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La espiral negacionista

Guía para no perderse en el laberinto

‘Crítica de la Razón Paranoide’, de Alejandro M. Gallo, es un trabajo monumental de 1.364 páginas en dos tomos sobre teorías conspirativas

Portada del libro

Portada del libro

Alejandro M. Gallo, novelista de largo recorrido que ha engarzado el género negro con las sombras de la Memoria Histórica, es autor de Crítica de la Razón Paranoide (Reino de Cordelia), una obra monumental de 1.364 páginas en dos tomos sobre las teorías conspirativas a lo largo de la historia. Gallo (León, 1962), comisario jefe de la Policía Local de Gijón, acepta el desafío de dar las pistas principales de un exhaustivo trabajo cimentado sobre su tesis doctoral.

La Razón Paranoide

“Es una forma burda de interpretar la realidad y la Historia, con la pretensión de explicar la complejidad social e histórica de una forma sencilla, que haga creer al sujeto que controla el mundo que le rodea. Suele aparecer en momentos convulsos de la Historia: guerras, crisis, pandemias o fenómenos sin explicar. Las tres principales formas de manifestación de la Razón Paranoide son: primero, el conspiracionismo, tal y como lo conocemos ahora y como se manifestó en épocas pasadas; la segunda forma es el estilo paranoide de la retórica de los populismos, que apelan a sentimientos y no a argumentos ni a evidencias; y las dos últimas serían la posverdad y los negacionistas de todos los pelajes. Sin embargo, desde la aparición de internet se han convertido en lengua franca en cualquier lugar del globo. De tal manera que no hay ningún acontecimiento que se dé en la realidad ―la pandemia de la Covid-19, los atentados del 11-S, del 11-M o la derrota de Donald Trump, que no sean interpretados con elementos propios del conspiracionismo y/o del negacionismo”.

¿Una edad de oro de la conspiración gracias a internet?

“Yo diría que gracias a internet vivimos la Edad de Platino, pues la Edad de Oro se vivió durante la Guerra Fría. De 1945 a 1989 se crearon todo tipo de conspiraciones ficticias y fake-news, pues eran armas de guerra. Es la época que denomino ‘El popurrí conspiracionista’, ya que cualquier acontecimiento se consideraba como un elemento del complot del enemigo. Era la paranoia como arma de guerra. En esa época nacieron las conspiraciones más conocidas, como que los extraterrestres querían controlar a la humanidad. Nacieron las teorías de los candidatos Manchuria —agentes dormidos durante años para cumplir órdenes en un futuro—, de las conspiraciones para asesinar a John F. Kennedy, Bobby Kennedy, Malcom X, Martin Luther King y hasta las muertes de Marilyn Monroe, John Lennon o Lady Di se englobaron en el mismo grupo. Y se popularizaron creencias como que Elvis Presley seguía vivo o que Paul McCartney era un clon de sí mismo; es decir, cuestiones que hoy son basura ciberespacial. Hasta la llegada a la Luna se consideró un engaño por ciertos grupúsculos, que lo defendían como un montaje de Hollywood para hacer creer al resto del mundo que los Estados Unidos habían ganado la carrera espacial. Fue una época en la que hasta la sombra de un árbol se consideraba un enemigo emboscado. Y todo esto se convirtió en un gran negocio, en una mercancía más en el mercado global, en un tipo de narrativa reflejada en la literatura, emitida en las emisoras, en las televisiones y en la cinematografía, que se repetía a si misma diciendo siempre lo mismo con diferente estilo y firma”.

¿La conspiración como herramienta de verdugos?

“Todos, absolutamente todos, los constructos conspiratorios cuando son política de Estado, ideología de grupos políticos, de bandas terroristas o de sectas conducen a la represión, a atentados, a suicidios colectivos y hasta el genocidio. El ejemplo más reciente lo tenemos en las dictaduras del siglo XX que usaron la noción de conspiración como coartada para la represión de sus oponentes. De esta forma, Hitler y el Partido Nazi alentaron la conspiración de que los judíos querían dominar el mundo y someter a la raza aria; Benito Mussolini defendió que la conjura venia de los ingleses, los poderosos capitalistas extranjeros y los judíos; la Francia de Vichy señaló a los judíos y a los masones como la cabeza de turco; Franco patrocinó que existía un complot de la masonería contra el pueblo español y que venía de lejos, pues era el causante de la pérdida de nuestras colonias en ultramar; y Stalin, la Banda de los Cuatro y los jemeres rojos acuñaron la conspiración del ‘enemigo del pueblo’ para justificar sus purgas. Hasta Silvio Berlusconi se pasó todo su mandato acusando de una conspiración de los jueces y de los comunistas contra él. Víktor Orbán, en Hungría, defiende la existencia de la teoría de la conspiración del Gran Reemplazo —teorizada por el filósofo francés Renaud Camus—, por la que consideran que se está produciendo la sustitución de la raza blanca por los musulmanes en Europa o la sustitución por hispanos en Estados Unidos. Esta creencia del Gran Reemplazo es la que subyace en los supremacistas blancos y sus matanzas, para evitar esa invasión o sustitución, como alegan. Otros supremacistas creen en una variante, en el Genocidio Blanco —teoría creada por el neonazi David Lane—, por lo que consideran que directamente están eliminando a la raza blanca por un proceso de asimilación forzada, por lo que llaman a una guerra interracial. O los seguidores de Donald Trump, a través de QAnon, que han potenciado la creencia en un Estado Profundo, compuesto por demócratas y actores libertinos de Hollywood, que quiere controlar los Estados Unidos y que Trump, dicen, está combatiendo con fuerza. Esta creencia ha llevado a diferentes matanzas en los Estados Unidos, como el caso Pizzagate que llevó a un ciudadano, Edward Walch, a asaltar la pizzería con un fusil para liberar los niños que supuestamente habían secuestrado elementos del Estado Profundo. Es decir, según Umberto Eco, en todo Ur-Fascismo o Fascismo Eterno subyace un constructo conspirativo, donde el tirano señala a un chivo expiatorio y le culpa de las desgracias sociales, eso le permite alejar de los dirigentes las iras de la sociedad y focalizarlas sobre esa cabeza de turco”.

Conspiraciones reales versus conspiracionismo

“En primer lugar, para evitar confusiones, hay que separar las conspiraciones reales del conspiracionismo. Las conspiraciones existen, ya sean para delinquir o para conseguir beneficios propios o ajenos, y son castigadas en los códigos penales de los diferentes países si conducen a un ilícito penal. Los golpes de estado, exitosos o fracasados, son conspiraciones reales. De esa forma, tanto el 23-F, la Operación Galaxia, los golpes de Estado de Franco, Pinochet o Videla fueron conspiraciones criminales. Las diferentes conspiraciones bancarias, empresariales o mafiosas, también lo son y su objetivo es conseguir beneficios. Sin embargo, cuando hablamos de conspiracionismo hablamos de conspiraciones que nunca han ocurrido, que son un constructo teórico de alguien particular, empresa o grupo político, con unos fines espurios. El constructo conspirativo alrededor del 11-M, creado por diferentes medios de comunicación cercanos a la derecha, tenía como objetivo deslegitimar el resultado electoral del 14 de marzo del 2004. Lo mismo ha ocurrido con las conspiraciones creadas desde QAnon y Stop the Steal, cuya pretensión era deslegitimar el resultado de las elecciones presidenciales norteamericanas del 2020. O el constructo conspiratorio elaborado por el entorno de ETA de que el Estado español, en un supuesto plan maestro, había distribuido droga en el País Vasco para diezmar el supuesto potencial revolucionario de la juventud vasca, y que no fue nada más que la justificación paranoica de más de cincuenta víctimas causadas por la banda terrorista. Lo anterior nos muestra una de las características de la génesis de las teorías conspirativas, que además de nacer en momento convulsos de la Historia, también nacen para justificar derrotas políticas o militares. Un caso de esta justificación de derrota militar nos la ofreció Hitler y el Partido Nazi cuando acusaron a la conspiración de los judíos la razón principal por la que no habían ganado la I Guerra Mundial”.

Los medios de comunicación

“Tenemos un ejemplo reciente y muy clarificador de cómo se comportaron los medios serios. A raíz de los atentados de Cambrils y Barcelona del 17 de agosto de 2017, un diario digital que se autodenomina de izquierdas, del socialismo democrático y del republicanismo publicó una serie de supuestos documentos por los que defendía que el CNI conocía del atentado y que no había avisado ni trasladado sus conocimientos a la policía autonómica con la intención de disolver la independencia. Los documentos que presentaba eran de cuatro visitas de tres agentes de la Guardia Civil, el 5 de abril, el 24 de mayo y el 26 de junio de 2012, y una visita de dos agentes del CNI el 14 de marzo de 2014 al imán de Ripoll, Abdelbaki Es-Satty, mientras se encontraba en la prisión de Castellón por un delito de tráfico de drogas desde el 1 de enero 2010. A esto añado que a Es Satty también se le estuvo investigado y con un teléfono intervenido en la Operación Chacal, anunciada en los medios en enero de 2006 con 20 supuestos yihadistas detenidos y que terminó siendo un fracaso. Esto le bastó a ese diario para descontextualizar varios años estas investigaciones y construir esa teoría conspirativa donde acusaba al Estado español y al CNI, a la que se sumaron diferentes políticos independentistas como si fuera un auto de fe. Ante esto, los medios de comunicación serios optaron por dos caminos: unos, ignoraron la noticia, con la idea de trasladarle al ciudadano que noticia que no se sigue no es notica veraz; y los otros salieron desde sus editoriales a combatirla, en algunos casos realizaron una labor impecable de desmantelamiento pieza a pieza del constructo conspirativo. Hoy, esa teoría conspirativa solo se sitúa en la franja lunática de determinados sectores del independentismo más cerril”.

A lo largo de la Historia

“Karl Popper, Umberto Eco y Ricardo Piglia creen encontrar el origen de los constructos conspirativos en el destino griego. En él se nos hablaba de una serie de fuerzas que conducen al ser humano sin que él pueda evitarlo, sería la Historia detrás de la Historia. Nos vendría a decir que el resultado de la batalla de Troya se decidió la noche antes por los dioses en el Olimpo, sin que importara lo que hicieran los ejércitos de cada bando. Platón, en la República, en el capítulo V, nos muestra la necesidad de las conspiraciones desde el poder para un buen gobierno. Nerón construyó una conspiración acusando a los cristianos de incendio de Roma y Diocleciano les acusó del incendio de su Palacio, lo que les permitió perseguirlos y acusarlos de todos los males que sufriera la sociedad. La Biblia nos muestra una cadena de conspiraciones, la más conocida es la de las plagas lanzadas por el Señor contra el faraón para presionarle para que dejase salir a su pueblo hacia la tierra prometida. En la Edad Media, la falta de explicación ante la Peste Negra permitió señalar a las autoridades cristianas —tanto católicas como protestantes— a un causante de la pandemia: el pacto de las brujas con el demonio para terminar con la cristiandad. Cuestión que no terminó hasta la Revolución Francesa y la instauración de la razón en los gobiernos frente a la superstición. Luego podría seguir con las conspiraciones de las dictaduras del siglo XX, pero creo que basta para mostrar que ningún constructo conspiratorio es inocuo y que todos conducen a matanzas y al genocidio”.

Las teorías como un negocio

“Los atentados al World Trade Center el 11 de septiembre del 2001 supusieron la construcción de conspiraciones grandilocuentes en la época de internet, lo cual ha supuesto un salto cualitativo y cuantitativo en la difusión de estas creencias. La primera que apareció fue la de Terry Meyssan en su libro La gran impostura, con tiradas de cientos de miles de ejemplares y la traducción a cerca de treinta lenguas. Le siguieron numerosos autores guiados por el éxito de ventas, se han contabilizado tres mil, que venían a decir más de lo mismo. Todos cuestionaban la versión oficial sin aportar ni una sola prueba, obviando que en las investigaciones habían trabajado sin descanso más de 7.000 agentes del FBI a los que se sumaron los del servicio secreto británico en lo que se llamó Operación Penttbom. A ese cuestionamiento de la versión oficial se sumó una comunidad de fe denominada 9/11 Truth Movement que también negaba la versión oficial. Este esquema fue el mismo en el atentado del 11-M en Madrid, hasta se creó también esa comunidad de fe con el nombre de los Peones Negros. Lo mismo ocurrió entre los negacionistas de la versión oficial en la matanza de Sandy Hook, que se agruparon en Trutler Sandy Hook Movement. De tal manera que QAnon y Stop the Steal no dejan de ser la comunidad de fe de Donald Trump que defiende sin pruebas que él ha ganado unas elecciones que en realidad ha perdido. A partir de aquí todo vale: que si los pilotos de los aviones no fueron los verdaderos kamikazes, que si el gobierno de los Estados Unidos estaba implicado, que nos niños muertos en Sandy Hook nunca existieron o que las máquinas de recuento de votos estaban trucadas o cualquier otra chaladura que sirva para vender libros, periódicos, revistas, camisetas, dentífricos, enjuagues dentales o salir en medios de comunicación ofreciendo cualquier otro producto. No debemos olvidar que QAnon no solo fue la conspiración pro Trump, también se convirtió en un negocio de venta de merchandising”.

La pandemia

“Antes comenté que las teorías de la conspiración nacen en momentos convulsos de la Historia: guerras, catástrofes naturales y pandemias. La pandemia de la Covid-19 nos ha mostrado cómo en esos momentos de confusión históricos, las creencias de que están conspirando contra el ser humano aparecen de inmediato. En el caso de la Covid-19 se nos dijo que había sido creado en laboratorios de multinacionales farmacéuticas, o que obedecía a la guerra química, que habían sido los chinos o los norteamericanos, hasta algún iluminado mencionó a los extraterrestres. Luego se señaló a las torres 5-G y al magnate Bill Gates. Nada era nuevo, pues ya se habían mencionado cuando el sida y luego con el évola. Es lo que ocurre en esos momentos convulsos o de confusión en la historia, que se crean formas burdas de interpretar la realidad como forma de hacernos comprensible lo que nos rodea”.

Luchar contra las conspiraciones

“Debemos ser escépticos y aplicar sobre ellas el método de verificación de la ciencia. Ante cualquier constructo conspirativo que se nos presente debemos conducirnos debatiendo objetivamente sobre los hechos; confrontando todas las versiones que se nos presenten, sin creer en nada ni en nadie y verificándolo todo sobre la base de las mejores fuentes, ya sean testigos directos, testimonios indirectos fiables, documentos, informes y comunicados. Todo eso asegurado desde todos los ángulos. O emplear la sencilla fórmula de la Interpol para hacer frente a las estafas, ya que los constructos conspirativos son una estafa intelectual: ‘Estate atento, sé escéptico y mantente a salvo”.

¿De derechas o de izquierdas?

“Si nos situamos en épocas inmediatamente posteriores a la Revolución Francesa, veremos cómo los constructos conspiratorios nacen desde los sectores conservadores para justificar el triunfo revolucionario. El ejemplo más claro lo tenemos con el abate Augustin Barruel, en su Mémoires pour servir à l’histoire du Jacobinisme de 1798. Donde explica que el triunfo revolucionario se debió a la unión de varios conspiradores contra la cristiandad: los templarios, los masones, los seguidores de Cromwell, los ilustrados y enciclopedistas. A partir de ahí estuvo siempre ligado al pensamiento conservador y ultracristiano, donde los masones y los judíos fueron los chivos expiatorios preferidos. Sin embargo, a partir del magnicidio de John F. Kennedy, la Nueva Izquierda norteamericana comenzó a utilizar los resortes del conspiracionismo para interpretar la realidad. Algunos escritores como Thomas Pynchon denominarán paranoia creativa a esta incorporación de esa izquierda a las teorías de la conspiración. Será a partir de la caída del Muro de Berlín, cuando mayor cantidad de izquierdistas abandonan el materialismo histórico y abrazaron el conspiracionismo, en lo que el reportero de guerra Michael Kelly denominó paranoia de fusión, donde este tipo de interpretar la realidad se daba tanto en la extrema derecha como en sectores de la extrema izquierda, y ambos llegaban a conclusiones parecidas. Es decir, los extremos políticos coincidirán en un punto siniestro: la paranoia”.

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