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Territorio vintage

El escándalo del siglo

El otoño de hace 85 años bullía con los rumores de la abdicación del rey Eduardo, que se empeñó en casarse con la americana y dos veces divorciada Wallis Simpson

(L) | LP/DLP

Aquel otoño de 1936, el Reino Unido se abrasaba en una caldera de rumores. Wallis Simpson —«esa horrible divorciada americana», decía el estribillo británico de la época— había pasado, en un solo verano, de ser la amante que trataba con erótico desdén al rey Eduardo a convertirse en la mujer con la que su graciosa majestad estaba empeñado en casarse. Y durante aquel agónico trimestre que duró el pulso entre el monarca y el Gobierno —la abdicación fue a principios de diciembre—, Simpson también se erigió en pionera de ese fenómeno tan tristemente contemporáneo como es la tormenta de mierda.

Entonces no había redes, pero el linchamiento público fue implacable. Está claro que la decisión descargaba en los hombros del rey. Aun así, Simpson se convirtió en el «símbolo del sexo y la maldad», en una «amenaza contra la Iglesia y la monarquía», recuerda la aristócrata Caroline Blackwood en Últimas noticias de la duquesa, una crónica disparatada —y recuperada ahora por la editorial Alba— sobre su fallido intento de entrevistar a Simpson en su siniestro final, cuando una abogada francesa que ejercía de portavoz y apoderada la había encerrado en su palacio y, se rumoreaba, había dado órdenes al mayordomo de disparar a quien intentara acercársele.

Pero volvamos al otoño de autos. «Los ojos de asombro y los cuchicheos morbosos eran la reacción habitual cuando se decía su nombre», añade Blackwood de aquellos infartados días de hace ahora 85 años. Eso en el mejor de los casos. Porque por aquel tiempo, la futura duquesa recibió «una avalancha» de cartas obscenas y amenazadoras. Sacos enteros llegados de todo el mundo con misivas que le decían que le pondrían bombas en casa, que les gustaría verla muerta. Incluso, dice Blackwood, en plena calle la llegaron a pinchar con alfileres.

Así que Simspson no tuvo más remedio que huir de Londres. De hecho, la noticia de la abdicación le pilló en casa de unos amigos en Cannes, donde se cuenta que corrió a un lavabo para echarse a llorar. Al fin y al cabo, ella —una dama sureña que sufrió malos tratos en su primer matrimonio y que había visto en palacio un paraíso dorado tras las calamidades económicas que sufrió al morir su padre— había querido ser reina, no la esposa de aquel esnob, pusilánime, llorón y filonazi que tras la abdicación recibiría el título de duque de Windsor.

Lo que vino a continuación anticipó el manual anticrisis de cuantos incendios ha sufrido Buckingham desde entonces. El escándalo del siglo —«la noticia más importante tras la Resurrección», proclamó el periodista H. L. Mencken— se encauzó, como siempre, con oficio y relato: se coronó al hermano menor de Eduardo, Jorge VI, y se publicitó que reinar, más que un privilegio trasnochado, era un «honor insufrible», como dijo la reina madre y ha amplificado la maquinaria de relaciones públicas de palacio.

En cuanto a los duques de Windsor, se convirtieron en una especie de parias de lujo y, una vez iniciada la Segunda Guerra Mundial, en un monumental estorbo para Churchill, que en cuanto pudo los envió lo más lejos posible. En 1940, camino de las Bahamas, donde fue designado gobernador, el duque aún hizo llegar un telegrama a un intermediario de Hitler —con el que había confraternizado en 1937 en una visita a la Alemania nazi—, «poniéndose a su servicio». «Él se veía coronado rey de Alemania, con Wallis como reina y Hitler de primer ministro», escribe la aristócrata, quien apunta que si la duquesa no simpatizaba ni con el führer ni «con aquellas vagas y descabelladas fantasías» no era tanto por reparos morales, sino porque en su encuentro la había tratado con absoluto desdén.

222 maletas

Tras la contienda —y después de haber redecorado de arriba abajo la casa del gobernador—, los duques dejaron el Caribe y se dedicaron a viajar «alegremente por una Europa destruida por la guerra con no menos de 222 maletas —inventaria Blackwood— y un enorme séquito que parecía un ejército personal, al que se sumaban las numerosas doncellas a cargo de sus perritos falderos».

El duque, comenta la aristócrata con suma malicia, ciñó su actividad profesional a regalar joyas a la duquesa y a elegir cada noche el camisón que debía llevar. En Nueva York, donde ejercían de realeza americana, se abonaron a la suite del Waldorf Astoria y los paparazzi se aburrieron de retratarlos saliendo de clubs nocturnos de madrugada, demacrados y dando tumbos. Cuando ella empezó a quemar la noche con su amante Jimmy Donaheu, heredero multimillonario y playboy con un sentido sádico de la diversión, su marido se deshacía en lágrimas. Dos eran sus máximas preocupaciones. La aprobación de Wallis y el dinero. «Siempre estuvieron dominados por un terror neurótico a la pobreza», afirma Blackwood.

Así, cuando el duque murió, Simpson, cuya cabeza ya empezaba a nublarse, puso sus cuentas en manos de la abogada Suzanne Blum. Nadie vio a la duquesa en sus últimos años. Y durante aquel siniestro encierro en el que no se sabía si estaba viva o muerta —y durante el cual la letrada no paraba de repetir lo elevado del gasto médico—, a menudo aparecían en subastas antiguos objetos de la casa. Ya ven cómo acabó la noticia más importante tras la Resurrección.

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