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Liquidadores de monarquías

La legitimación del soberano depende ahora de los preceptos constitucionales y de la tradición

Liquidadores de
monarquías

Liquidadores de monarquías

Desde que decayó la consideración de la monarquía como un régimen en el que, por herencia familiar, alguien, hombre o mujer, se convertía en rey o reina por la gracia de Dios, la legitimación del soberano depende solo de los preceptos constitucionales y de la tradición.

Al mismo tiempo, el arraigo del concepto de ciudadano, heredado de la Revolución Francesa, en sustitución del de súbdito, abundó en la transformación en Occidente de las monarquías en un espacio de poder meramente representativo, no consagrado o sin influjo divino, aunque la entronización de las testas coronadas se acompañe siempre de alguna forma específica de ritual religioso y haya sobrevivido un añejo manual de usos sociales.

La función práctica de la coreografía monárquica no tiene otro objetivo que resaltar el carácter excepcional, predestinado, de una determinada familia, pero tal circunstancia no constituye un blindaje impenetrable, como es fácil deducir de la desaparición de monarquías durante los dos últimos siglos. Antes al contrario, la barrera que se levanta desde tiempo inmemorial entre las familias reinantes y el resto de la humanidad contribuye decisivamente al debilitamiento del aprecio o adhesión al trono. Sin contar con la complicidad de los ciudadanos, el rey suele quedarse desnudo.

“Es una revolución”

Hay por lo menos tres formas de extinción de las monarquías: una derrota militar inapelable, un movimiento revolucionario o el apoyo a regímenes dictatoriales. Puede que haya otras, pero estas son las más repetidas y ejemplificadoras. Y en las tres aparece como una constante histórica la incapacidad de palacio para interpretar con lucidez lo que sucede en la calle. Basta recordar la supuesta conversación entre Luis XVI de Francia y uno de sus ayudantes el 14 de julio de 1789 al tenerse noticia del levantamiento popular. “¿Es un motín?”, preguntó el rey. “No, sire, es una revolución” fue la inquietante respuesta del interpelado.

El siglo XX vio cómo se concretaban las tres modalidades de liquidación. La victoria aliada en la Primera Guerra Mundial se llevó por delante, entre otras muchas cosas, las monarquías alemana y austro-húngara, que además dio origen a nuevos estados. Ambos tronos eran herederos de una vieja tradición europea, brillaban con cortes resplandecientes que parecían inexpugnables, pero la suerte de las armas fue su perdición. La añoranza por aquel orden político que el gran escritor Stefan Zweig evoca en El mundo de ayer no deja de transmitir cierta sensación de irrealidad, también de decadencia.

La Revolución de Octubre dinamitó el trono de los Románov. El esplendor palaciego de San Petersburgo ocultaba que el gigante se sostenía sobre pies de barro. Las miserias de la guerra que minaron la sociedad rusa pusieron en bandeja la victoria al alzamiento contra el Gobierno de Kerenski y dejaron a la familia imperial en manos de sus verdugos. Nadie en la corte se interesó nunca por la fractura social de una nación exhausta y la movilización zarista fue finalmente derrotada. La revolución arrambló para siempre con cuatro siglos de continuidad dinástica.

La tumba fascista

La aceptación y convivencia con regímenes dictatoriales ha sido también la tumba de varias casas reinantes. Así en Italia, donde un referéndum en 1946 liquidó el trono de los Saboya después de convivir con el fascismo durante varios lustros; así en Grecia, donde el error de Constantino de amoldarse a la dictadura de los Coroneles (1967-1974) le llevó a perder la corona y al exilio en Londres. Así también en España, donde la cohabitación de Alfonso XIII con la dictadura de Primo de Rivera desembocó con la victoria republicana en las municipales del 14 de abril de 1931 y la salida del rey camino de Roma. Solo cinco meses antes, José Ortega y Gasset había sentenciado en El Sol “delenda est monarchia”.

A pesar de estos y otros casos, la resistencia de la mitología monárquica, de esos pequeños grupos de ciudadanos especiales que se deslizan por la historia au-dessus de la melée, se ha mantenido razonablemente preservada hasta que la aldea global ha hecho transparentes las paredes de palacio. Si José Luis de Vilallonga, siempre irónico, sostuvo en cierta ocasión que “la ventaja de las monarquías es que todo queda en casa”, hoy las crisis familiares —de relación, de conveniencia, fiscales, del tipo que sea— llegan a la opinión pública con precisión y prontitud. Se acabaron los encantos del misterio, las fantasías principescas; nuevas amenazas acechan a las puertas del salón del trono.

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