedicará a no hacer nada salvo amar a Calipso. Hasta que Hermes le comunica a Calipso que tiene que dejar en libertad a Ulises. Es entonces cuando Calipso, como Vito Corleone en “El padrino”, hace a Ulises una oferta que no va a poder rechazar: la inmortalidad. ¿O sí puede? Ulises rechaza la inmortalidad y continúa su viaje con destino a Ítaca, su patria, y los brazos de Penélope. La decisión de Ulises es muy humana porque Ulises, en realidad, es uno de los nuestros. La inmortalidad que Calipso ofrece al rey de Ítaca es una inmortalidad anónima, pues nadie lo sabría (ni su hijo Telémaco, ni su mujer, ni ningún hombre). Si Ulises hubiera aceptado la oferta de Calipso ya no existirían Ulises ni la “Odisea”, el poema épico que relata parte de sus aventuras. En la isla de Calipso todos los días serían iguales, sin interés. Ulises quiere ser él mismo, un hombre. Por eso prefiere seguir siendo mortal y regresar a Ítaca.

El episodio de Calipso supone, como dice Jean Pierre Vernant, la entrada en escena por primera vez en la historia de la literatura de lo que podríamos llamar el desprecio heroico de la inmortalidad. Para los griegos de la época de Homero, lo importante no era tanto vivir en ausencia de la muerte como la permanencia por tiempo indefinido entre los vivos gracias a la gloria conquistada en vida. Ulises no quiere, no puede aceptar la oferta de Calipso porque, como explica Pierre Vidal-Naquet, la “Odisea” es el relato de la deliberada aceptación de la condición humana por parte del héroe. Antes de partir, Calipso regaló a Ulises un pellejo de vino y otro de agua (el de agua era más grande, porque el vino no mitiga la sed, y un hombre que va a iniciar un largo viaje en balsa necesita más agua que vino), un saco de cuero lleno de grano y gran cantidad de manjares apetitosos, además de ropa limpia. Ítaca, una vez más, está cerca.

Nos imaginamos la felicidad de Ulises al pisar la tierra de Ítaca, del mismo modo que nos imaginamos la felicidad de los trece mil griegos que protagonizan la “Anábasis” de Jenofonte cuando vieron el mar. Entre la “Odisea” y la “Anábasis” hay interesantes paralelismos. El título “Anábasis” (“subida”) es preciso solo con relación a los ocho primeros libros de la obra de Jenofonte, donde se relata la “subida” hacia el interior de Persia (hasta Cunaxa) del contingente de mercenarios griegos que apoyaban a Ciro el Joven en su lucha por el trono persa contra su hermano Artajerjes II, legítimo sucesor del rey Darío II. La expedición tuvo lugar entre 401 y 399 a. C., y se torció de forma irremediable tras la muerte de Ciro en la batalla de Cunaxa. A partir de ese momento, se acabó la “subida”, y la “Anábasis” narra la retirada de los griegos (un ejército que, como dice J. E. Lendon formaba una polis móvil) desde Cunaxa hasta Grecia a través de tierras sin lestrigones, cíclopes o sirenas, pero igualmente peligrosas. El clímax de la “Anábasis” se produce cuando Jenofonte describe el momento en que los griegos divisan el mar desde el monte Teques: “¡El mar! ¡El mar!”, gritan los soldados, mientras se abrazan unos a otros, llorando. El mar es, para los griegos de la “Anábasis”, como Ítaca para Ulises. La costa estaba todavía a cincuenta kilómetros en línea recta, pero el mar es una visión esperanzadora para unos hombres que dejaban atrás muchas penalidades y ya se veían en casa. Ítaca. El mar. “Se está mejor en casa que en ningún sitio” (o “no hay lugar como el hogar”), dice Dorothy en “El mago de Oz” (Victor Fleming, 1939) cuando despierta en la habitación de su casa, rodeada de su familia y amigos. Ítaca. El mar. Kansas. El hogar. No hay nada como Ítaca, el mar o Kansas... pero después de haber viajado por el Mediterráneo, por Asia o por el país de Oz.

Sergio Leone defendía que Homero fue el más grande guionista del western porque los personajes de la “Ilíada” y la “Odisea” son los verdaderos arquetipos de los cowboys, dado que son egocéntricos, independientes, heroicos, granujas y todos ellos tienen además una dimensión mítica. La opinión de Leone es sugerente, pero parece que describe mejor a los personajes de la “Ilíada” que a los de la “Odisea”, aunque Jasper Griffin apunta que en la “Ilíada” no hay villanos, mientras que la “Odisea” está repleta de contrastes morales en blanco y negro. Y eso nos lleva a algo que el escritor William Golding le dijo una noche al crítico literario Piero Boitani, que quien prefiere la “Odisea” a la “Ilíada” tiene corazón de mujer. Suponemos que eso quiere decir que los que prefieren a Aquiles, Héctor, Ulises, Menelao, Paris o Agamenón antes que a Circe, Calipso, Anticlea, Nausícaa, Euriclea y Penélope tiene corazón de hombre. Discutible. La escritora marroquí Fátima Mernissi dice que tenemos miedo al cowboy porque si un desdichado extranjero se acerca a sus fronteras, automáticamente saca sus revólveres. Sin embargo, no tenemos miedo a Simbad el Marino porque gusta de viajar a tierras lejanas y comunicarse con los extranjeros. En la civilización del cowboy, el extranjero siempre es el enemigo porque su poder procede del control de fronteras. En la civilización de Simbad, sin embargo, el diálogo con el extranjero enriquece. Quizás, forzando un poquito las comparaciones, podríamos decir que Ulises se parece a Simbad, mientras que Aquiles se parece a un cowboy. En la “Odisea” hay viajes, y en la “Ilíada” hay duelos en el O. K. Corral. Ulises es, como dice K. W. Gransden, un héroe capaz de contener los nervios cuando está en un aprieto, mientras que Aquiles y Agamenón son jactanciosos, volubles y se irritan y aplacan con facilidad. Se trate de Simbad o Wyatt Earp, el corazón tendrá razones que la razón no conoce, pero no parece que el corazón tenga sexo. En todo caso, algunos preferiríamos vivir acompañando a Ulises en su largo viaje que morir al lado de Aquiles ante las murallas de Troya.

¿No preferimos la lágrima de Ulises en honor de su perro Argo que el arco vengativo en manos de un furioso Ulises cuando acaba con los pretendientes que habían ocupado su casa?

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Feliz quien, como Ulises, viaja por el Mediterráneo y regresa al hogar más sabio. Más feliz todavía quien realiza ese viaje sin perder a sus amigos. Y muchísimo más feliz quien ha aprendido que los viajes, a los que tanto hemos echado en falta en estos tiempos de coronavirus, no deben concluir en islas donde Calipso nos ofrece la inmortalidad, sino con momentos tan conmovedores como el que nos regala Ulises cuando se encuentra en Ítaca con su viejo perro Argo, que yacía despreciado sobre un cerro de estiércol de mulas y bueyes. Argo reconoció a su dueño, pero ya no tuvo fuerzas para alzarse y llegar hasta él. Ulises, al verlo, desvió su mirada y se enjugó una lágrima, hurtando su rostro al porquero Eumeo porque el rey de Ítaca no quería que le reconocieran. ¿No fue más difícil para Ulises resistir la ternura ante un perro viejo y sucio que, tras veinte años de ausencia de su amo, intenta con sus últimas fuerzas acercarse a él, que aguantar el impulso de vengarse de los que habían ocupado su casa y acosado a su mujer? ¿No es más difícil ocultar una lágrima que un grito? ¿No preferimos la lágrima de Ulises en honor de su perro Argo que el arco vengativo en manos de un furioso Ulises cuando acaba con los pretendientes que habían ocupado su casa? Nosotros estamos navegando entre segundas olas de esta pandemia tan incivilizada como el cíclope Polifemo, pero también llegaremos a Ítaca, al mar, a Kansas. Que no sea tarde y mal, en nave ajena, después de perder a todos los compañeros y encontrando nuevas cuitas en nuestras moradas, como le sucedió a Ulises tras la maldición de Polifemo, sino pronto, bien, en nuestra propia nave, sin perder a nuestros compañeros y con el perro Argo esperando a la puerta.

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