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Territorio vintage

Brassens el antisistema

El cantante francés regresa en el recuerdo y en las nuevas ediciones de sus poemas y artículos coincidiendo con el centenario de su nacimiento y el 40º aniversario de su muerte

(L) | EFE / MAURICE JARNOUX

Extraño destino el de Georges Brassens. Armado de su pipa, su bigote y su amor a los gatos, irrumpió como un torrente de honestidad y sencillez en el ya potente panorama de la canción francesa de los años 50. Grandullón y extremadamente tímido, se movía muy patosamente en el escenario, pero sus canciones reivindicativas y mordaces con destelleantes relámpagos de poesía popular decían todo lo contrario: reivindicaban una forma más libre y natural de estar en el mundo, un vive como puedas ácrata y antisistema que se avino a la perfección con las corrientes menos autoritarias del Mayo del 68. Para entendernos, más cercanas a Camus que a Sartre.

No es de extrañar que al cantante, poeta y filósofo de la cotidianidad y el sentido común se topara a menudo con la censura gracias a su empeño por meterse con las fuerzas del orden, los curas y los militares. Amén de las banderas, como testifica su popular La mala reputación. «Amo a Francia, pero no soy un patriota», solía especificar frente al chauvinismo oficial.

La prohibición cayó, por ejemplo, sobre su canción Le gorille, que, con no poca guasa, sigue a un gorila en celo que se escapa de la jaula y acaba violando a un joven juez… ¡Horror! Pero ahí viene el colofón: en el momento culminante, el magistrado grita «¡Ay, mamá!», exactamente la misma exclamación que el hombre al que ese mismo mandó a la guillotina. En fin, una brasseanesca manera de darle la vuelta a lo que parecía una burda broma de rancio humor cabaretero y, de paso, hacer un incómodo alegato, el primero, contra la pena de muerte, no abolida en Francia hasta 1981.

Brassens fue amante de los pequeños placeres, los amigos de infancia, el vino, los barcos y las mujeres casadas. Lo contó en La tormenta, que en español versionó Javier Krahe, pero también se puede entrever en Jeanne, retrato de su maternal y madura maitresse que lo escondió de los nazis en la modesta casa familiar, apenas una chabola sin luz ni agua corriente, donde el matrimonio y el pipiolo sediento de amor formaron un singular menage à trois bajo el mismo techo. La situación se eternizó a lo largo de más de 20 años y a ella le dedicó ese otro inolvidable tema.

En Francia, Brassens ha superado bien la prueba del tiempo. El tsunami del rock y de todo lo que llegó después no ha logrado borrar su huella y el amor de entrañable colega que todavía despierta, a tenor de las versiones que hoy circulan convenientemente transformadas en jazz o incluso en rap, un estilo que se aviene muy bien con el carácter combativo de sus letras.

Así que cuando se cumplen este mes los 100 años de su nacimiento y 40 de su muerte, Brassens ha vuelto a resurgir en su país natal a golpe de homenajes y exposiciones celebrados tanto en París, como en Sète, pueblo natal del Languedoc con el célebre cementerio marino que compartió con su paisano Paul Valéry. «Aunque a Paul Valéry no puedo admirar más, / yo, humilde trovador, lo quiero superar, / que me lo perdone el maestro», cantó en su famoso Ruego para que me entierren en la playa de Sète, donde exigía además un veraneo eterno.

Menos suerte ha tenido en España, porque aunque Paco Ibáñez y el mencionado Krahe hicieron de él una piedra de toque de la canción de autor de los 60, esos tiempos quedaron atrás y ha tenido que ser la literatura la que rescate al poeta y al escritor a través de dos libros en este 2021.

El primero, Brassens, poemas y canciones (Nórdica), una bonita edición ilustrada por Emilio Urberuaga, recoge las letras de las canciones por las que en 1967 recibió el Gran Premio de Poesía de la Academia Francesa, anticipándose casi medio siglo al Nobel de Bob Dylan. Las traductoras María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego han preferido tratar los textos como lo que son, verdaderos poemas, no en función de su ritmo musical, tal como nos han llegado hasta ahora. Así, La mala reputación se convierte en La mala fama y Les copains d’abord (un juego de palabras de difícil traducción en el que el nombre de la barca de la infancia puede significar los amigos de abordo pero también los amigos primero) ha acabado siendo aquí un La mar de amigos.

El ácrata sin artificios

La otra novedad es Escritos libertarios (Pepitas), testimonio de Brassens antes de Brassens, de cuando, en 1946, el futuro cantante —entonces solo escribía para otros— frecuentaba ambientes anarquistas. A los 25 años escribió bajo seudónimo o sin firmar un buen puñado de artículos en el boletín de la CNT francesa, Le libertaire, donde también ejercía de corrector.

Estos textos pueden leerse como el banco de pruebas de unas canciones que no conocen el artificio y que hoy, como demuestra la actual glorificación del cantante en Francia, siguen estando en sus reivindicaciones tan en sintonía con los tiempos como lo fueron en el momento de ser creadas.

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