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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Contra el populismo y el catecismo neoliberal

“Hermanos todos”, la tercera encíclica del papa Francisco, cohesiona el programa de su pontificado y afianza un mensaje social con carga política

Contra elpopulismo y el catecismo neoliberal

El Papa Francisco se reconoce “amigo” de dos santos. Con San Ignacio tiene un vínculo obligado para un jesuita. En cambio, el que sostiene con San Francisco es una elección que, comenzando por su nombre pontifical, impregna todo su papado. Esa amistad se estrecha ahora con su tercera encíclica, “Fratelli Tutti” (“Hermanos todos”), las mismas “sencillas” palabras con las que el de Asís “expresó lo esencial de una fraternidad abierta, que permite reconocer, valorar y amar a cada persona más allá de la cercanía física, más allá del lugar del universo donde haya nacido o donde habite”. Para remarcar su conexión franciscana, esta reflexión papal se publicó el 3 de octubre, víspera de la fiesta del “Poverello” y fue rubricada por el Pontífice en la basílica de Asís donde reposan sus restos.

“Hermanos todos” es la tercera carta encíclica de Francisco y llega en su octavo año en el trono de Pedro. La serie se abre con “Lumen Fidei” (“La luz de la fe” en español), que lleva la coautoría de Benedicto XVI, a la que siguió, ya en solitario, “Laudato si” (“Alabado seas”), su primera encíclica social, también de inspiración franciscana, con la que entronca la recién llegada. Esta tercera carta papal tiene todo el peso de un “programa” desde el Vaticano para el mundo, es la carta de navegación del Pontífice. Repleta de entrecomillados que son citas de anteriores intervenciones suyas, Bergloglio busca dar consistencia doctrinal y coherencia en un único documento a todo lo que viene diciendo desde su llegada al Vaticano.

“Las cuestiones relacionadas con la fraternidad y la amistad social han estado siempre entre mis preocupaciones”, constata en su texto el papa Francisco

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“Hermanos todos” consagra la inclinación social de Francisco. “Las cuestiones relacionadas con la fraternidad y la amistad social han estado siempre entre mis preocupaciones”, constata en su texto. En sus 123 folios, organizados en ocho capítulos y 286 apartados sobresalen la crítica al capitalismo despiadado, al populismo engañoso y a la falsa libertad de las redes. La encíclica pone el acento en la urgencia de volcar la acción política en los más débiles y desamparados en una sociedad en la que la desigualdad imparable abre distancias abismales.

El nuevo mensaje de Bergloglio comienza con “una descripción de la realidad”. “Estamos más solos que nunca en este mundo masificado que hace prevalecer los intereses individuales y debilita la dimensión comunitaria de la existencia”, en el que “la política se vuelve cada vez más frágil frente a los poderes económicos transnacionales que aplican el divide y reinarás”.

Francisco constata la “polarización” creciente que generan ciertas formas de acción pública: “La política ya no es una discusión sana sobre proyectos a largo plazo para el desarrollo de todos y el bien común, sino solo recetas inmediatistas de marketing que encuentran en la destrucción del otro el recurso más eficaz”. A la polarización política contribuye el hecho de que “las ideologías pierdan todo pudor. Lo que hasta hace pocos años no podía ser dicho por alguien sin el riesgo de perder el respeto de todo el mundo, hoy puede ser expresado con toda crudeza aun por algunas autoridades políticas y permanecer impune”.

Las redes son un aliado indispensable en esas estrategias de formación de bloques y su peligrosidad se acrecienta al considerar que “en el mundo digital están en juego ingentes intereses económicos, capaces de realizar formas de control tan sutiles como invasivas, creando mecanismos de manipulación de las conciencias y del proceso democrático”.

Esas mismas redes ponen “en riesgo la estructura básica de una sabia comunicación humana. Se crea un nuevo estilo de vida donde uno construye lo que quiere tener delante, excluyendo todo aquello que no se pueda controlar o conocer superficial e instantáneamente. Esta dinámica, por su lógica intrínseca, impide la reflexión serena que podría llevarnos a una sabiduría común”. Frente a ese fenómeno perverso, Francisco defiende “buscar juntos la verdad en el diálogo, en la conversación reposada o en la discusión apasionada”.

Populismo y neoliberalismo constituyen para el Papa dos caras de una misma amenaza. “El desprecio de los débiles puede esconderse en formas populistas, que los utilizan demagógicamente para sus fines, o en formas liberales al servicio de los intereses económicos de los poderosos. En ambos casos se advierte la dificultad para pensar un mundo abierto que tenga lugar para todos, que incorpore a los más débiles y que respete las diversas culturas”, señala la encíclica.

“Cuidar el mundo que nos rodea y contiene es cuidarnos a nosotros mismos. (…) Ese cuidado no interesa a los poderes económicos que necesitan un rédito rápido”, apunta el pontífice

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Atribuye al neoliberalismo la destrucción del planeta. “Cuidar el mundo que nos rodea y contiene es cuidarnos a nosotros mismos. (…) Ese cuidado no interesa a los poderes económicos que necesitan un rédito rápido”, apunta el pontífice. En esa misma línea, denuncia que “partes de la humanidad parecen sacrificables en beneficio de una selección que favorece a un sector humano digno de vivir sin límites” (...) “nos hemos hecho insensibles a cualquier forma de despilfarro”. El Pontífice va más allá y cuestiona la propiedad privada al tiempo que arremete contra el catecismo neocapitalista. “El mercado solo no resuelve todo, aunque otra vez nos quieran hacer creer este dogma de fe neoliberal. Se trata de un pensamiento pobre, repetitivo, que propone siempre las mismas recetas frente a cualquier desafío que se presente. El neoliberalismo se reproduce a sí mismo sin más, acudiendo al mágico ‘derrame’ o ‘goteo’ —sin nombrarlo— como único camino para resolver los problemas sociales. No se advierte que el supuesto derrame no resuelve la inequidad, que es fuente de nuevas formas de violencia que amenazan el tejido social”.

Francisco lamenta la oportunidad perdida de la crisis de 2008 para reformular los fundamentos del sistema. “Es más, parece que las verdaderas estrategias que se desarrollaron posteriormente en el mundo se orientaron a más individualismo, a más desintegración, a más libertad para los verdaderos poderosos que siempre encuentran la manera de salir indemnes”, lo que deriva en que hoy “la especulación financiera con la ganancia fácil como fin fundamental sigue causando estragos”.

Frente a esa voracidad capitalista, el Papa considera necesaria “una política económica activa orientada a promover una economía que favorezca la diversidad productiva y la creatividad empresarial (…) para que sea posible acrecentar los puestos de trabajo en lugar de reducirlos”. “Sin formas internas de solidaridad y de confianza recíproca, el mercado no puede cumplir plenamente su propia función económica. Hoy, precisamente esta confianza ha fallado”, concluye. “Además de rehabilitar una sana política que no esté sometida al dictado de las finanzas, tenemos que volver a llevar la dignidad humana al centro y que sobre ese pilar se construyan las estructuras sociales alternativas que necesitamos”.

“Ojalá no se trate de otro episodio severo de la historia del que no hayamos sido capaces de aprender. Ojalá no nos olvidemos de los ancianos que murieron por falta de respiradores, en parte por los sistemas de salud desmantelados", dice sobre la pandemia

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Francisco confía en que la pandemia abra la posibilidad de un cambio: “Ojalá no se trate de otro episodio severo de la historia del que no hayamos sido capaces de aprender. Ojalá no nos olvidemos de los ancianos que murieron por falta de respiradores, en parte como resultado de sistemas de salud desmantelados año tras año. Ojalá que tanto dolor no sea inútil, que demos un salto hacia una forma nueva de vida y descubramos definitivamente que nos necesitamos y nos debemos los unos a los otros”.

La salida consiste en la “búsqueda de un destino común”, para lo que hace falta “la mejor política”, distante de la que hoy “suele asumir formas que dificultan la marcha hacia un mundo distinto”.

Más allá de las reformas y cambios externos, el Papa considera insoslayable un cambio en las conciencias y comportamientos individuales. “Mi crítica al paradigma tecnocrático no significa que sólo intentando controlar sus excesos podremos estar asegurados, porque el mayor peligro no reside en las cosas, en las realidades materiales, en las organizaciones, sino en el modo como las personas las utilizan. El asunto es la fragilidad humana, la tendencia constante al egoísmo humano que forma parte de aquello que la tradición cristiana llama concupiscencia: la inclinación del ser humano a encerrarse en la inmanencia de su propio yo, de su grupo, de sus intereses mezquinos”.

La recuperación de la religiosidad es también un factor fundamental de cambio. “Entre las causas más importantes de la crisis del mundo moderno están una conciencia humana anestesiada y un alejamiento de los valores religiosos, además del predominio del individualismo y de las filosofías materialistas que divinizan al hombre y ponen los valores mundanos y materiales en el lugar de los principios supremos y trascendentes”. Francisco sostiene que “no puede admitirse que en el debate público solo tengan voz los poderosos y los científicos. Debe haber un lugar para la reflexión que procede de un trasfondo religioso que recoge siglos de experiencia y de sabiduría”, pese a lo cual “son despreciados por la cortedad de vista de los racionalismos”.

El papa Francisco en plena oración

El papa Francisco en plena oración Reuters

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