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televisión

Vamos a reírnos de los ricos

Dar leña y ajustar cuentas con el vecindario del 1% se ha convertido en uno de los principales entretenimientos de la ficción televisiva

‘Succession’ (HBO)

Puede que haya sido cosa de la era Trump. O del fardo de antipatías que de un tiempo a esta parte arrastra la oligarquía milmillonaria que compite entre quién precariza más y vuela más lejos en la galaxia. Rebobinando algo más, incluso podría decirse que quizá —y este quizá tiene muchos números— todo empezara con el crack de 2008, cuando quedó bastante claro que a los mandos de la crisis mundial había un buen puñado de magnates que seguían de juerga a costa de un sufrimiento que siempre quedaba más allá de sus barrios. Sea como sea, el resultado está ahí, al menos en cuanto a series de televisión. Dar leña y ajustar cuentas con el vecindario del 1% —así como alumbrar los entramados de poder que lo sustentan— se ha convertido en uno de los principales entretenimientos de la ficción televisiva.

Ahí está, si no, el reciente estreno de la tercera temporada de Succession, la serie de pulmón shakesperiano que disecciona la pulsión de poder en lo alto de la cadena trófica económica y social.

A diferencia de Dallas, Falcon Crest o Dinastía —culebrones que brindaban una mirilla fascinada y aspiracional a la riqueza y en los que la justicia social pasaba porque los ricos de buen corazón se quedaran con el botín—, la producción estrella de la temporada retrata a «unos personajes sin corazón que componen una especie de jungla en la que todos son leones», apunta la escritora y periodista Laura Fernández.

«Para sucederme hay que ser un asesino y tú no lo eres», le dice el patriarca, Logan Roy, a su hijo antes de entregar su cabeza a la policía para zanjar un caso de abusos sexuales tapado durante años por la compañía.

En la satírica serie The White Lotus —la serie del último verano que sigue el paso de unos millonarios de vacaciones en un resort de lujo en Hawái—, la mirada sobre el privilegio se amplía, en cambio, la historia colonial y las relaciones de clase y género que lo sustentan.

En ella, el servicio emprende cada día un vodevil desquiciado y letal por atender «como bebés malcriados» a sus egolátricos huéspedes. El auca ya es célebre. Bajo un sol de brillo grand classe, se revuelve un inversor recién casado que prefiere vengarse con sadismo del director del hotel porque sospecha que lo está tangando —y eso sí que no— que escuchar a su mujer, una bella periodista de clickbait que se siente de segunda clase en su matrimonio.

Junto a ellos, una mujer veterana alcoholizada y en derrumbe vital vampiriza atenciones y cuidados, y una familia adinerada y disfuncional intenta arreglar con una semana el estropicio de las otras 51 del año. «Obviamente, el imperialismo fue malo. Pero es la humanidad. Bienvenidos a la historia. Bienvenidos a América. ¿Quién cede sus privilegios?», dice Mark, el padre, cuando su terrorífica hija, una concienciada de pacotilla, cuestiona que un grupo de hawaianos amenice la cena con sus bailes tradicionales cuando precisamente sus antepasados fueron expulsados de las tierras donde hoy se ubica el resort.

Mirada grotesta

«Mostrar la vida de los millonarios norteamericanos es una constante en el fenómeno serial, pero producciones como Succession, The White Lotus, Exit o Nine Perfect Strangers lo hacen con una mirada ácida hacia la riqueza, a menudo mezclando drama y comedia, y con énfasis en su dimensión grotesca», apunta Jorge Carrión, profesor de la UPF y autor de Lo viral. Una descripción que comparte Laura Fernández, para quien este tipo de ficciones, más críticas y sarcásticas que cuando la televisión era más suave, retratan a los millonarios como «seres nihilistas para quienes nada tiene valor más allá del dinero y el poder, y a los que solo parece latirles el corazón cuando quieren algo que no tienen».

«Ahora se pone el foco en su falta de empatía y en las ridiculeces que les obsesionan, aspectos que antes quedaban fuera de cámara», añade la escritora, quien en el resort de The White Lotus también ve, por ejemplo, unas relaciones entre servidores y servidos que «son una bomba de relojería a punto de explotar» y de las que, claro, siempre salen victoriosos los millonarios.

Los costes del confort

Que los superricos se han convertido en un problema para afrontar urgencias como la desigualdad o la emergencia climática es hoy un estribillo cultural que las series amplifican. Por seguir con el ejemplo de The White Lotus, Mariona Visa, profesora de Comunicación y Periodismo Audiovisual, valora que la producción descorra el velo de «los costes que comporta el confort de los blancos de clase alta». «Es positivo —añade—que estas series dejen de mostrar el mundo del lujo únicamente como un espacio aspiracional e incorporen reflexiones sobre el clasismo y el racismo, aunque creo que aún no se entra a fondo: los ricos siguen siendo los protagonistas y observan a los demás únicamente como telón de fondo».

Marina Rodríguez, guionista de Chavalas, relaciona este giro de guion en las series sobre ricachones con el periodo Trump, cuando asistimos a un culebrón diario del rico sediento de poder. «El seguimiento masivo, la fascinación por lo oculto y la indignación apasionada» que suscitó el expresidente, afirma, hizo detectar el interés del público por estos asuntos. Eso sí, con algunos hechos diferenciales respecto a las producciones de antaño. El abordaje de las clases altas, dice Rodríguez, «ha mutado del folclore del dinero a la ambición del poder».

«La representación sorrentiniana del dinero ha dejado de interesar porque la exigencia del público en cuanto al entretenimiento versa ahora hacia el espíritu crítico, que, ojo, no debe ser demasiado sesudo y tiene que resultar lo bastante verosímil para que se pueda corroborar el cambio de percepción sobre quiénes son los responsables del declive que vivimos». Así, apunta la guionista, «ya no nos creemos responsables de la precariedad laboral o del cambio climático, sabemos que el mal es sistémico y necesitamos que su representación funcione como un consuelo purgador».

Además, añade, este tipo de series, aun con su relato de resistencia, también funcionan porque representan muy bien «el activismo de clickbait», como cuando Instagram se llenó de cuadritos negros con el #blacklivesmatter. «De alguna manera —prosigue—, al seguirlas y compartir información generamos una imagen determinada para atribuirnos el valor simbólico del espíritu crítico».

Por cierto: ajenos a la chanza del streaming, en la cúspide económica siguen a lo suyo, con festín de ventas de yates e islas privadas, y planes para colonizar el espacio cuando la Tierra sea un lugar invivible, en gran parte también por la huella devastadora de sus negocios.

Cuando los ricos eran villanos y el servicio, leal

En la serie ‘Dinastía’, Blake Carrington y su segunda esposa —la rubia y modosa Linda Evans— merecían todas sus mansiones, helicópteros y petrodólares porque, básicamente, eran buenas personas y sufrían con estoicismo las andanadas de la primera mujer, la pérfida y fascinante Alexis. En ‘Arriba y abajo’ y ‘Vacaciones en el mar’,el servicio, con abnegación y afabilidad, siempre intentaba hacer más fácil y agradable la vida de sus patrones. Y ‘Los ricos también lloran’, el clásico mexicano que con el título ya lo dice todo.

Exit’ (Filmin)

‘Exit’ (Filmin)

Sociopatía nórdica basada en hechos reales.

Al principio de los títulos de crédito, su director, Øystein Karlsen, deja claro que las andanzas sociópatas de sus protagonistas están basadas en los testimonios de varios ricos y jóvenes inversores noruegos y de personas de sus entornos. Miedo y asco en Oslo.

‘The White Lotus’ (HBO).

‘The White Lotus’ (HBO)

Epifanías y muertes en un resort de lujo.

Nicole Mossbacher, ejecutiva de una tecnológica ascendida tras el #MeToo, representa el empoderamiento corporativo escuela Hillary Clinton y conjunta piezas que parecen recién salidas de Goop, la siempre asombrosa web de Gwyneth Paltrow.

‘Succession’ (HBO)

‘Succession’ (hbo).

En la cumbre de la cadena trófica.

Ya se ha estrenado la tercera temporada, que está llamada a dilucidar quién gana el pulso a muerte entre el patriarca Logan Roy, y su hijo Kendall, que estaba llamado a heredar el imperio de la comunicación familiar.

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