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Un poeta contra Esparta

Arquíloco de Paros arroja su escudo en un bosque de Tracia P Los espartanos se dirigían al combate siempre con el cabello peinado y el equipo bien pulido

Un poeta contra
Esparta

Un poeta contra Esparta

En la película 300 (Zack Snyder, 2006) vemos al ejército espartano dirigiéndose a las Termópilas, y en un cruce de caminos los espartanos se encuentran con un contingente de arcadios que, al saber que Esparta acudía a la lucha contra los persas, están dispuestos a unirse a ellos. Pero los arcadios esperaban a todo el ejército espartano, y no solo a unos cientos al mando, eso sí, de su rey. Leónidas soluciona todas las dudas de forma inteligente porque pregunta a tres arcadios cuál es su oficio, y estos responden: “alfarero”, “escultor” y “herrero”; luego, pregunta a sus espartanos cuál es su oficio, y todos gritan: “¡Au! ¡Au! ¡Au!”. Leónidas, entonces, se dirige al arcadio Daxos: “¿Lo ves? He traído más soldados que tú”. Como decía Jenofonte, los espartanos eran los únicos artesanos de la guerra, mientras que todos los demás improvisaban como soldados. Profesionales entre aficionados que luchaban a tiempo parcial por un deber moral, social y político, de toda la Hélade solo los espartanos contaban con un ejército permanente.

La marcha de los espartanos que vemos en 300 también refleja bastante bien la forma en que los espartanos se dirigían al combate, al son de la flauta doble, siempre con el cabello peinado y el equipo bien pulido, como si se tratara de una procesión o de un festival religioso. Cuando atacaban, los espartanos cantaban un himno en honor a Apolo, se clamaba a Ares y avanzaban con un grito de guerra ululante. Si el enemigo era derrotado y emprendía la huida, los espartanos acostumbraban a realizar persecuciones cortas. Los imponentes espartanos de 300 dan una idea de lo que debían sentir los enemigos de Esparta al tener delante a un ejército que se comportaba según las reglas descritas por el poeta laconio Tirteo: “Que cada hombre se plante firme sobre el terreno con ambos pies, con el rostro hacia el enemigo y mordiéndose los labios, cubriéndose los muslos, rodillas y tibias, pecho y hombros con la firme extensión del escudo”. Ante unos tipos así plantados ante el enemigo, “apretando escudo contra escudo y yelmo contra yelmo hasta que las crestas se enreden”, puede que la mejor solución sea, una vez más, la que propuso Woody Allen: “En caso de guerra, solo podría ser prisionero”.

En las Termópilas, un espartiata (pero no Leónidas, sino Diéneces) oyó decir que los arqueros persas tapaban el sol con las flechas que disparaban, y se alegró con la noticia porque así pelearían a la sombra, y no a pleno sol. Si las flechas de los persas tapaban el sol, significa que disparaban desde lejos con trayectoria parabólica, aunque Diéneces hace bien en no asustarse demasiado porque las armaduras y los escudos espartanos podían resistir bien el impacto de las ligeras flechas persas. Más conocida es la respuesta que Leónidas dio a Jerjes cuando el rey persa exigió que le entregara las armas: “Ven a tomarlas”. Una respuesta lacónica. La actitud de los soldados espartanos estaba clara: victoria o muerte. Los espartanos luchaban por la defensa de su patria, de sus tierras, de sus tradiciones y de su honor. Sin retroceder jamás. Y, por supuesto, sin rendirse. Las madres y esposas espartanas decían cuando entregaban a sus hombres sus escudos: “Vuelve con él o sobre él”, es decir, victorioso o muerto. La “buena legislación” de Esparta, la eunomía, se fundaba en la obediencia absoluta de todos a sus leyes, y en una moral del honor que exigía una entrega total a la ciudad, aunque eso supusiera la muerte. En la película El león de Esparta (Rudolph Maté, 1962), el pastor de cabras que aloja en su casa a Efialtes resume el modo de vida espartano de una forma tan gráfica como, nunca mejor dicho, lacónica: “Gente que habla poco, pelea mucho y come esa sopa negra que revuelve el estómago”. Esa “sopa negra” hace referencia al plato tradicional espartano, un guiso hecho a base de carne de cerdo guisada con sangre y condimentada con vinagre y sal. Cuentan que un sibarita, huésped en los comedores de Esparta, dijo: “Ahora comprendo por qué los espartanos no temen a la muerte”. Por eso cuando en 300 un mensajero de Jerjes se presenta ante los espartanos en nombre del “soberano del mundo, dios de dioses, rey de reyes”, se queda petrificado cuando se da cuenta de que los espartanos están utilizando los cadáveres de los persas muertos en la batalla como argamasa para reforzar el muro defensivo. Espartanos. Gente que habla poco, pelea mucho, come una sopa asquerosa y utiliza cadáveres como argamasa. Espartanos. Gente que, en 300, es capaz de referirse a los arcadios como “valientes aficionados, cumplen su cometido”. Espartanos. Tipos que no abandonan sus escudos.

Y, sin embargo, hay otras formas de vivir y hasta de morir. Los “valientes aficionados” arcadios cumplían su cometido, pero no podían competir con el profesional “¡au! ¡au! ¡au!” de los hoplitas espartanos. Sus escudos, iguales pero diferentes, tampoco. Quisiera hablar no de los escudos de los espartanos, ni de los escudos de los “valientes aficionados” arcadios, sino del escudo de Arquíloco de Paros. Arquíloco fue un poeta, y también un mercenario (“Soy yo, a la vez, servidor del divino Ares y conocedor del amable don de las Musas”), del siglo VII a. C. que vivía de su lanza (“Mi lanza cuece mi pan y despacha mi vino de Ismaro”) y que escribió un poema lúcidamente antiespartano en el que cuenta que arrojó su noble escudo en un bosque de Tracia para poder huir sin estorbos. Perdió su escudo, pero salvó la vida: “¿Qué me importa aquel escudo? Váyase enhoramala; ya me procuraré otro que no sea peor”. Suponemos que las madres y esposas espartanas dirían que Arquíloco fue un cobarde (la palabra rhipsaspis, que significa arroja-escudos, era sinónima de cobarde). Desde el punto de vista espartano, sin duda nuestro poeta-soldado lo fue. Pero Arquíloco hizo lo que tenía que hacer: luchar, abandonar su escudo para poder huir (en la huida, lo primero que se arrojaba era precisamente el escudo) y vivir para poder luchar otra vez. Arquíloco murió combatiendo contra los soldados de la isla de Naxos. Pero eso fue mucho tiempo después de que Arquíloco tirara su escudo en un bosque de Tracia. Mucho después de que se procurara otro.

El viajero que hoy llega a lo que en su día fueron las Termópilas se encuentra con una carretera nacional que une Atenas con Tesalónica y un monumento erigido en 1955 que conmemora la gesta de los 300 espartanos (en realidad, 298) y sus aliados (hay también un recuerdo a los 700 tespios). Una estatua de Leónidas, inspirada en la encontrada en el área de la Acrópolis de Esparta en 1925 y que enseguida fue apodada “Leónidas”, recuerda que cerca de aquél lugar unos pocos se enfrentaron a muchos. El lugar no es especialmente hermoso, pero sí emocionante y también extraño. Hay que aparcar el coche en una cuneta para dejarse llevar en plano contrapicado por la estatua de Leónidas, y luego cruzar la carretera para visitar el lugar donde fueron grabadas las palabras del famoso epigrama de Simónides de Ceos (556-467 a. C.): “Extranjero, informa a los lacedemonios que aquí yacemos por haber obedecido sus mandatos”. En la isla de Paros también se conservan los restos un poco tristes del heroon de Arquíloco, y en la bella Paroikia hay una estatua dedicada al soldado y poeta que escribió unos versos en los que pide que se recorra los bancos de los remeros y se escancie vino de las jarras hasta el fondo de las heces, pues de otra forma no podrán soportar sobrios la travesía. Arquíloco es menos “cinematográfico” que Leónidas, pero es uno de los nuestros porque nos enseña a tirar el escudo para correr más rápido y a consolar con vino a los sufridos remeros.

Nuestros políticos deberían tener a Arquíloco como poeta de cabecera porque en estos tiempos de coronavirus no es tan importante volver con el escudo o sobre el escudo como resistir, retroceder para volver a avanzar, arrojar los principios innegociables para seguir luchando y procurarse otros principios y formas de luchar contra la pandemia que no sean peores. Abandonar el escudo no tiene por qué significar una deshonra ni una traición a la patria, a los ciudadanos, a la historia o a las ideas (“muramos por una idea, de acuerdo, pero de muerte lenta”, cantaba Georges Brassens). Cuando los desafíos políticos, sociales, económicos y ecológicos son tan grandes, volver con el escudo es casi imposible y volver sobre el escudo solo sirve para dejar un bonito cadáver. Tiremos los escudos para correr más rápido, cojamos luego otros no peores y, eso sí, no dejemos nunca de escribir poemas ni de remar.

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