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El ubicuo ‘punch’ del pelo rosa

‘Influencers’ y celebridades se han apuntado a un color con pegada en redes, pedigrí alternativo y que evoca fantasía y ‘joie de vivre’ P Casas cosméticas como Bleach apuntan que las ventas de tintes de este tono han aumentado el 50%

El ubicuo ‘punch’ del pelo rosa

El ubicuo ‘punch’ del pelo rosa LP / DLP

Con ubicuidad micológica, podría decirse que el cabello rosa ha ido inundando calles, escenas y redes hasta convertirse en una de las estéticas con más punch de la pandemia. Basta con darse un volteo por TikTok o Instagram para constatar los amplios confines de esta regencia My Little Pony que, en sus distintas variantes —¿qué tal un tono empolvado? ¿Y un rosa chicle? ¿O quizá mejor un neón coral?—, ha dominado “los momentos más importantes de la cultura pop del 2020 y parece que siguirá en el 2021”, según certificaba, con pulso notarial, Priya Elan, el editor de moda de The Guardian.

Descolgado desde ya hace tiempo de su gramática cursi tras la reapropiación que de él han hecho el feminismo y el colectivo LGTBI, el rosa ha sido el tono con el que celebridades como la top Kaia Gerber y cantantes como Jennifer López, Dua Lipa o Madonna han invocado en estos tiempos hostiles la joie de vivre y una cierta estética Do it Yourself —cierto: más cercana a Vogue que a los viejos punks de King’s Road—.

Pero antes de que el hastío y el aislamiento abocara a estrellas e influencers al bote de tinte casero, lo cierto es que Justin Bieber, en enero de 2020, ya lo apostó todo al rosa en su oscuro vídeo de retorno a la industria, Yummy. Y Lady Gaga, en febrero, apareció vestida de fabuloso chicle de gladiadora posapocalíptica en su clip Stupid Love. Luego llegaron Michaela Coel y la peluca rosa con la que protagonizó Podría destruirte, la serie que ha generado una de las conversaciones —sobre violencia sexual, pero también sobre clase, negritud, redes sociales y salud mental— más influyentes del año.

PINK KARDASHIAN

Pedigrí ‘underground’

Más allá de eso, un puñado de argumentos más amagan tras este renovado punch de quizá el color más connotado y ridiculizado de la historia. Por un lado, el rosa proporciona un saque resultón y viralizable en TikTok e Instagram, que viven de la capacidad de generar atención visual. “Desde el confinamiento, la comunicación ha quedado muy enmarcada en las pantallas y eso ha creado el zoom-a-porter: se prima todo cuanto se ve de torso para arriba, lo que ya está modificando la estética en el vestuario, el maquillaje y el cabello”, apunta Charo Mora, profesora y experta en cultura de la moda. Y, además —abramos paso a la información de servicio— es un color que no necesita de grandes lealtades: sobre todo en cabellos más claros, se va desvaneciendo, es fácil de quitar y requiere un bajo mantenimiento.

Y luego, claro, está su pedigrí alternativo. El rosa puede ser el color de Barbie, pero también hizo sus cameos en el punk, que “empezó a usar los colores que no estaban en la paleta de las peluquerías”, añade Mora, y los mezcló con promiscuidad con crestas y rapados. Y, más tarde, irrumpió a lo grande con el grunge (estética que hoy vuelve con pegada) y aquella melena de furioso color coral con la que Kurt Cobain armó su disidencia vital.

“Combinar un estilo visualmente agresivo con un color tradicionalmente femenino como el rosa juega con los estereotipos de forma agradablemente confusa”, glosaba días atrás en Teen Vogue la historiadora Rachel Gibson, tirando de un hilo, el del rosa-alternativo, que llega hasta hoy amplificado por el nervio de los ritmos callejeros. De hecho, rosa ha llevado el pelo, en algún u otro momento, la jefatura urbana del ramo: de Bad Bunny a J. Balvin (Rosa se titulaba y teñía su clip de mayo), y de Nicki Minaj a Karol G. y Doja Cat.

El impulso, cabe decir, venía de antes. Jürgen Teller ya fotografió a Kate Moss de rosa en los 90, pero no ha sido hasta los últimos diez años cuando este color se ha ido convirtiendo en una moda que, como las luces de Broadway, nunca se apaga. A partir de 2010, fue afianzando su carácter popular y ecuménico —sin distinciones de raza, edad y género—, e incluso resulta difícil nombrar a una celebridad que no lo haya probado en algún momento: ahí están si no Rihanna, las Kardashian, Demi Lovato, Katy Perry, Zayn Malik o Kanye West.

Aumento de ventas

Pero ahora el repunte es incontestable. Más allá de artistas y celebridades, compañías como Bleach apuntan a que en el último año las ventas aumentaron más del 50% entre civiles, lo que remite a que el color quizá también está aportando una cierta —y ansiolítica— sensación de fantasía y “luz” en estos tiempos hostiles.

Quien habla, la cantante, dj y maquilladora artística Pink Kardashian (Judith González Freixes), lo hace con conocimiento de causa. Lleva seis años consagrada al rosa, al que llegó, dice, “buscando algo de luminosida”. A estas alturas de la aventura, esta pinkinfluencer (el copyright de la presentación es suyo) puede certificar a/ que el tono actúa como un gran imán de atención —”personalmente, me gusta llevarlo al extremo y ver las reacciones que provoca: desde los que se sienten atraídos hasta los que se escandalizan, me preguntan si voy disfrazada y me miran como si fuera un despropósito del mundo adulto”—, y b/ que la escena se está subiendo al carro del rosa, “algo que ya venía sucediendo en el underground, para aportar visualmente un toque de color y luz en esta época tan gris y también, hay que decirlo, porque se ha vuelto trendy”.

CUARENTENA

El pelo rosa, es cierto, recuerda a las crestas que a finales de los años 70 marcaron el sky line de Trafalgar Square y, más tarde, a Kurt Cobain y a Gwen Stefani, que en los años 90 también dio una buena patada en el trasero a los códigos de la hiperfeminidad pop. Sin embargo, lo cierto es que el gusto por el cabello rosado surgió mucho antes del advenimiento de cualquier tipo de subcultura.

En el siglo XVIII, cuando la corte de Versalles se entregó a la extravagancia más frenética que quizá haya conocido la historia, una de las modas más extendidas fue empolvar de rosa y otros tonos pastel las fabulosas pelucas que triscaban por la corte —hubo incluso quienes las adornaron con barcos— y que se perfumaban con lavanda y otras esencias florales. El color, como entonces el maquillaje, era símbolo de estatus tanto para hombres y mujeres. Y, de hecho, junto a los cuadros de María Antonieta, una reliquia del rosa pastel capilar es un retrato del pintor John Smart de 1777.

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