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Claret, 150 años después

Figura y trayectoria de El Padrito, que recorrió los pueblos de la Isla a medidados del siglo XIX, con motivo del aniversario de su muerte el 24 de octubre de 1870

Imagen de San Antonio María Claret, vestido de arzobispo, en el retablo de una nave de la iglesia del Corazón de María, en la calle Obispo Rabadán.

Imagen de San Antonio María Claret, vestido de arzobispo, en el retablo de una nave de la iglesia del Corazón de María, en la calle Obispo Rabadán.

Puede que para algunos el nombre de Claret no sobrepase la referencia a uno de nuestros centros educativos; aunque a otros, quizás los más entrados en años, les traiga a la memoria las andanzas de El Padrito por los pueblos de nuestra isla, allá a mediados del siglo XIX. Pero, cuando se cumplen 150 años de su muerte, merece la pena adentrarnos un poco en su figura y en la trayectoria de los últimos años de su vida. Una vida intensa; crucial para la historia de España y decisiva para la Iglesia Universal; plagada de situaciones límite que bien podrían configurar un amplísimo relato de venturas, aventuras y desventuras; una vida, en fin, que bien merece ser conocida.

El Padre Claret abordó diversas iniciativas sociales para mejorar la vida de los isleños más desfavorecidos, para luchar contra la esclavitud, para denunciar la corrupción de las instituciones

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Cuando el Padre Claret marcha de nuestras islas en mayo de 1849, no sabía el giro que habría de dar su vida. Él, que se veía identificado con la figura del misionero predicador ambulante que conocieron en Gran Canaria y Lanzarote, se encontró sorpresivamente con el nombramiento como arzobispo de Santiago de Cuba. Durante seis años, en aquella diócesis abordó diversas iniciativas sociales para mejorar la vida de los isleños más desfavorecidos, para luchar contra la esclavitud, para denunciar la corrupción de las instituciones. Y a punto estuvo de costarle la vida tanto empeño, cuando una mano asesina atentó contra él en Holguín una noche de febrero.

No sabía lo que le esperaba, cuando en 1856 recibe la designación como confesor de la reina de España Isabel II, y encontrarse como testigo indeseado de los enredos palaciegos, de las liviandades amorosas, de las decisiones políticas que herían su sentimiento cristiano. Soy como un pájaro enjaulado que va siguiendo las varitas para ver si puede escapar, decía. Y ello le costó sufrir persecuciones, atentados y calumnias de todo tipo sobre su honestidad personal, sobre su honradez en la administración de las instituciones que le encomendaron, sobre sus publicaciones religiosas.

Pero la última etapa, la más próxima a su muerte, puede constituir una síntesis de lo que vino a ser el conjunto de su vida.

Nos situamos en el verano de 1868, cuando la reina y su corte disfrutaban del descanso veraniego en la playa de San Sebastián. El Padre Claret también había permanecido en La Bella Easo acompañando el veraneo de los Reyes. Y a finales de septiembre, dando por terminado el periodo vacacional, se dispusieron a volver a Madrid. Estando ya acomodados en el tren real para iniciar el viaje de regreso, y después de permanecer retenidos en la estación un largo tiempo, hubieron de regresar de nuevo a casa por motivo de los partes que el ministro recibía desde Madrid. Había tenido lugar un levantamiento de la marina en Cádiz al mando del almirante Topete, y las tropas reales, capitaneadas por el Marqués de Novaliches, fueron derrotadas el 28 de septiembre por el General Serrano (que había regresado de su confinamiento en las Islas Canarias) en la Batalla del Puente de Alcolea. Esos acontecimientos dieron paso a la revolución llamada La Gloriosa o Revolución de Septiembre, y supuso el destronamiento y exilio de la reina Isabel II.

Al día siguiente se dio orden para que la familia real abandonara el suelo patrio y pasara directamente a Francia, y en esa situación el Padre Claret se sintió obligado a acompañar a la reina en su infortunio. Por ello, en la mañana del 30 de septiembre de 1968, los donostiarras pudieron ver marchar a la afligida reina camino de la estación, seguida por quienes se disponían a rendirle los últimos honores mas el reducido número de acompañantes que, como el Padre Claret, estaban dispuestos a compartir con ella los sinsabores del destierro.

El Padre Claret armonizaba la atención espiritual a la reina y a los infantes, con su actividad apostólica en diversos centros, instituciones y templos

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La comitiva permaneció cinco semanas en Pau, hasta desplazarse a París donde la reina fijó su residencia definitiva; ya no volvería más a España como reina. Entre tanto, el Padre Claret armonizaba la atención espiritual a la reina y a los infantes, con su actividad apostólica en diversos centros, instituciones y templos de la ciudad.

Pero el destierro no fue sinónimo de sosiego. Desde la distancia tuvo conocimiento de noticias tendenciosas o falsas, relatos fantásticos, imputaciones calumniosas, viñetas y caricaturas depresivas, coplas desvergonzadas y todo cuanto pudo inventar la maldad humana para manchar su nombre. Incluso se le llegó a acusar de apropiación de objetos sagrados, lo que hubiera podido ser causa de incoación de un proceso criminal contra él que conllevara la solicitud de extradición. Como él mismo relata, he tenido que sufrir toda clase de infamias, calumnias, dicterios y persecuciones hasta de muerte muchísimas veces. He sido objeto de pasquines, caricaturas, fotografías ridículas e infamatorias. Antes era admirado, apreciado y hasta alabado de todos, y ahora, a excepción de unos pocos, todos me odian y dicen que el P. Claret es el peor hombre que jamás ha existido, y que soy la causa de todos los males de España.

En las sesiones del concilio Vaticano I también se hizo notar, con una intervención ardiente, testimonial y emotiva en defensa del magisterio papal

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En abril de 1869, Claret se traslada a la ciudad de Roma donde se entrevista con el papa Pío IX, creándose entre ellos una fuerte empatía espiritual. Acababa de convocarse el concilio Vaticano I, y es invitado a participar en la preparación del mismo; como él nos dice, ahora estoy muy ocupado con los preparativos para el Concilio; como he estado y he visto tantos lugares, me preguntan sobre varios puntos y esto me tiene muy ocupado. Su participación en las sesiones conciliares también se hizo notar, con una intervención ardiente, testimonial y emotiva en defensa del magisterio papal.

En aquel ambiente su salud comenzó a flaquear, habida cuenta de la apoplejía que le aquejaba. Ante ello, los misioneros de la comunidad de Prades, en los Pirineos orientales, se interesaron por él y le urgieron para que se trasladara con ellos a fin de ser atendido convenientemente. Aceptando la invitación con sentido de obediencia, se trasladó a Prades el día 23 de julio de 1870. Pero ante los aires revolucionarios que llegaban desde España, y la cercanía de la frontera, resultó aconsejable su traslado hasta el monasterio cisterciense de Fontfroide, que a todos pareció un lugar retirado y discreto. Era el seis de agosto. En aquel recoleto lugar, acompañado por la comunidad contemplativa, Claret encontró la paz que necesitaba su espíritu para sobrellevar la tristeza espiritual y el sufrimiento físico por sus achaques, llevando en el corazón a su recordada España y la esperanza en la providencia de Dios.

Pero también a Francia llegaron momentos difíciles. Tras la caída de Napoleón III por su derrota en la guerra franco-prusiana, consumada la revolución y la llegada al poder del Gobierno de Defensa Nacional, se avecinó un nuevo periodo de persecución a la iglesia. A primeros de octubre se resintió su salud. En la noche del cuatro al cinco se le agravó hasta el punto de impedirle el descanso necesario; aun así, se levantó, aunque tan abatido que apenas tenía valor para moverse ni apetito para tomar cosa alguna de alimento. El día ocho su estado se agravó y pidió que le administraran los santos sacramentos.

En tan tristes circunstancias, el movimiento revolucionario francés, en connivencia con el español, se propuso inspeccionar el monasterio con el pretexto de que se hubiera convertido en encubridor de disidentes. En base a ello, una banda de republicanos de Narbona concibió la idea de sacarle violentamente del lecho del dolor y efectuar un registro para comprobar si reunía armas a favor de los carlistas.

Fue enterrado en el cementerio de los monjes, y sobre la piedra sepulcral se escribió el siguiente epitafio: Amé la justicia y aborrecí la iniquidad, por eso muero en el destierro

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El Padre Claret, ajeno a la amenaza que se cernía sobre él, y siendo consciente de que llegaba su final, conservando una paz inalterable y teniendo en las manos el crucifijo, en la mañana del 24 de octubre entregó su alma al Señor a la edad de 62 años. Fue enterrado en el cementerio de los monjes, y sobre la piedra sepulcral se escribió el siguiente epitafio: Amé la justicia y aborrecí la iniquidad, por eso muero en el destierro. El año 1897, sus restos fueron trasladados a la Iglesia de la Merced, en la ciudad de Vich (Barcelona), donde descansan actualmente.

Bien merece nuestro recuerdo agradecido por cuanto supuso su presencia entre nosotros, y por la permanencia en el tiempo de su legado espiritual

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Cuando se cumplen ciento cincuenta años de su muerte, bien merece nuestro recuerdo agradecido por cuanto supuso su presencia entre nosotros, y por la permanencia en el tiempo de su legado espiritual a través de las instituciones que a día de hoy acompañan a la Iglesia, en general, y a nuestra sociedad canaria en particular.

EMILIO VICENTE MATÉU. HA SIDO DIRECTOR DEL COLEGIO CLARET DE LAS PALMAS DE GRAN CANARIA, DEL IES SANTA TERESA DE JESÚS, DE LA FUNDACIÓN CANARIA YRICHEN, E INSPECTOR DE EDUCACIÓN DE LA C.A. DE CANARIAS

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