Suscríbete

La Provincia - Diario de Las Palmas

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Historia

La toma de Rodas

Tras la victoria de Solimán el Magnífico, unos 200 caballeros de la Orden de San Juan del Hospital de Jerusalén abandonaron la isla, la mayor parte maltrechos y heridos - Otro medio millar perdió la vida en la contienda

LP/DLP

«De la sangrienta vatalla / qu’en rrodas a subçedido, / se salía el Gran Maestre / congoxado y aflixido, / llorando de los sus ojos / biendo su poder perdido / y biendo que los despojos / goça dellos su enemigo. / Todos los comendadores / lloran con grande alarido, / biendo la Cruz de San Juan / y su bien desposeydo». (Fragmento de un romance de la época, tomado de R. González Castrillo).

Ni Mohamet II, ni Selim I habían podido tomar Rodas. A este último le debía el Imperio Otomano la creación de una potente escuadra: «Si esta raza de escorpiones [se refiere a los cristianos] cubre los mares con sus bajeles; si la bandera de Venecia, del Papa, de los reyes de España y de Francia dominan en las aguas de Europa, la culpa es de mi indulgencia y de tu descuido [está hablando con el almirante Piri]. Quiero una numerosa y formidable escuadra», (tomado de César Cantú). Con esta escuadra, hace quinientos años, su hijo Solimán II decidió terminar este asunto: la conquista de la isla de Rodas poniéndole cerco a la amurallada capital homónima el día de San Juan Bautista, el 24 de junio de 1522, «anno a nato CXXII supra Sesquimillesimum», como escribían ellos.

Rodas es una isla situada en el Dodecaneso, entre la Anatolia y Creta, de unos mil cuatrocientos kilómetros cuadrados, conocida en la antigüedad por tener una de las Siete Maravillas del Mundo, el Coloso, una estatua gigantesca que tenía un pie sobre cada uno de los lados de la escollera que daba acceso a su puerto, de tal forma que los barcos pasaban entre ambas piernas. Las naves de la época difícilmente sobrepasarían los seis o siete metros de manga. Los Caballeros de la Orden de San Juan del Hospital de Jerusalén la habían conquistado en 1309 y en ella habían establecido su cuartel general tras unos años en Candía (Creta) después de haber sido expulsados de San Juan de Acre. Poco más tarde, en 1312, mediante la bula Ad Providendum Christi heredaron los bienes de los templarios que habían sido disueltos y fueron considerados la orden de caballería más poderosa de la cristiandad.

La capital estaba bien defendida y los caballeros hospitalarios eran un cuerpo muy preparado militarmente. Los otomanos ya habían fracasado en sus intentos de conquista. Ahora el asunto iba en serio: Solimán tenía preparada una flota de cuatrocientas naves y un ejército de doscientos mil hombres.

Solimán II fue nombrado como el «Perfeccionador del Número Perfecto» porque toda su existencia se encontraba bajo la influencia del número de la buena suerte: el 10, el número de los Mandamientos, el de los discípulos de Mahoma, de las partes y variantes del Corán, de los dedos de las manos y de los pies, y el de las esferas celestes en la astronomía islámica. Fue el décimo de su dinastía, había nacido a principios del siglo X, el año 901 de la Hégira (tomado de J. Goodwin). Un sultán así de perfecto no podía fracasar en ninguna de las guerras en las que intervenía (a pesar de esto no fue capaz de tomar Viena hacia 1530, ni pudo conquistar Malta en 1556. Nadie es perfecto, como nos recordó Con faldas y a lo loco.

Por su parte los caballeros hospitalarios eran una orden peculiar desde su creación en los tiempos de la primera cruzada en Jerusalén, donde tenían por misión defender la fe cristiana y curar a los heridos y enfermos. Estaban compuestos por tres estamentos: caballeros, sacerdotes y sirvientes. De estos últimos los había de armas y de «oficios». Repartían su tiempo entre la guerra y la religión. Pere Tafur, un cordobés que en su viaje a Oriente Próximo visitó la isla de Rodas en 1436, relató: «Es uno de los más increíbles lugares de piedad que haya visto jamás, los caballeros acogen a cualquier enfermo, le curan y le absuelven de sus pecados», (tomado de Juan A. Magaz Van Ness). Cumplían unas normas estrictas entre las que estaban el rezo de 150 padrenuestros diarios, ayuno, reverencia ante el Gran Maestre y comunión tres veces al año; participar en las procesiones (Candelaria, Ascensión de María, Resurrección, Corpus Christi, San Juan Bautista, los domingos en el hospital, los viernes por la paz y tras los terremotos, que eran frecuentes ya que la zona es dada a los movimientos telúricos). Al mando figuraba un Gran Maestre que tenía el rango de cardenal (en aquel momento lo era el francés Villiers de L’Isle-Adam). Cuando era necesario buscaban o contrataban soldados y naves que les ayudaran en sus incursiones contra el islam. Eran un verdadero «dolor de cabeza» para los otomanos, baste decir que llegaron a conquistar Esmirna y la retuvieron casi cien años.

Ahora, junio de 1522, las cosas pintaban muy mal. Un enorme ejército otomano, que multiplicaba por quince o por veinte los efectivos totales de los cristianos, ponía cerco a la capital, decidido a acabar con ellos. Y efectivamente, tras pocos meses de luchas cruentas, muchos disparos de la artillería turca, minas bajo las murallas, alguna traición y ninguna ayuda del exterior (Carlos V estaba metido en guerra con el rey francés y no pudo enviar refuerzo como sí había hecho en 1480 Fernando El Católico en una anterior acometida), llegaron a una rendición pactada, que ninguno cumplió. El mundo es así, y los caballeros hospitalarios, después de haber sufrido enormes pérdidas humanas y dinerarias, se vieron arrojados de Rodas que ya pertenecía al islam. La victoria de los turcos se vivió con miedo y frustración en casi toda la cristiandad. Jacopo Fontano escribió De bello rhodio, que se tradujo al español bajo el título de La muy lamentable conquista y cruenta batalla de Rhodas (Sevilla, 1526), y que nos da indicios de cómo se tomó en Europa esta derrota cristiana.

Se cree que abandonaron la isla unos doscientos caballeros, la mayor parte maltrechos y heridos, mientras que en la contienda habían muerto otros quinientos. Poco tiempo después, en 1530, Carlos V, que como dije no les había mandado refuerzos, les concedió la isla de Malta, que a partir de entonces les dará nombre. Resisten el intento de Solimán, que evidentemente les tenía ojeriza, de hacerse con esta otra isla en 1556, pero en 1798, Napoleón, camino de Egipto toma Malta y los expulsa, refugiándose en Roma donde actualmente persisten.

Como curiosidad se puede añadir que tuvieron fama —ya en Rodas, pero acrecentada en Malta— de ser grandes criadores de halcones, que mandaban como obsequio a todos los reyes de Europa. Recuérdese que el tema de la película El halcón maltés era hacerse con un halcón de oro y piedras preciosas que en la ficción había sido el regalo a Carlos V de los caballeros hospitalarios por la cesión de Malta, un obsequio que nunca se produjo en la realidad, ya que regalaban solamente halcones vivos para cetrería.

Quinientos años después, Rodas es una isla griega, visitada por todos los cruceros que se acercan por el Egeo, en la que se puede ver la ciudad amurallada y en el puerto el lugar donde, dicen, tenía los pies el Coloso. También se ofrece una gira por la isla como excursión optativa, pero no encontramos ninguna huella de aquellas batallas cruentas que ensombrecieron a los otomanos, y asustaron al mundo cristiano. El tiempo lo cura todo.

Compartir el artículo

stats