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El efecto Matilda: Suzanne Valadon

La primera mujer que hizo lo que quiso. Musa para algunos de los nombres más destacados de la historia de la pintura, la excéntrica Marie-Clémentine (nombre real) aprovechó sus largas sesiones como para aprender de los maestros y forjar una exitosa carrera como artista que incluso fue reconocida por la sociedad machista de principios del siglo XX.

Retrato de Suzanne Valadon. | BIBLIOTHËQUE MARGUERITE DURAND

Cuando Toulouse-Latrec descubrió algunos de los dibujos de su joven vecina no pudo sino admirar su capacidad natural para el arte y aconsejarle que se cambiara el nombre. Debido a que era la modelo preferida de muchos de los artistas que en ese momento dominaban la escena parisina, él mismo la retrató en innumerables ocasiones. Marie-Clémentine siempre estaba rodeada de hombres mayores que miraban con deseo la desnudez de su cuerpo, así que no se le ocurrió más que bautizarla como Suzanne, en alusión al mito de Susana y los viejos, leyenda que narra cómo dos viejos lujuriosos se enamoraron de esta joven esposa y tras no conseguir aplacar sus deseos la denunciaron por adulterio. Ahí comenzó a narrarse la historia de Suzanne Valadon, mujer de espíritu luchador que supo reinventarse ante la adversidad y encontrar su propia identidad para convertirse, contra todo pronóstico, en una artista de reconocido prestigio.

Poco le importaban los rumores que sobre ella pudieran circular, o la opinión de una sociedad que había anclado a la mujer a las cuatro paredes de su hogar; cuando sufres de primera mano las penurias de la vida todo se ve de otro color. No era fácil en ese tiempo vivir con el cartel de hija ilegítima ni desprenderse de una humillante mancha familiar tras morir su padre en la cárcel, así que, siendo ella una niña, su madre, una humilde lavandera viuda, decide que es mejor olvidar el pasado y se trasladan desde Limoges al bohemio barrio francés de Montmartre.

Internada en un colegio de monjas hasta los once años, a su salida trabajó en lo que buenamente pudo: verdulera, camarera, en un molino, asistente en una funeraria..., hasta llegó a ser trapecista con dieciséis años, carrera truncada tras una caída que le hizo abandonar sus aspiraciones circenses.

Esa belleza desgarbada de grandes ojos azules, junto con una actitud impetuosa y enérgica, llamaron la atención del pintor Puvis de Chavanne que no dudó en contratarla como modelo, pasando así a ser la musa de otros tantos como Renoir, Amadeo Modigliani, Berthe Morisot y Edgar Degas, este último figura clave en su vida pues fue quien más la ayudó. En realidad se sentía como pez en el agua en ese ambiente de la bohemia, ruidoso, alegre y repleto de artistas, que la acogieron como un miembro más sin importar su género o procedencia.

Esta cenicienta de la Belle Époque no necesitó de hadas madrinas pues entendió que nadie iba a venir a ayudarla, ella misma tenía que labrarse su propio camino, y así lo hizo. Como el acceso a una academia de arte era algo que económicamente no se podía permitir, durante ese tiempo, posando para unos y otros, con la perspicacia que la caracterizaba, aprendió mirando y tomó aquello que más le interesó del arte de cada uno creando un estilo propio, pues nunca copió a ninguno de ellos. La recompensa a su tenacidad no tardó en llegar y gracias al inestimable apoyo de su fiel amigo Degas, en 1894 se convierte en la primera mujer en exponer en la Sociedad Nacional de Bellas Artes.

Desafiando todas las normas sociales de su tiempo, sus primeras obras están centradas en el desnudo femenino, en su propia experiencia como modelo, una mirada íntima hacia su propio cuerpo que completaba con escenas y momentos de su vida cotidiana.

Pero la alegría no le iba a durar mucho, la historia de su pasado se volvió a repetir, y con dieciocho años es madre soltera de un niño de padre desconocido que será reconocido por el pintor español Miguel Utrillo. Con tendencia a la depresión, alcohólico con tan sólo doce años y siempre metido en problemas, Maurice será el único motivo por el que Suzanne Valadon deje la pintura a un lado para apoyar la carrera profesional de su hijo, quien también demostró un gran talento para el arte.

Tras muchos amores, entre ellos varios artistas, el fracaso de su matrimonio con un agente de bolsa, y algún que otro corazón roto, como el caso del músico Eric Satie, en 1909, con cuarenta y cuatro años, se enamora de un amigo de su hijo, veinte años más joven que ella, André Utter, una relación que no sólo revitalizó su arte sino que además la acercó a una nueva generación de artistas entre los que se encontraban Picasso, Braque, Raoul Dufy y Gino Severini. A pesar de los problemas con su hijo, se sentía libre y feliz, su pintura adquirió una nueva perspectiva con lienzos más grandes y una paleta de colores más rica, y él se convirtió no sólo en su amante, compañero y representante, sino también en su fuente de inspiración.

Si su actitud ante la vida era ya de por sí extravagante —no se sabe por qué llevaba siempre consigo un manojo de zanahorias, tenía una cabra en su estudio para que se comiera sus dibujos malos y todos los viernes alimentaba a sus gatos con el mejor caviar—, cuando pintó la obra Adán y Eva el escándalo estaba servido: se autorretrató desnuda junto a su joven amante. Mientras que su cuerpo denotaba una cierta delicadeza alejada de cualquier connotación lasciva, el de su Adán era pura sexualidad, objeto de deseo de todas las miradas, tal y como habían hecho a lo largo de la historia los pintores con el cuerpo femenino. Nunca antes una mujer se atrevió a pintar los genitales de un hombre exponiéndolos con tal descaro, la moral de la sociedad no estaba preparada para ese gesto de modernidad, la presión fue tal que finalmente fue obligada a taparlos con hojas de parra.

Su primera exposición individual en 1915 fue un gran éxito comercial bajo la dirección de la conocida marchante Berthe Weill, convirtiéndose en una de las pocas mujeres que pudo vivir bien de su arte, incluso se compró un castillo.

Murió en 1938 del mismo modo que vivió, feliz y completa, libre, fiel a sus ideales y rodeada de sus amigos Derain, Picasso y Braque. Seguro que sus gatos a los que tanto amó también la acompañaron en el trance hacia ese viaje final.

A pesar de su éxito reconocido, al morir la prensa sólo la nombró como madre y esposa de artistas; igualmente la historia de la pintura dejó que el nombre de su hijo eclipsara el de ella olvidando, como en otros tantos casos, el nombre de Suzanne Valadon, considerada la primera mujer moderna que hizo con su vida lo que quiso.

«Mi trabajo ha terminado y la única satisfacción que obtengo de él es que nunca me he rendido». «Nunca he traicionado nada en lo que haya creído».

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