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Ni rastro de Nezir 25 años después

Sifa Sulji regresa a Srebrenica para intentar localizar los restos de su hermano mayor, muerto en la guerra de Bosnia, a la que pusieron fin los Acuerdos de Dayton y de los que ayer se cumplieron 25 años.

Ni rastro de Nezir 25 años después

Ni rastro de Nezir 25 años después Joan Salicrú

“No me lo puedo creer, no tiene vergüenza!”, clama enfadadísima Sifa Sulji (Srebrenica, Bosnia y Herzegovina, 1971) al salir del despacho del actual alcalde de Srebrenica, Mladen Grujicic, el primer edil de origen serbio después de la guerra de Bosnia y también el primero que niega la categoría de “genocidio” a los hechos acaecidos en julio del año 1995 en esta pequeña ciudad pegada a Serbia pero dentro de las fronteras de Bosnia y Herzegovina. Murieron más de 8.000 personas, todas ellas miembros de la comunidad musulmana, en unos hechos que el Tribunal de Justicia Internacional calificó precisamente de “genocidio” el año 2001.

La mujer acaba de hablar durante casi una hora con Grujicic tras mucho tiempo esperando esta cita para poder contarle que ella es también víctima de aquel genocidio puesto que sus dos hermanos, Muamer (1980) y Nezir (1973), y su padre, Hakija (1943), fueron asesinados durante la «limpieza étnica» que el ejército serbobosnio de Ratko Mladic ejecutó a sangre fría del 8 al 15 de julio de 1995, hace 25 años. Justo lo que él niega y sitúa como “crímenes que se cometen en una guerra” en el marco de un conflicto que generó 100.000 muertos y un millón y medio de desplazados.

Sifa Suljic se halla en Bosnia en el contexto del rodaje de un documental, La última cinta desde Bòsnia, para la televisión catalana (TV-3), que se estrenará el próximo 1 de diciembre y que protagoniza, y el equipo del metraje, dirigido por el periodista Albert Solé, ha abierto la puerta a esta catalano-bosnia a explicar “su versión de los hechos” al acalde Grujicic en el mismo despacho del máximo responsable de Srebrenica, donde ahora viven unas 7.500 personas, el 45% mitad bosnios (musulmanes) y 55% serbios (de religión ortodoxa), las dos comunidades enfrentadas.

“Si quiere, le podemos llamar catástrofe, pero no genocidio”, le concede el dirigente, conocido por haber escrito textos elogiosos hacia Radovan Karadzic, presidente y promotor de la República Srpska –uno de los dos entes en que se encuentra dividido el país– y con Ratko Mladic, exjefe del ejército serbobosnio. En su posicionamiento público, el vigente alcalde –a la espera de conocerse el voto por correo, revalidaría la alcaldía en las elecciones del pasado domingo bajo una candidatura llamada Juntos por Srebrenica– insiste en negar la idea del genocidio ante cualquier periodista, lo cual representa una nueva visión de cómo tratar la narrativa sobre el conflicto.

Una historia interminable

Sifa Suljic sigue atada a un pasado que todavía no ha logrado superar: a su padre lo pudo enterrar en el 2015 –aunque solo pudieron encontrar tres huesos suyos– y a su hermano pequeño, Muamer, también –en el 2006, en este caso se pudo recuperar todo el esqueleto–, pero del hermano mayor, Nezir, no hay forma de localizar sus restos cinco lustros después del final de la guerra. Es una del millar de personas desaparecidas que no ha sido posible localizar y los restos de las cuales se suponen que pueden estar o entre los sacos aún por abrir que esperan su turno en el centro de identificación de personas de Tuzla o en alguna fosa común aún por descubrir

Con su hijo, durante la visita que hicieron al Centro de Identificación de Personas, en Tuzla. (L)

Los cuerpos que se van identificando durante el curso se entierran conjuntamente cada 11 de julio en el cementerio de Potocari, justo delante de donde estaba la sede del batallón holandés que teóricamente resguardaba a los ciudadanos de Srebrenica de los ataques del ejército serbobosnio pero que finalmente los entregó a las tropas de Ratko Mladic. Si hubiera habido una coincidencia entre el ADN de un cuerpo y el de los familiares de Nezir, ya la habrían llamado y no lo han hecho, pero no obstante Sifa aprovecha la visita a Bosnia para visitar la sede de la Comisión Internacional de Personas Desaparecidas (ICMP) e intentar recabar alguna información novedosa sobre el paradero de su hermano. En vano.

El último autobús

La historia de Sifa Suljić es sobrecogedora. Consiguió salir de Sarajevo, adonde se había trasladado en junio de 1991 junto con su marido desde su natal Susnjari, al lado de Srebrenica, el 27 de abril de 1992 en el último autobús en que lo pudo hacer. Su hija Azra estaba gravemente enferma de tosferina, así que vio claro que, ante la falta de medicación, si no conseguía sacarla de la capital de Bosnia la pequeña no sobreviviría.

El autobús la llevó, después de pasar por Belgrado –donde se había urdido el complot para invadir el este de Bosnia a partir de abril de 1992, empezando la guerra– a Macedonia, una de las seis repúblicas de la antigua Yugoslavia. Después de ocho meses, un avión la llevó desde allí al País Vasco –Vitoria-Gasteiz se había ofrecido a recibir refugiados durante un año–. Posteriormente, por una carambola –una propuesta de acogida de “una madre con una niña” proveniente del Vallès Oriental– la llevó a Catalunya, donde llegó en noviembre de 1993. Y donde ha fijado su residencia desde hace 27 años, concretamente en Sant Celoni.

Fue ya en tierras catalanas donde tomó conciencia de la naturaleza de la masacre, del genocidio en sí mismo, cuando su madre, que había llegado a Tuzla –zona controlada durante la guerra por el gobierno multiétnico de Sarajevo– en autobús, le reveló: “Que sepas que ellos no han vuelto”. Esta era la forma con la que le comunicaba a su hija que sus dos hermanos y su padre se hallaban desaparecidos y, muy probablemente, muertos.

Sin lugar al que volver

Al principio pensaba que la estancia en Catalunya sería corta, pero el tiempo fue pasando y entre el arraigo de sus hijos a su nueva tierra y las dificultades para volver a Bosnia –¿a dónde, si su antigua casa no era ya más que un conjunto de piedras en medio de un bosque?– hicieron que se quedara en esta población vallesana, donde actualmente está totalmente integrada.

En los primeros compases de su estancia en Catalunya, Sifa Suljic fue además víctima de un engaño. Unos hombres se pusieron en contacto con ella telefónicamente: si se desplazaba a Viena, le dijeron, le entregarían a sus hermanos vivos. No podía saber si era cierto, por lo que probó suerte: los presuntos conocedores del paradero del hermano acudieron a la primera cita, cogieron el dinero pactado –10.000 marcos alemanes del momento, 800.000 pesetas españolas– y no volvieron nunca más.

Delante de la tumba de su padre y del hermano encontrado –falta la del hermano mayor, que tiene el espacio preparado–, Sifa Sulji se hace a la idea de que aún tendrá que esperar para encontrar los restos de su hermano Nezir y cerrar, como mínimo por el momento, este círculo. Aunque sabe que esta historia la perseguirá mientras viva. La última cinta desde Bòsnia, el documental dirigido por Albert Solé que protagoniza Sifa Suljic, debe su título a un vídeo casero, grabado el 9 de abril de 1995 en la casa familiar de Susnjari, donde sus hermanos y su padre, junto a su madre y sus dos hermanas –que sí sobrevivieron–, le explican que se encuentran bien de salud. «Espero que todo esto termine pronto y nos podamos volver a ver», le dice su padre al final del mismo. Es un vídeo en VHS que un cooperante grabó y que su madre trasladó escondido en una bolsa de harina para que su hija pudiera ver a sus hermanos y padre en vida. Sifa se pone este vídeo a menudo, por ejemplo cada 11 de julio, cuando se conmemora la matanza, y dice que le permite recordar a sus seres queridos de un modo amable. «Es como si estuvieran aquí conmigo», concluye.

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