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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Historia

450 años de la victoria de la cristiandad en lepanto

En Roma se firmó la Santa Liga con la alianza de España, que correría con la mitad de los gastos y la comandaría, Venecia, que había pedido Chipre, con un tercio del gasto, y el Papado con el sexto restante

La Virgen del Rosario protege a las naves españolas en la batalla de Lepanto, en una pintura de Lucas Valdés.

«Perdió en Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que aunque parece fea él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable ocasión que vieron los siglos pasados, ni esperan por los venideros»

(Miguel de Cervantes en el Prólogo a las Novelas Ejemplares).

El 7 de octubre de 1571, hace 450 años, se enfrentaron en el golfo de Lepanto las flotas de la Santa Liga y la del Gran Turco, la de los osmanlíes que desde 1453, cuando conquistaron Constantinopla, no habían dejado de acosar a los reinos cristianos de Europa. Por tierra, siguiendo el Danubio, ya habían llegado a las puertas de Viena.

Aunque los osmanlíes u otomanos eran gentes de «tierra adentro», provenían del Asia central, pronto entendieron que debían controlar las costas de su recién adquirido territorio para lo que se lanzaron a conquistar Lepanto (1499), Rodas (1522), Préveza (1538), Chipre (1570) y otras varias plazas fuertes, además de crear Regencias en Trípoli, Argel y Túnez. Y desde el siglo XV, al menos, los berberiscos del norte de África habían atacado las costas españolas situación que se había exacerbado por las incursiones de los hermanos Barbarroja desde Argel. Y en 1569, con la rebelión de los moriscos en la Alpujarra, Felipe II recelaba de que Selim II, el sultán de la Sublime Puerta, pudiera enviar una flota para invadir España ayudada desde dentro por estos moriscos y con el apoyo de los piratas berberiscos. Los Austria y los otomanos se habían jurado odio eterno.

Así las cosas, el 25 de mayo de 1571 se firmó en Roma la Santa Liga en la que se aliaban España, que correría con la mitad de los gastos y la comandaría, Venecia, que acababa de perder Chipre, con un tercio del gasto y el Papado con el sexto restante. Su objetivo era frenar a los turcos en el Mediterráneo. También participaron con galeras y hombres Florencia, Saboya, Ferrara, Urbino, Padua, Mantua, Malta, Génova y Luca. Por su parte Selim II quería hacerse con una brillante victoria que enalteciera su reinado y se veía más que preparado para vencer a la coalición cristiana.

Lo primero para ambos contendientes era armar una flota, lo que no es tarea fácil ni barata. En los arsenales de Barcelona, de Venecia, de Nápoles, de Estambul, hay que recopilar madera, telas para el velamen, cordelería, palos y remos, brea, cañones, arcabuces, picas, pólvora, bizcocho, vituallas ...y tantas cosas más para poner en orden de combate unas doscientas galeras por cada parte. Y lo peor es la tripulación: capitán, patrón, cómitres, sotacómitres, marineros, nocheres, proeles, espaldares, buenas boyas y chusma. Lo más difícil era conseguir un número suficiente de estos últimos, remar en una galera nunca ha sido plato de gusto (recordemos a Góngora: Amarrado al duro banco/ de una galera turquesca/ ambas manos en los remos/ y ambos ojos en la tierra...). A esto hay que añadir la tropa que se embarcaría. En total, más de ochenta mil hombres (y alguna mujer de contrabando) por bando. Por otra parte, el combate entre galeras usaba pocos cañones, apenas dos o tres y acababa siempre en un cuerpo a cuerpo. A las galeras las acompañaban otras muchas naves de servicio.

La galera en la que navegaría y dirigiría la flota cristiana don Juan de Austria, la Capitana aunque la llamaban la Real, de sesenta metros de eslora y doscientas treinta toneladas, cuya réplica se puede ver en las atarazanas de Barcelona, con más de ochocientos tripulantes, omnibus computatis, estaba hecha con especial cuidado y mucho lujo, adornada con tallas que recordaban un universo mítico entre cristiano y monárquico, y especialmente reforzada para aguantar las embestidas enemigas.

Dos detalles para apuntalar lo anotado: los tres fanales que portaba la Real tenían por nombre Fe, Esperanza y Caridad, y, el duque de Alcalá había comprado en Nápoles muchas piezas de seda para vestir con ella a los galeotes de esta nave. La equivalente turca, la Sultana que embarcaba a Alí Pacha, almirante de la flota otomana, era la mejor de las doscientas siete galeras de esa armada que contaba además con sesenta y seis galeazas de apoyo y algunas naves especializadas: palandarias para el transporte de caballos, mahonas para los suministros...

La escuadra turca elige el escenario del combate cerca de Actium (ahora Accio), donde Octavio venció a Marco Antonio. Concretamente en la entrada del golfo de Lepanto, hoy de Patras, una larga lengua de mar que llega desde el Jónico hasta el canal de Corinto. Su idea es envolver al enemigo y obligarle a adentrarse en el golfo donde esperaban bloquearlo.

El viento, fundamental para la movilidad de los barcos, les favorecía en aquella madrugada del 7 de octubre, pero pronto cambió de lo que se benefició la armada cristiana que ahora remaban a favor. Las dos naves capitanas se enfrentan y abordan, Alí Pacha muere de un arcabuzazo en la cabeza... En fin, la batalla se ha contado mil veces con todo detalle y el desenlace lo conocemos: victoria sin paliativos para las tropas de don Juan de Austria. Selim II era un fracasado. Mueren más de treinta mil turcos, perdieron más de ciento treinta galeras, se liberaron doce mil esclavos cristianos que iban de chusma en esas naves y se apresaron otros cinco mil soldados turcos que los sustituirían en los remos (don Juan de Austria, de su parte del botín, vendería trescientos sesenta de ellos al virrey de Sicilia a cien ducados por barba).

La victoria más grande que vieron los siglos frenó por poco tiempo las incursiones de los otomanos. En tres o cuatro años recuperan fuerzas y las cosas siguieron más o menos igual durante uno o dos siglos. España firmó en 1786 la paz con la Regencia de Argel que hasta ese año siguió acosando las embarcaciones y poblaciones de costa españolas.

Venecia a los cinco años volvió a negociar con la Sublime Puerta. Don Juan de Austria, que no pudo aceptar por la oposición de su hermano las coronas de Albania y Macedonia que le fueron ofrecidas, no tuvo una vida larga y no repitió otro éxito en los pocos años que le quedaban, muriendo en 1578 a los treinta y tres años. Selim II pasó a la historia como «El Borracho» y no es de los sultanes que dejó buen recuerdo, falleciendo en 1574. Felipe II tampoco repitió (nos acordamos de la «Armada Invencible» en 1588). Pero podemos fantasear con qué hubiera pasado si la victoria hubiese caído del lado musulmán: un Mediterráneo otomano, una invasión del sur de España por los berberiscos, es decir, un vuelco en la Historia que aquel día se evitó gracias al empuje de los ochenta mil hombres (sí, sabemos que iba alguna mujer entre ellos) que salvaron provisionalmente la cristiandad.

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