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Un martir del siglo XX

El joven teniente médico grancanario Wenceslao Perdomo Benítez murió en julio de 1921 mientras auxiliaba a los heridos del campamento de Izen Lassen

Retrato de Wenceslao Perdomo Benítez, teniente médico grancanario que perdió la vida en Annual.

Retrato de Wenceslao Perdomo Benítez, teniente médico grancanario que perdió la vida en Annual. LP/DLP

Se cumple en estos días el centenario de los tristes episodios que pasarán a la historia como el desastre de Annual, que acabaría con la derrota militar española en la guerra del Rif. Aquella batalla desarrollada entre Melilla y la bahía de Alhucemas, ocasionó la muerte de unos trece mil quinientos españoles y unos tres mil quinientos rifeños. Entre los fallecidos perdieron heroicamente la vida varios jóvenes grancanarios. Esta derrota va a conducir, una vez más, a una redefinición de la política colonial española y a una crisis política que seguirá socavando los cimientos de las dos monarquías vecinas, ya que continúa siendo evidente el malestar creado y las frecuentes humillaciones que se siguen produciendo.

Pero hoy, entre los isleños fallecidos, vamos a recordar la extraordinaria heroicidad de un apuesto joven grancanario del barrio de Triana en aquel lamentable desastre que se produjo entre el 21 de julio y el 9 de agosto de 1921, en el lugar donde se encontraban las tropas españolas dirigidas por Manuel Fernández Silvestre, comandante general de Melilla y el principal responsable en aquel momento del Ejército español.

El enclave estratégico que se buscaba para la defensa era la bahía de Alhucemas, al considerarse la posición perfecta desde donde se podía controlar todo el territorio y así acabar de una vez con la prolongada guerra africana cuyos conflictos se habían iniciado ya desde enero de 1860, y en aquel momento con un efervescente brote que empezó a resurgir en 1909.

Las tropas españolas estaban formadas por soldados que realizaban el servicio militar obligatorio, por unidades indígenas afines y por ciento cincuenta presos de la cárcel de Zaragoza liberados para este fin. El lamentable armamento que portaban nuestros muchachos consistía en artillería anticuada y escasa. Los soldados estaban pobremente vestidos y calzados con alpargatas y apenas había comida y agua para reponer el ánimo y las fuerzas. Así y todo se pudo avanzar y entrar por la comuna de Tafersit y el río Amekran. Pero el comandante Fernández Silvestre cometía constantemente numerosos errores e improvisaciones en su avance, y no podía desarmar a las tribus opuestas cuya lealtad había comprado previamente, y solo se pudo llegar para instalar el campamento español en la posición de Annual, un poblado perteneciente a la cabila de los Beni Ulichec a unos 60 kilómetros al oeste de Melilla.

Desde allí se esperaba realizar el avance hasta la bahía de Alhucemas, en donde también escaseaba el abastecimiento de víveres y de municiones. La traída de agua se transportaba a diario de una distancia de cuatro kilómetros mediante caravanas de mulas por estrechos y pedregosos caminos, que eran muy propicios para las embestidas. No era extraño, pues, que nuestros soldados fueran cayendo en poder de los rebeldes. En cambio, los rifeños defendían sus propios terrenos de los que eran grandes conocedores y disponían de buenas armas de fuego y estaban acostumbrados a usarlas con excelente puntería desde las laderas montañosas de los alrededores. Y sus vestimentas, de tonos terrosos, actuaban como un magnífico camuflaje, aparte de que eran avispados maestros de las emboscadas.

El desastre

El 17 de julio el llamado caudillo de las fuerzas contrarias, Abd-el-Krim, que había sido un antiguo funcionario de la administración española, con el apoyo de las tribus cabileñas, que presuntamente estaban aliadas a España a través de engaños y regalos, inició el primer ataque sobre nuestras tropas. Duró cinco días. Nuestro ejército, desnutrido y desmoralizado, y a pesar del gran esfuerzo de la formación de sus columnas, había sido incapaz de auxiliar la posición defensiva.

No obstante, nuestras filas fueron inmediatamente reforzadas con la rápida incorporación de varios batallones, compañías de Infantería, escuadrones de caballería y cinco baterías de Artillería que en su conjunto sumaron unos tres mil cien hombres, pero, sobre aquella ayuda, iban a lanzarse unos 18.000 rifeños bajo el mando de sanguinario Abd-el-Krim, armados hasta los dientes con fusiles y espingardas.

Tras esta derrota española, que se saldó en su conjunto como hemos dicho con trece mil y pico muertos, nuestras tropas se vieron obligadas a retirarse. Unos 500 soldados españoles serán fusilados después de rendirse. Quedaron 492 prisioneros entre los oficiales —por los que luego se pidió un rescate de cuatro millones de pesetas—, de los que sobrevivieron 326. Alguno de ellos fueron liberados, mientras que el comandante en jefe Manuel Fernández Silvestre, se había metido en su tienda de campaña y se suicidó para evitar ser capturado, aunque otras fuentes acreditan que fue abatido a tiros por los rifeños

El desastre de Annual provocó una terrible crisis política que se suele recrudecer cada cierto tiempo, a pesar de los buenos deseos y besos que a lo largo de los tiempos se han prodigado los dos reales «hermanos».

El héroe

En aquel desastre va a tener un emotivo protagonismo el médico grancanario Wenceslao Perdomo Benítez, un joven nacido en la calle Malteses, de 25 años, que había realizado sus estudios en la Facultad de Medicina de Cádiz y acababa de terminar la carrera. Tras ganar unas oposiciones de oficial del Cuerpo de Sanidad Militar con el número dos de su promoción, se incorporó con el grado de teniente, y de inmediato, a principios de marzo, fue destinado a la campaña africana, incorporándose a la unidad 14ª Mía de la policía indígena destacada en la localidad bereber de Midar, desde cuyo lugar nuestro joven y humanitario médico se enteró de que el cercano campamento de Izen Lasen estaba siendo fuertemente atacado por el enemigo y había muchos españoles heridos que reclamaban su auxilio. Ante las alarmantes noticias, el canario se envalentonó, y sin reparar en los peligros del camino a recorrer, desoyendo los consejos de sus superiores, se montó en un caballo y acompañado de un ordenanza nativo marchó a cumplir con su deber al lugar en que sus servicios eran necesarios.

Al salir del destacamento, el jefe de la cabila le salió al encuentro instándole a que no prosiguiera, pues los moros dominaban todas las alturas del camino y estaba seguro de que no podría llegar sin gran riesgo de su vida. Pero el obstinado isleño le contestó que «iba a cumplir con su deber y si era preciso sabría morir como los demás mártires, pero que por nada les dejaba abandonados sin tener quien los curase».

Y en efecto, durante el trayecto se cruzó mucho fuego enemigo. A lo largo del camino prodigó curas en las trincheras que se iba encontrando situadas, y aunque algún disparo le rozó, al final logró bajarse bastante afectado del caballo y arrastrándose pudo llegar a la posición donde se hallaban los accidentados. Allí pudo curar milagrosamente las graves heridas del teniente de artillería Juan Ases Lahoz y a varios soldados lesionados.

Y en un momento de encontrarse atendiendo casi desfallecido a otros afectados, fue asaltado el destacamento por los moros. Al verlos, el grancanario del barrio de Triana se dirigió al cabecilla del grupo rebelde que se disponía a fusilarlo, diciéndole con la mayor entereza: «Dejadme que termine mi misión y luego matadme si queréis».

El médico Wenceslao Perdomo murió acribillado a balazos, como mueren los verdaderos héroes. Su digna hazaña mereció que sus últimas palabras quedaran esculpidas en bronce. En aquella locura bélica costó encontrar su cadáver. Un año después su hermano Antonio, entonces comandante del cuerpo de inválidos, pudo hallar sus restos que fueron depositados en una arqueta y se trasladaron a Melilla para su entierro ya que iban a ser sepultados provisionalmente en el ilustre mausoleo levantado en el cementerio de la Purísima Concepción. En aquel momento se le rindieron los máximos honores militares en una ceremonia en la que su hermano apenas pudo contener la emoción llevando entre sus brazos los mutilados despojos de aquel glorioso mártir grancanario envueltos con la bandera española. En el homenaje también se dispararon salvas en recuerdo del ingeniero militar canario, Dionisio Ponce de León y Grondona, al que de igual modo le fue arrebatada la vida en la barbarie de aquel horroroso desastre.

En la fachada del Hospital de Cádiz donde el canario había iniciado el ejercicio de su carrera en la Medicina, se descubrió una lápida que dice: «A don Wenceslao Perdomo Benítez, teniente médico de Sanidad Militar y exalumno interno del Hospital Clínico. Vivió por y para la ciencia y por ella murió gloriosamente en los campos de batalla el 22 de julio de 1921». Y en nuestra ciudad, una de las calles del municipio de la zona del puerto recuerda a perpetuidad el impagable sacrificio de este valiente muchacho que perdió la vida en plena juventud, condecorado, como era lógico, con la prestigiosa Cruz Laureada de San Fernando.

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