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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Crisis generacional

Los 30: la vida adulta no era eso

Las expectativas proyectadas en los jóvenes no coinciden con la realidad - La precariedad laboral y la falta de oportunidades lastran su independencia y los abocan a un vértigo del que cuesta salir

'La peor persona del mundo', película de Joachim Trier.

Al cumplir los 30 se supera una barrera imaginaria que implica asentar la cabeza. Si la primera parte de la década de los 20 está para experimentar y equivocarse, los cánones sociales marcan que la treintena es sinónimo de trabajo estable, casa y pareja formal. Hay treintañeros que poseen el pack completo y otros tantos que ni lo tienen ni lo esperan. Igual ni siquiera las metas vitales están claras o, asfixiados por la precariedad, no aspiran a alcanzarlas. Una incertidumbre que deriva en un choque entre las expectativas sociales y su realidad. Y eso da paso a la llamada crisis de los 30.

La ilustradora Ana Oncina relata todo esto en la novela gráfica Los fucking 30 (Zenith), donde vemos cómo se imaginaba la protagonista a los 30 y cómo llegó realmente (bastante peor). «Para mí, esta crisis es haber llegado a un momento en la vida en la que deberías haber cumplido un montón de convencionalismos, pero no has conseguido ninguno», asegura. Habla de poseer un piso en propiedad, previsión de tener familia o un trabajo estable.

Llega el vértigo

Este paso de década muchos lo definen como «vértigo» a hacerse mayor. Utilizó el término Rigoberta Baldini para titular su libro (publicado por Random House), que escribió en plena crisis de los 30. Ahora que ha pasado «ese portal», considera que está mucho mejor porque han desaparecido muchas inseguridades y reconoce, según dijo en una entrevista en la Cadena Ser, que no dejan de ser «problemas del primer mundo».

Pero lo cierto es que cada vez hay más jóvenes en terapia con esta sensación. La psicóloga Ana de la Mata, del Cepsim, Centro de Psicología en Madrid, explica que como en cualquier crisis, las personas sienten que todo es bastante frágil. Lo encuentran en todos los pacientes que rondan esa edad. El problema es que para algunos esta situación deriva en ansiedad e incluso depresión. El psicólogo Manuel Oliva afirma que el 70% de las demandas de ayuda psicológica vienen de los que rozan la treintena.

Oliva habla del problema de las expectativas con las que les han educado. «Los 30 de ahora no son como los de hace 30 años. Se ha pasado de una educación bastante rígida, autoritaria y exigente a una mucho más permisiva y laxa», asegura. Afirma, además, que los padres intentaron dar a sus hijos muchas de las cosas de las que ellos carecieron en su infancia y juventud. Y él mismo entona el mea culpa: «Ahí nos hemos equivocado. Hemos sobreprotegido». Considera que en muchos casos se ha partido de que podían acceder a todo y «no tanto en los valores del sacrificio, de lucha o de ganarse la vida por uno mismo». De ahí el vértigo y «miedo al compromiso».

Crisis tras crisis

Oliva indica que la precariedad y las últimas crisis hacen además que muchos se tomen la vida como si durara dos días: con fiesta y menos responsabilidades. Los treintañeros de ahora eran niños cuando el expresidente José María Aznar decía aquello de «España va bien». La afirmación marcaba el inicio de la burbuja inmobiliaria en 1997 que duró hasta 2008. Ese año, en el que comenzaban a incorporarse al mercado laboral o empezaban en la universidad o en una FP, estalló una crisis económica que tuvo estragos hasta más allá de 2014. Después llegó la pandemia del covid y ahora la inflación.

Muchos fueron la primera generación de sus familias en estudiar en la universidad. Pero lo que les esperaba después no era lo que todo su alrededor se había imaginado. «Nuestros padres no sabían que viviríamos varias crisis y una pandemia. Nos dijeron ‘estudia y encontrarás un buen trabajo que te pondrá las cosas fáciles’. Lamentablemente no ha sido así. Por eso hay muchísima frustración en nuestra generación», señala Oncina.

Anne Helen Petterson lo describe en su libro No puedo más. Cómo se convirtieron los millennials en la generación quemada (Capitan Swing). Habla de cómo durante muchos años la precariedad ha sido una forma de vida para millones de personas del mundo. «La cuestión es que no fue el relato que nos vendieron a los millennials —sobre todo a los blancos y de clase media— con respecto a nosotros mismos», escribe. Asegura que los criaron bajo la idea de meritocracia y excepcionalismo: si se esforzaban mucho, fuera cual fuera su situación en la vida, encontrarían estabilidad. Un relato que poco tiene que ver con la realidad.

Ahora, pocos trabajos se perciben para toda la vida. De la Mata indica que los treintañeros han aportado otros valores a la sociedad, como el cuestionar que el trabajo sea una especie de «acaparador de todo nuestro tiempo y atención». También el querer conciliar, disfrutar y cuidar de la salud mental.

Retratos en la ficción

Lo refleja también la ficción. Ahora se plasman treintenas que nada tienen que ver con personajes como Bridget Jones. A los 32 años, ella vivía sola, tenía un contrato indefinido, amigos y dinero para hacer y deshacer lo que quisiera pero, aún así, se sentía desgraciada por su talla y su soltería.

Su vida la anhelarían muchos jóvenes hoy. Películas como La virgen de agosto, La peor persona del mundo o la serie Fleabag, mucho más actuales, muestran a mujeres que fluctúan en su vida laboral, sentimental o social. No tienen problemas realmente serios, ni una situación socioeconómica difícil, pero aún buscan su camino. Las vemos intimar con gente desconocida, colarse en fiestas, probar drogas por primera vez y romper relaciones. Parecen tener mucho más claro lo que no quieren que lo que sí.

El director de La peor persona del mundo, Joachim Trier, explicaba en una entrevista que al cumplir 30 «te das cuenta de que eres un adulto, pero al mismo tiempo sientes que realmente no has crecido». «Traté de hacer un rito de iniciación o una especie de película sobre el coming of age (alcanzar la mayoría de edad). Es un poco raro porque normalmente asociarías este género a un adolescente, pero por alguna razón siento que hoy en día es igual de relevante para alguien que tiene casi 30 o incluso 40. Parece haber una discrepancia entre la idea de lo que sentimos que debería ser nuestra vida y lo que se ha convertido», decía.

En ambas películas la maternidad está presente aunque no sea la protagonista. Distintos personajes hablan de congelar óvulos, eligen tener hijos o no tenerlos, deciden seguir adelante con un embarazo aunque no fuera buscado, o pasan por abortos. Es a esa edad en la que se enciende la cuenta atrás. Es ahora o nunca, dice la sociedad, pero el precio de la vivienda está disparado, continúa la precariedad laboral y el mundo parece más frágil que nunca.

Son todos factores que influyen en esta crisis. Como lo define la escritora Bárbara Arena, hay algo ahí de sentirse mero esbozo de una versión adulta. Y quizá nunca llegue a materializarse como el modelo de adulto que otras generaciones tienen.

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