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Entrevista

“Estoy convencido de que va a haber un efecto rebote tras la sequía turística”

Miguel Torres Maczassek, director general de Bodegas Torres

“Estoy convencido de que va a haber un efecto rebote tras la sequía turística”

“Estoy convencido de que va a haber un efecto rebote tras la sequía turística”

Hay que controlar como si fuese a golpe de un google earth en versión humana las varias miles de hectáreas de viñedos repartidas por la casa madre del Penedés, Cuenca de Barberá, Priorat, Costers del Segre, Rioja, Ribera del Duero, Rueda o Rías Baixas, y también Chile y California en el extranjero. Este imperio tiene al frente a un Torres de la quinta generación, Miguel Torres Maczassek (Barcelona 1974), hijo de Miguel A. Torres Riera, presidente de la firma (fundada en 1870), y Waltraud Maczassek, artista alemana y presidenta honorífica de la Fundación familiar. Pero no basta con el gran ojo que todo lo ve: hay que amar el vino y volcar el sentimiento de la creación en criaturas como Mas La Plana, Milmanda, Perpetual, Celeste, Fransola, Salmos, Waltraud o Purgatori. Este economista y enólogo comparte desde 2012 funciones ejecutivas con su hermana Mireia, responsable del área de conocimiento e investigación. El padre, a sus 79 años, desarrolla una actividad incansable al frente de una de las iniciativas más revolucionarias de la marca: afrontar el cambio climático. La transformación ecológica, un empeño personal del patriarca, forma parte ahora mismo de la identidad de la compañía, que invierte un 11 % anual en borrar su huella de carbono. Una de las preocupaciones de Torres Maczassek es la devastación que ha provocado el coronavirus en el sector turístico, uno de los nichos tradicionales de mercado de la firma en el Archipiélago. Junto a sus ejecutivos comerciales, ha recorrido los principales puntos de venta pulsando una situación inédita.

¿Qué diagnóstico hace de los efectos del coronavirus en el Archipiélago, donde el crecimiento turístico ha ido al unísono con el consumo de sus vinos?

Esta claro que Canarias es una de las zonas con más impacto por la ausencia del turismo, pero también ocurre en el resto de España donde las zonas turísticas, en general, han tenido un fuerte decrecimiento. Sin ir más lejos, en Cataluña estamos sin restauración, con lo que ello supone para las bodegas que dependemos de la hostelería. Aquí, hace poco tiempo, parecía que se abrían unos corredores con Inglaterra y Alemania, algo que resultaba esperanzador, pero hemos dado un paso atrás. Nos mantenemos pendientes de la evolución.

¿Y mientras tanto qué se puede hacer?

Sí, nosotros llevamos más de 50 años vinculados a Canarias y siempre hemos intentado contribuir en aquello que hemos podido. A raíz del covid trabajamos en dos iniciativas: una de ellas es dar a conocer más las Islas en países como Inglaterra, Alemania y Holanda, de forma que desde que se permita viajar vamos a hacer una campaña combinando redes sociales con puntos de venta. Se trata de un impacto cercano a 3.5 millones de personas con las que vamos a hablar del Archipiélago, sortear viajes a las Islas... Queremos que nuestra presencia en diferentes países sirva también para atraer turismo. Los vamos a hacer con las marcas Sangre de Toro y Viñasol. Otro de los proyectos junto a Damm y Mediapro es hacer un concurso para star-up que contribuya a la mejora de la restauración, que vengan más visitantes, aumentar las medidas de seguridad e incrementar la rentabilidad del sector en general. Damos unos premios a los que más innovación nos presenten para hacer frente a la emergencia sanitaria.

¿Calcula un efecto rebote tras la sequía?

Estoy muy convencido de ello. ¿Por qué? Tenemos mucho contacto con los países emisores de turistas, a los que exportamos nuestros vinos. Son millones de personas que de alguna forma han estado también confinadas en sus lugares de origen, con una climatología más adversa que la de Canarias y que tampoco han podido tener unas vacaciones... Tienen muchas ganas de salir... Claro, van a ser necesarias las pruebas covid, tipo PCR y otras, pero esto va a permitir que vengan más turistas. Y lo definitivo será la vacuna, de manera que a partir de marzo se van a dar menos restricciones, lo que posibilitará un verano en positivo.

¿El confinamiento o el toque de queda ha aumentado el consumo de vino?

Sí, el consumo de vino en el hogar hacía unos años que no se incrementaba, y me gustaría pensar que es algo que debería quedarse, es decir, el tomar vino en la familia y aprender a respetarlo. Espero que sea una de las cosas buenas que quede después del covid. También destacaría que en 2020, por una razón o por otra, se han reducido fuertemente las emisiones de carbono en un entorno de cambio climático, que es un desafío que va más allá del covid, dado que tiene una afectación absolutamente brutal en las próximas décadas. Aplicamos, por tanto, nuevas fórmulas para reducir las emisiones, y esperamos también que con los cambios recientes de EEUU, y después del covid, venga una fuerza renovada hacia una conciencia más ecológica.

¿El fin de la era Trump también es una buena noticia para las ventas?

Vamos a ver, deseamos que los aranceles impuestos al vino puedan desaparecer y que surja un clima de cooperación con la nueva administración demócrata. No obstante, hay que esperar, puesto que no son cambios rápidos. Pero está claro que para el sector del vino es una noticia positiva.

Emplear el 11 % en frenar el cambio climático es una de las recetas de Torres, un compromiso, además, que trata de introducir en la cultura empresarial de otras bodegas. ¿Cuáles son las cifras a día de hoy?

Sí, el 11 % es así, no ha cambiado... Puedo decir que este año conseguimos ya la reducción del 30 % de las emisiones comparativamente con el 2008, es decir, una botella de nuestros vinos tiene hoy una 30 % menos de huella de carbono que hace 12 años. Pero ya miramos hacia el 2030 para conseguir una reducción del 50 % y con la visión de que antes del 2050 podamos llegar a la neutralidad de emisiones de carbono. Se trata de un proyecto ambicioso, puesto que todavía tenemos que invertir más para lograr nuestra propia energía. Ahora trabajamos con solar, fotovoltaica, biomasa y geotermia, aunque todo ello requiere una mayor inversión. Y también tenemos que trabajar más en iniciativas para captar este Co2, como con la plantación de árboles o bosques, algo que hacemos ya en la Patagonia, donde hay una 1.800 hectáreas. Hemos trabajado a todos los niveles de la empresa para reducir la huella de carbono y hemos creado el grupo Wineris for Climate Action, una asociación de carácter internacional, a la que se están añadiendo bodegas de todo el mundo y que van a tener que operar bajo los parámetros que hemos fijado: la reducción progresiva hasta llegar prácticamente a la neutralidad. No se trata sólo de un mensaje, sino que también hay que invertir.

¿Qué ocurre con China? ¿La implantación es sólida?

China es un mercado donde el vino está ya introducido, se ha dado en lo últimos 20 años un cambio muy fuerte en este aspecto. Es nuestro primer mercado en Asia, afectado también por el covid inicialmente, lo que nos permitió ver con anticipación qué sucedía. Las medidas restrictivas han sido muy fuertes, han sabido controlar muy bien la situación y la economía está creciendo, incluso sin tener aún la vacuna.

¿Qué beben?

Con una claridad absoluta, el vino tinto... Digamos que es un aspecto cultural por el color rojo, algo que para ellos es muy importante.

A tenor de sus últimos movimientos, vuelve un clásico como el brandy, aparte de trabajar con destilados como el tequila. ¿Son nuevas tendencias del mercado?

Bueno, en el caso del brandy vemos que hay un rejuvenecimiento del consumidor en determinados mercados, como ocurre en Rusia, donde está creciendo de una forma fantástica. Siempre hemos tenido interés en tener un portafolio que sea lo más completo posible en lo que se refiere a nuestro rol de distribuidores en Canarias, dar las máximas facilidades a nuestros clientes para encontrar productos de calidad.

Hay un rejuvenecimiento, pero también hay adolescentes que reclaman unos vinos de colores llamativos muy plegados a la química y con diseños muy potentes. ¿Es inevitable?

Nosotros no sentimos muy alejados de estos proyectos. El punto de partida tiene que ser el viñedo, que es el que tiene que hablar. Siempre vamos desde la tierra a la mesa, de manera que los vinos que la quinta generación de Torres quiere hacer son caldos con mucha identidad, mucho respeto al paisaje, porque cuando se escucha la naturaleza es cuando se hacen grande vinos. Todo esto no se consigue en un laboratorio ni de una forma artificial, sino en el viñedo.

¿Por qué un vino determinado tiene éxito?

Le puedo hablar de nuestra experiencia, seguramente otro podría decir una cosa diferente. Pero para nosotros el punto principal y fundamental es la calidad de los vinos, porque al final es lo que acaba prevaleciendo. Claro, lo que sucede con Torres es que durante 150 años -empezamos en 1870- hemos ido acumulando estos viñedos especiales, históricos: hablamos de Milmanda, Mas la Plana, Mas de la Rosa, Priorato o Purgatori, lugares que ya tienen su propia historia. Nosotros hemos llegado ahora, pero muchas veces había viticultores hace mil años, e intentamos explicar qué es el lugar, el paisaje o los hechos que han sucedido allí.

En esto de indagar en el pasado, siempre han insistido en la datación de cepas antiguas.

Sí, claro. Nuestro laboratorio ya ha recuperado 64 variedades ancestrales catalanas. Creo que para avanzar también tienes que mirar al pasado, volver a las raíces, a estas cepas casi desaparecidas, y es allí donde puedes encontrar la esencia para hacer vinos especiales, que te hagan soñar. El vino no deja de ser un producto muy emocional. Vamos a ver, ¿por qué la gente es capaz de pagar tanto dinero por un vino que viene de un viñedo tan específico? Es algo que escapa a la razón, pero el ser humano no es un robot, tenemos sentimientos y emociones.

¿Una vía de escape frente a las influencias externas? ¿Un placer propio?

De alguna manera, lo que comemos y bebemos también nos identifica como personas, es decir, cuáles son nuestras pasiones. He conocido a gente que los he llevado a ver una viña concreta en el Priorato, y de repente ellos sienten que hay una energía que les conecta con este lugar. Y de repente dicen, “este es mí vino, es lo que siento”... Realmente hay esta conexión, algo que podría ser hasta antropológico dado que el ser humano siempre ha estado apegado a la naturaleza y al paisaje. Con el vino, gozamos hoy día de una diversidad fantástica de entornos naturales que nos permiten escoger.

También el cambio climático no está obligando a crear nuevos espacio de viñedos.

Vamos a tener que adaptarnos, esto lo tenemos muy claro. Como mínimo, la temperatura va a subir dos grados de aquí a final de siglo, si bien puede incrementarse en cinco o seis grados, algo que sería terrible. Entonces, hay dos formas compatibles de afrontarlo: una, es que deberíamos adaptar los viñedos que tenemos en los lugares que ya estamos. Por ejemplo, en Cataluña tendremos que incorporar variedades que son más típicas del Sur, variedades, por otra parte, que ya existían en la Edad Media donde el clima era más cálido. También esta la opción de irse a mayores alturas, por ejemplo ya estamos plantando en el prePirineo, mientras que en el Priorato hemos plantado la viña más alta en piedra pizarra de la historia del lugar, a 750 metros; en el Penedés también nos estamos yendo a recuperar la agricultura de montaña... Entonces vamos a tener que jugar nuestras cartas porque nosotros, como comunidad familiar, queremos que las próxima generaciones puedan seguir haciendo vino de gran calidad..

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