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Cuando PRINCE quiso ser Camille

El artista era capaz de trabajar en cinco elepés a la vez, grabando él casi todos los instrumentos, produciendo, componiendo y haciendo giras en medio P Y quiso lanzar un disco como mujer

Cuando PRINCE quiso ser Camille

Vivimos en una era confusa, en la que el término “genialidad” ha perdido casi por completo su significado. Según el baremo actual, cualquier usuario de TikTok puede ser calificado como “genio” por millones de botarates, únicamente porque sus absurdas chuflas les resultan divertidas. Así pues, un genio en el siglo XVIII sería Mozart. Un genio en el siglo XXI, Joaquín, el del Betis. Aunque, dejando de lado definiciones académicas y lo variable de los vaivenes del tiempo, la mayoría de las personas con un mínimo de sensibilidad distingue cuando está frente a un facineroso con ínfulas y cuando ante un ser extraordinario de esos que surge uno cada 100 años.

Los personajes de esta última categoría suelen llevar aparejado su torrencial talento con caracteres tormentosos. Pueden ser complicados, intratables o directamente unos cretinos, pero cuando se ponen a crear logran que todos esos detalles mundanos pasen a un segundo plano. Un ejemplo perfecto de estos genios a la antigua usanza sería Prince, cuyo anecdotario es casi tan profuso como su obra. En este artículo pondremos el foco en una de sus salidas de tono más épicas y poco conocidas. Para ser más concretos, nos centraremos en la ocasión en que decidió desdoblarse y darle a su lado femenino nombre y una carrera discográfica propia.

Para entender bien esta historia hay que remontarse a 1986, el momento cumbre en popularidad del divo. Entre la montaña de proyectos que manejaba ese año y con sus habituales creatividad y megalomanía a tope, el genio de Minneapolis se sacó de la manga la descabellada idea de grabar un disco bajo una identidad falsa. Esto no era nada nuevo en el mundo del rock, como demostraron el Ziggy Stardust de Bowie y experiencias ficcionales más churriguerescas, como cuando Garth Brooks y su sombrero se inventaron a una estrella pop en In the life of Chris Gaines (1999). Pero estos trabajos iban firmados por sus autores, dejando claro que eran ellos quienes interpretaban a los protagonistas del álbum. Eso para Prince era una absoluta vulgaridad. Él lo que pretendía era convertirse en una nueva artista. Sí, han leído bien. Una, en femenino.

El plan consistía en grabar —de hecho, lo grabó enterito— un disco bajo el enigmático título de Camille, como si fuese el debut de una joven promesa y sin mencionar en ningún momento su nombre, ni siquiera como productor o compositor. El público no debería saber que él se encontraba detrás del proyecto. La voz de la estrella se maquilló con un proceso de aceleración similar al usado en las canciones de Alvin y las Ardillas, agudizándola hasta el extremo y haciéndola sonar más femenina aunque, obviamente, sonaba a Prince por todos lados igual.

De haber salido adelante, habríamos estado ante el caso de travestismo más espectacular de la historia del pop. Porque una cosa era la androginia rampante que Prince llevaba luciendo toda su carrera, pero otra muy distinta era convertirse directamente en una mujer. Y, pensando ya en términos empresariales, eso de que uno de los artistas más vendedores del mundo quisiera editar un álbum a lo Pessoa, bajo una identidad falsa y sin su nombre por ningún lado, tuvo que hacerle una gracia tremenda a su discográfica.

Porque esa es otra. La enorme posición de poder de Prince en esos años, con el bombazo del sencillo Kiss aún retumbando en todas las discotecas del globo, permitía que pudiese hacer prácticamente lo que le viniese en gana. ¿Qué el señorito quiere lanzar un trabajo con otro nombre y que la disquera lo promocione a lo bestia? Pues nada. Adelante. Lo único que pudieron hacer los atribulados ejecutivos fue intentar convencerle de que no era la mejor de las ideas, aunque aquí haremos un inciso para ilustrar con una anécdota lo difícil que era tratar con este geniecillo. Solo por empatizar con los de la compañía, ya saben.

Hace unos años, nuestro querido Miguel Bosé tuvo a bien relatar un problemático encuentro con Prince en un magazine de esos de por la mañana. Resulta que nuestro héroe había ofrecido un recital en el programa que el pobre Miguel presentaba en TVE a finales de los 90, lo que provocó un choque de trenes que dejó una honda huella en el intérprete de Don Diablo. Bosé relató la larga lista de excentricidades a las que él y su equipo se tuvieron que enfrentar, desde pintar el camerino de un color determinado a los malos modos del divo, al que “el David Bowie español” imitó como un cruce entre Norma Desmond y Nosferatu, más o menos como el resto de los españoles imitamos a Miguel Bosé. La señora que presentaba el show asentía divertida al relato del Papito, suponemos que sin saber de quién demonios le estaba hablando. Así que ya ven cómo debía ser negociar con el de Minneapolis, si hasta a Miguel Bosé le pareció un chiflado.

Volviendo a 1986, Prince seguía en sus trece y a la compañía no le quedó otra que apechugar. Había hasta portada, una fecha oficial de edición y un primer single preparado, Shockadelica. Ya más adelante se ocuparían de detalles como qué hacer si el álbum era un éxito y se veían obligados a preparar una gira, con opciones tan poco apetecibles como poner a una bailarina a hacer como que cantaba a lo Milli Vanilli o travestir al propio genio como a Paco Martínez Soria en La tía de Carlos. Por suerte para Warner Brothers, en el último momento el artista decidió paralizar el proyecto e incorporar algunas de sus piezas a Crystal Ball, el triple disco que estaba preparando al mismo tiempo que Camille.

Así era nuestro hombre en los ochenta. Era capaz de trabajar en cuatro o cinco elepés a la vez, grabando él casi todos los instrumentos, produciendo, componiendo y haciendo giras en medio. La discográfica consiguió que la estrella renunciase también a la idea de editar ese álbum triple y que lo redujese a un más vendible doble, que terminó siendo el majestuoso Sign “O” The Times (1987), la cumbre de su autor y uno de esos extraños casos de disco doble que se hace corto. El rastro de Camille se hace notar en tres de sus mejores piezas, que fueron las que sobrevivieron a las sucesivas cribas del exigente Prince.

La primera de ellas es la monumental Housequake, una explosión de funk electrónico que sonaba moderna en los clubes de Nueva York de 1987, en el Berlín electroclash de 1997 y seguirá sonando moderna dentro de treinta años. También era Camille quien cantaba la lúbrica balada If I Was Your Gilfriend, que fue el segundo sencillo del disco y un clásico instantáneo del R&B, así como en la marcial Strange Relationship. El resto de los temas que iban a completar este disco perdido fueron apareciendo en caras B de singles o futuros álbumes, lo que nos permitió a los fans apreciar por fascículos lo que habría sido una nueva obra maestra de ese periodo en el que Prince era completamente invencible.

Pese a que Camille nunca vio la luz, es divertido pensar qué habría sucedido si hubiese llegado a nacer. Quizás se hubiese sabido desde el principio quien estaba detrás de esas canciones, aunque en la era pre Internet era más fácil guardar ese tipo de secretos. O quizás no, tal vez el misterio se hubiese mantenido y así hoy tendríamos varios álbumes bajo ese nombre, con la duda de si realmente eran discos de Prince o no. Lo que es innegable es la enorme influencia de esa veta andrógina del maestro en la música actual. Porque es muy sencillo vislumbrar el rastro del genio de Minneapolis en Travis Scott, D’Angelo, Kendrick Lamar, Pharrell Williams, OutKast y Kanye West, pero más curioso es ver cómo su lado femenino —llámenlo Camille o como les dé la gana— prendió en las baladas de la primera Alicia Keys, en Beyoncé y en la mejor y más arriesgada Missy Elliott.

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