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«Nosotros los dialécticos»

Cirilo Benítez Ayala, el ingeniero canario que conectó en los 40 al PCE con la cultura [] Se va a París en la posguerra y pide ingresar en el Partido

‘Planas de poesía’ y portada de manolo millares

6 de abril de 1950, Jueves Santo. Tren expreso 1.517, Madrid-Gijón. Son casi las nueve y media de la mañana, y la máquina acaba de pasar Pola de Lena, a la altura de Villallana, Asturias. Llega el desastre, un descarrilamiento debido a la deficiente reparación de la vía. Entre los muertos, el ingeniero de Caminos y matemático canario Cirilo Benítez Ayala (Las Palmas de Gran Canaria, 1917). Su fallecimiento cerraba un ciclo del Partido Comunista de España (PCE) en la clandestinidad. El hijo de Simón Benitez Padilla, director del Museo Canario y amigo del socialista y científico Juan Negrín, era el eslabón que unía al Comité Central con estudiantes e intelectuales del interior, un trabajo cuyo objetivo era abandonar la la guerrilla e infiltrarse cada vez más entre la sociedad civil y en los ámbitos culturales. El sustituto de Cirilo Benitez Ayala será Jorge Semprún Maura, el camarada Federico Sánchez, tras reconocer la eficaz labor de su predecesor en el puesto.

Setenta y un años después de la tragedia, sus sobrinos Amalia y Miguel Bosch Benítez no tienen más remedio que asomarse a las dobleces del destino. Si su tío no hubiese muerto bajo los restos del vagón, con toda probabilidad habría sido detenido por el temible policía Roberto Conesa, que lo esperaba en el andén para someterlo a interrogatorio. «Era lo que le esperaba y ya sabemos cuál es el final», destaca Amalia. El descarrilamiento, para mayor suerte de los sabuesos de Franco, dejó a la vista el cometido de Cirilo: una maleta llena de propaganda comunista. Según pudo saber la familia tras el óbito, su actividad subversiva llevaba cierto tiempo bajo el foco de la dictadura: mantenía una relación con una joven, de la que se descubriría que actuaba de chivata pasando información a la Brigada Político-Social.

La singularidad del predecesor de Semprún contiene vectores difíciles de encontrar en las familias y descendencias del PCE. En 1935 está en la famosa Residencia de Estudiantes de Madrid, donde vive mientras prepara el examen de acceso a Caminos; a partir de 1936 entra combate con los Flechas Negras, voluntarios italianos, en el Frente Nacional; en 1941 vuelve a Madrid; en 1946 ingresa en el PCE, y en 1947 obtiene la plaza en León de ingeniero de Renfe. Cirilo Benítez, por tanto, tiene dos vertientes en su trayectoria que le ayudan durante una década a pasar desapercibido como opositor de la dictadura y clandestino del PCE: su doble condición de excombatiente con los golpistas y de alto funcionario de una empresa estatal.

«Por otras personas he llegado a saber que mi tío había creado una estructura independiente sin estar afiliado todavía al Partido. Pero corresponde a los investigadores confirmar el extremo», afirma su sobrino Miguel Bosch. En su libro Miseria y Grandeza del Partido Comunista de España, Gregorio Morán ya subraya la valentía de Cirilo Benítez de marchar a París en los años 40 para afiliarse al Partido con la que estaba cayendo en España. Un interés que llamó la atención, claro está, a Dolores Ibárruri y Santiago Carrillo, cuyos lugartenientes, se presume, sometieron al aspirante a todo tipo de filtros para conocer la esencia de su curiosa pretensión. ¿Cuál sería su papel? «Servirá de vínculo entre los residuos de la fenecida Unión de Intelectuales Libres de Madrid y Valencia, que editaban muy circunstancialmente algún panfleto emulador de aquellos Demócrito y Cuaderno de Estudio (Madrid) y Nuestro Tiempo (Valencia), y otras revistas legales de León y Canarias dedicadas ambas a la poesía, concretamente los Cuadernos de Poesía [se refiere a Planas de Poesía] de los hermanos Millares», agrega Morán

‘Planas de Poesía’ dedica un homenaje a Cirilo Benítez con un retrato (a la izquierda) en portada realizado por Manolo  Millares  (L) lp/dlp

‘Planas de Poesía’ dedica un homenaje a Cirilo Benítez con un retrato (a la izquierda) en portada realizado por Manolo Millares (L) lp/dlp javier durán

Felipe Nieto, autor de La aventura comunista de Jorge Semprún, XXVI Premio Comillas, subraya la peculiaridad de Cirilo Benítez: «Una trayectoria política propia que le lleva a la asunción decidida del marxismo como filosofía y método de práxis como militante comunista. Por todo ello puede ser considerado desde sus tiempos estudiantiles en Madrid como el verdadero pionero, iniciador ex novo del activismo comunista entre los intelectuales».

El economista Óscar Bermejo, hijo del exalcalde de Las Palmas de Gran Canaria e Ingeniero Agrónomo Manuel Bermejo, recuerda que su padre le contaba que Cirilo, con el que coincidió en Madrid, se pasaba las horas en la sede del Ateneo (su biblioteca no había sido purgada del todo) ensimismado con la lectura de las obras marxistas.

«Nosotros los dialécticos». Fue una de las expresiones más afortunadas del ingeniero grancanario. Una frase, por otra parte, con la que explicitaba el grado de formación del grupo, equidistante a la tradición del maquis comunista de posguerra. El hombre del PCE en España había sido alumno en Gran Canaria del escritor Agustín Espinosa, que le enseñó a amar las letras. Junto a sus hermanos Amalia, Matilde Julia y Cristóbal recibe la influencia cultural y liberal de su padre, Simón Benítez Padilla.

La etapa de activismo en León —donde estuvo destinado— tuvo como punto neurálgico un vagón anclado en una vía muerta de la estación, donde se reunía la célula integrada por Eloy Terrón (ayudante después de la cátedra de Aranguren), José Félix Vega Merino, el poeta Antonio Gamoneda, Jorge Pedreiro y José Luis Leicea. De León son también los relevantes contactos del dirigente isleño con Victoriano Cremer, el sacerdote Antonio González de la Lama y Eugenio de Nora, un grupo de resistencia a la dictadura franquista que editaba la revista Espadaña. El novelista Juan Benet, compañero de Caminos, escribe en Otoño en Madrid hacía 1950 que fue Cirilo el que lo llevó a él y a Luis Martín Santos a la tertulia en casa de Pío Baroja, y destaca sobre su colega canario: Fue «uno de los hombres que más nos obligó a pensar y reconsiderar nuestra situación». Juan Manuel Bardem, el director de cine, también cayó convencido ante los argumentos de Cirilo e ingresó en el PCE.

La conexión con su isla natal residía en la redacción de Planas de Poesía (1949-1951), una publicación cultural a cargo de los hermanos Millares (José María, Agustin y Manolo). La revista dedica un especial a Cirilo Benítez (Elegía en bloque, número 58) con motivo de su fallecimiento con un retrato en portada [reproducido en la página anterior] de Manolo Millares y en la que se recoge el texto La poesía y su destino, escrito por el propio Cirilo. La publicación, siempre vigilada por el Régimen, sufre en 1951 el cierre gubernativo por subversiva, una clausura inmediatamente posterior a la muerte de Cirilo y que podría estar vinculada a las indagaciones policiales en el archivo personal del ingeniero.

La academia en Madrid de matemáticas del profesor depurado Jose Gallego Díaz, padre de la periodista Soledad Gallego-Díaz, exdirectora de El País, fue otro de los lugares base del dirigente del PCE, donde era muy cotizada su capacidad para la resolución de teoremas, así como sus conocimientos para ayudar a los aspirantes a Caminos. Poco antes de morir obtenía una beca para ampliar estudios en el Imperial College of Sciencia and Technology de Londres, gracias a la memoria presentada en la dirección general de Relaciones Exteriores basada en un nuevo método de cálculo de estructuras.

La pregunta irresoluble queda en el aire: ¿cuál hubiese sido su futuro? No olvidemos que Roberto Conesa, el torturador, seguía sus pasos. Cirilo Benítez, «con su porte audaz, fascinó a los jóvenes estudiantes que se acercaron al partido», afirma Gregorio Morán. Amalia Benítez, a la que entrevisté en 2014 para el libro De la isla a la colina. Canarios en la Residencia de Estudiantes (Mercurio Editorial 2014), señalaba sobre su hermano: «Yo díría que desentonaba, que era diferente dentro del ambiente general de miedo, donde el empeño estaba en no parecer distinto». El día del descarrilamiento su amigo Juan Antonio Bardem, autor de películas como Muerte de un ciclista o Calle Mayor, trataba de poner en marcha la potente motocicleta que le había prestado, y con la que el ingeniero devoraba las carreteras del franquismo para ensamblar en provincias las piezas para la reconstrucción de una oposición a la dictadura. El tren expreso 1.517, paradojas de la vida, acababa precisamente con el pulso de un ingeniero de Renfe, un cerebro privilegiado que se comía el mundo a la manera de los grandes idealistas.

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