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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Sombras de la industria farmacéutica

El imperio tras la plaga narcótica de EEUU

Patrick Radden Keefe cuenta en un libro la historia secreta de los Sackler, la familia que puso en marcha la epidemia de opioides en Estados Unidos con el lanzamiento de OxyContin en 1996

El imperio tras la plaga narcótica de EEUU

Durante muchas décadas el nombre de la familia Sackler se asoció casi exclusivamente a la filantropía. Su apellido fue copando poco a poco los grandes centros culturales del mundo, regados con sus colecciones de arte asiático y unas donaciones tan generosas que han merecido comparaciones con los Medici, los grandes mecenas del arte renacentista italiano. Hay galerías Sackler en el Metropolitan o en el Louvre; museos de arte Sackler en el Smithsonian de Washington o en Beijing; bibliotecas Sackler en Oxford, o facultades de Medicina Sackler como la de Tel Aviv. Pero esa fachada altruista escondía también una realidad más siniestra, una fortuna construida sobre el tormento de millones de estadounidenses enganchados a los opioides.

Por más que trataran de ofuscarlo durante mucho tiempo, los Sackler son dueños exclusivos de Purdue Pharma, la farmacéutica que revolucionó el tratamiento del dolor crónico en EEUU con la introducción en 1996 de OxyContin, un analgésico dos veces más potente que la morfina que no tardó en convertirse en uno de los mayores pelotazos farmacéuticos de la historia, con unas ventas superiores a los 35.000 millones de dólares. Vendido inicialmente como solución casi infalible para el tratamiento del dolor, OxyContin se reveló muy pronto como un arma de doble filo por su enorme potencial adictivo, que ha acabado desatando centenares de demandas contra la farmacéutica de los Sackler.

Purdue no es la única responsable de la crisis, que ha matado a más de 450.000 estadounidenses desde 1999. Las autoridades regulatorias, los médicos, las distribuidoras farmacéuticas y otros fabricantes de opioides tienen su parte de culpa. Pero pocos dudan del protagonismo que la farmacéutica tuvo para propulsarla. La fiscal general de Nueva York ha dicho que el OxyContin fue «la raíz primaria de la epidemia de opioides», mientras que su colega de Massachusetts afirmaba que «una sola familia tomó las decisiones que han causado buena parte de la epidemia».

El clan nunca ha pedido perdón o mostrado el más mínimo remordimiento por las estratagemas que utilizó para inundar el mercado con sus bombas narcóticas. O por la codicia que sigue rigiendo sus acciones. «Es un medicamento muy bueno, efectivo y seguro», dijo hace dos años Kathe Sackler, una de las herederas de la dinastía, ante uno de los tribunales que han examinado los abusos de Purdue. La posición de su familia siempre ha sido que no son sus medicamentos los que matan, sino la conducta irresponsable de los pacientes que abusan de ellos, básicamente el mismo mantra que utiliza el lobi de las armas para frenar cualquier intento de regularlas.

Pero a estas alturas, al clan les quedan pocos secretos. Su historia ha sido laboriosamente destapada por la prensa y una creciente bibliografía a la que se añade el libro más exhaustivo sobre el devenir de la familia, los orígenes de su fortuna y sus incansables maniobras para escurrir la responsabilidad en la plaga de adicción que asuela al país. Solo el año pasado murieron 81.000 estadounidenses por sobredosis de narcóticos, la cifra más alta nunca registrada.

En El imperio del dolor: la historia secreta de la dinastía Sackler, el escritor y periodista Patrick Radden Keefe hace un retrato tan sobrio como demoledor de este clan de inmigrantes judíos que en solo tres generaciones se convirtió en una de las 20 familias más ricas de EEUU, con una fortuna estimada de 12.000 millones de dólares, antes de que su imperio empezara a tambalearse. «Hace cinco años la familia Sackler estaba considerada como una de las dinastías más estimadas y generosas de Nueva York», escribió el New York Post. «Ahora ni siquiera pueden conseguir que un museo acepte su dinero».

Todo empezó en Brooklyn poco antes de la I Guerra Mundial. Fue allí donde se instalaron Isaac y Sophie Sackler tras emigrar desde la Europa oriental. Abrieron una verdulería y, aunque en casa hablaban yiddish, empujaron para que sus tres hijos se integraran y progresaran con una buena educación. Arthur, Mortimer y Raymond estudiaron Medicina y, sobre todo el primogénito, no tardó en hacerse un nombre. Primero desde un hospital psiquiátrico, donde trató de encontrar una solución farmacológica para las enfermedades mentales. Y luego desde la naciente industria de la publicidad médica.

Campañas dirigidas a médicos

Su novedosa fórmula, que décadas después emplearía Purdue para vender el OxyContin, consistió en idear campañas directamente dirigidas a los médicos, en lugar de a los pacientes, con anuncios en las publicaciones del sector y prospectos enviados a las consultas. Arthur reclutó a galenos para que avalaran sus productos e instó a las farmacéuticas a citar estudios médicos generalmente pagados por ellas mismas para demostrar la eficacia de sus fármacos. Su trabajo revolucionó el sector. Sus campañas hicieron de Valium uno de los medicamentos más vendidos e hicieron rica a su familia.

En 1954 Arthur compró una pequeña farmacéutica para dejarla en manos de sus hermanos, a los que protegía como un padre. Se llamaba Purdue Frederick e inicialmente se dedicó a vender productos sin demasiado lustre, desde laxantes al antiséptico Betadine. Pero el clan tenía grandes planes para Purdue y, bajo la batuta de la tercera generación, comenzó a financiar en los 80 una corriente de médicos revisionistas que abogaban por trasformar el tratamiento del dolor, concebido hasta entonces como un síntoma en lugar de una aflicción que mereciera una atención clínica propia, según explica Radden Keefe. El periodista del New Yorker es también autor de la aclamada No digas nada, una historia sobre el conflicto de Irlanda del Norte.

Galenos como John Bonica o Russell Portenoy abanderaron el uso de opioides para calmar el dolor crónico, hasta entonces reservados para la medicina paliativa por sus elevados riesgos adictivos. Y Purdue lo aprovechó para adentrarse en el nuevo nicho con el MS Contin, que se convirtió un éxito inmediato, aunque nada comparable al que tendría su sucesor desde 1996. «El lanzamiento de las pastillas de OxyContin irá acompañado de una tormenta de recetas que hundirán a la competencia», dijo Richard Sackler, uno de los hijos de Raymond, durante la fiesta de lanzamiento. «La tormenta de prescripciones será tan profunda, densa y blanca que no volveréis a ver la bandera blanca».

La clave del éxito estuvo en su marketing, y en cómo Purdue logró que un medicamento llamado a quedar restringido a los pacientes de cáncer se autorizara también para los dolores de espalda, la fibromialgia, la artritis o las migrañas. Una hazaña que consiguió camelándose a Curtis Wright, el principal responsable por entonces de aprobar los fármacos contra el dolor en la agencia del medicamento de EEUU (FDA), según Radden Keefe. Purdue logró su aprobación sin llegar a hacer nunca un estudio sobre el potencial adictivo del fármaco, un regalo que le devolvió a Wright contratándolo meses después con una compensación inicial de 400.000 dólares.

Lo que vino después es conocido, desde las acciones de Purdue para untar a los médicos proclives a recetar opioides, a sus maniobras para confundir a aquellos que no se fiaban. Desde sus campañas para minimizar los riesgos de adicción, a su tendencia a ignorar las alertas que llegaban sobre los abusos de su medicamento. Los Sackler ni siquiera cambiaron su conducta cuando un juez obligó a Purdue a pagar 600 millones de dólares en 2017 por publicidad engañosa, un juicio que se cerró sin responsabilidades penales.

«En teoría, esa condena debía representar un paso decisivo para reformar Purdue. Pero dentro de la compañía se vio como poco más que una multa de tráfico», escribe Radden Keefe, que entrevistó a 200 fuentes vinculadas a la farmacéutica y accedió a millones de documentos judiciales. Poco después del acuerdo, «los Sackler votaron para expandir su fuerza de visitadores médicos». Lo que sí hizo aquel juicio fue aumentar la concienciación del país sobre los estragos de los opioides, que empezaron a restringirse, lo que obligó a muchos adictos al Oxy a pasarse a la heroína y el fentanilo.

En el seno de la familia, las luchas de poder se acrecentaron, particularmente entre los hijos de Mortimer y Raymond, que tomaron las riendas de la compañía después de que Arthur Sackler se deshiciera de su porcentaje años antes del lanzamiento de OxyContin. Los dos bandos se culpan de haber arruinado el nombre de la dinastía, tanto que una de las herederas díscolas del clan se refiere a ellos como los «OxySacklers», según cuenta el libro.

El capítulo final de la dinastía está aún por contar. A medida que las demandas contra Purdue se iban acumulando en los últimos años, los Sackler se dedicaron a sacar más y más dinero de la compañía para ponerlo a buen recaudo «en paraísos fiscales y otras jurisdicciones con un potente secreto bancario». O lo que es lo mismo, se dedicaron a desplumarla antes de que los tribunales lo hicieran y, en 2019, la farmacéutica se declaró en quiebra.

Y así hasta el año pasado, cuando el Departamento de Justicia anunció un «acuerdo global» con Purdue para cerrar las más de 3.000 demandas que enfrenta de municipios, estados, condados, tribus o asociaciones de víctimas. Como parte del pacto extrajudicial, los Sackler se desprenderían de la compañía, que quedaría en manos de una entidad fiduciaria, y pagarían unos 4.000 millones de su propio bolsillo. O así se ha vendido porque buena parte de ese dinero saldría de la venta de Mundipharma, su red de subsidiarias fuera de EEUU. El acuerdo ha sido rechazado por más de una veintena de estados, reacios a conceder a los Sackler la inmunidad legal que contempla su letra pequeña. Y mientras la batalla continúa en los tribunales, muchas de las instituciones que antes se arrodillaban ante su dinero, han dejado de aceptarlo. Desde la National Portrait Gallery londinense al Guggenheim neoyorkino. El apellido Sackler ya no es sinónimo de alta cultura, sino de dolor, codicia y muerte.

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