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Música y conflicto racial

El country (también) es negro

Un incidente con el músico Morgan Wallen puso el foco sobre el racismo en la industria country | Una nueva generación de artistas y expertas reivindica la arteria negra del género

(L)  | MAT HAYWARD

(L) | MAT HAYWARD

La estrella del country Morgan Wallen, de 27 años, no es ajeno a las controversias. En mayo fue arrestado borracho. Y en octubre perdió una invitación para actuar en Saturday Night Live tras ser grabado en plena pandemia sin mascarilla en un bar con estudiantes, aunque tras profusas disculpas apareció en diciembre en el programa, donde protagonizó un sketch satírico sobre lo ocurrido. Ahora vuelve a estar sumido en un acto de contrición, aunque esta vez las cosas son más complicadas: su último error toca el racismo, pecado capital no solo de EEUU sino de la industria del country y de Nashville, su centro único y neurálgico.

Las cosas, aunque distintas y marcadas por la renovada conciencia sobre la injusticia racial, también son como siempre: perdón y cuenta nueva. Pero una nueva generación de artistas y expertas, mujeres en una industria donde el dominio no es solo racial sino de género, está decidida a que no lo sean.

Wallen fue grabado a principios de mes, también borracho, utilizando la palabra nigger. La denuncia fue inmediata. Y llegó de voces negras del country como Mickey Guyton, la periodista especializada Andrea Williams o la artista Rissi Palmer. Se sumaron también figuras blancas como Cam o Maren Morris, aliadas en los esfuerzos por sacudir a la industria por su falta de diversidad.

Llegó también una cascada de consecuencias para Wallen, pese a otra ronda de disculpas incluso más profusas que las anteriores: algunas de las radios más importantes del género lo sacaron de sus rotaciones, y las mayores plataformas, de sus listas; el canal Country Music Television retiró sus vídeos, la Academia de Música Country lo descalificó para sus próximos premios y su sello discográfico, Loud Records, anunció la “suspensión” indefinida de su contrato.

Un patrón que se repite

Pese a la tormenta, el segundo disco de Wallen, Dangerous, sigue por quinta semana en lo más alto de la lista Billboard 200. Sus streams andan en números parecidos a los de antes de la controversia, y también ha surgido un movimiento de apoyo que pide “comprensión” y “perdón”, y ve en las críticas otro episodio de supuesta cancelación.

Un reflejo escalofriante de un país donde la división política se ha magnificado y donde, tras la derrota de Trump y el asalto al Capitolio, los conservadores llaman ahora a la unidad y a sanar heridas. “El country necesita hombres blancos redimidos más de lo que quiere que artistas negros tengan éxito. Este ciclo de perdón sirve como equivalente de absolver una y otra vez al establishment del género”, ha escrito Elamin Abdelmahmoud en Buzzfeed.

Resistencias

“La industria se resiste realmente a cambiar de verdad y es algo frustrante”, lamenta en una entrevista telefónica Amanda Marie Martinez, doctoranda en Historia en la Universidad de California y autora de una disertación centrada en cómo la industria del country ha despreciado históricamente las raíces multirraciales y multiétnicas del género, a los artistas y oyentes de color, y cómo se entregó a las políticas del conservadurismo blanco. “Es bueno que el incidente (de Morgan) haya hecho que la gente preste atención, pero realmente la industria está pasando por alto el racismo más encubierto que se ve en el día a día de Nashville”.

El mito del country como un género de blancos y para blancos perdura, pese a ser justo eso, un mito desarrollado como estrategia de marketing desde que en los años 20 Ralph Peer se inventó la escisión entre “música hillbilly” y “discos de raza” para vender según los públicos. Pero como recuerda en otra entrevista Pamela Foster, autora de My Country y My country, too —libros que recogen el impacto de la diáspora africana en el género y la historia de los negros en él—, la realidad es otra. “En la Biblioteca del Congreso y en todos los textos sobre la vida en las plantaciones, la música de banjo [instrumento de raíces africanas], la música de violín, estaban ahí en el núcleo”.

Peer, no obstante, creó con esas etiquetas una frontera que no existía ni entre músicos ni en el público. Y el espejismo se hizo la realidad global. Aunque, como recuerda Palmer, “muchas familias afroamericanas han mantenido la tradición y la acogen y la aman”, el “misterio” es que “tanta gente que debería saber más por su propia herencia compre la imagen que viene de los medios”.

Marca del conservadurismo

Son contados los artistas de minorías a los que la industria ha hecho espacio no solo en sus templos (solo el recientemente fallecido Charley Pride y el armonicista DeFord Bailey están, por ejemplo, en su Hall of Fame), sino también en sus despachos.

Se trata de un sector que, como explica Martinez “no vende música, sino una idea, un estilo de vida”. Especialmente desde los años de la Nueva Derecha de Reagan, el sonido country representa el conservadurismo blanco de mediana edad que sostiene conceptos tradicionales sobre la familia, la vida doméstica y lo heteronormativo.

“La forma en que el tema racial funciona en Nashville no es totalmente consciente”, apunta también la experta. “No se deja de firmar un contrato con un artista porque se odie a los negros, es algo más profundo, sistémico: piensan que sus oyentes solo son conservadores blancos. Desconocen cómo reempaquetar la música country para gente que no es blanca, aunque saben que esos artistas y esos oyentes están ahí, pero no tienen ningún incentivo porque hasta ahora el negocio ha ido bien”.

Ola imparable

Esa “estrechez” de miras les ha hecho olvidar, a diferencia de otros géneros, a los jóvenes. Pero ahí están, haciendo country, renovándolo (como han hecho Lil Nas X o el rapero Breland) y, también, escuchándolo, como recuerda el éxito de Wallen no solo en la radio, el medio tradicional del country, sino en las plataformas.

Hay una ola imparable dispuesta a derribar barreras. Estudiosas como Martinez miran al futuro con esperanza, “no por la industria, sino porque llegue a crearse algo fuera de ella, algo nuevo, una nueva comunidad”. Los artistas y sobre todo las artistas negras lo están haciendo. Tormentas aparte, gente como Palmer aprecia “y mucho” estos “momentos de reflexión que están ahí para quienes pueden beneficiarse de ellos”.

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