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La Provincia - Diario de Las Palmas

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La (extraña) historia de la sexualidad humana

La historiadora británica Kate Lister explica en ‘Una curiosa historia del sexo’ por qué los humanos somos las únicas criaturas que «estigmatizan y se avergüenzan» de sus deseos sexuales

Pedalear brindó libertad a las mujeres y contribuyó a cambiar su vestuario a principios del siglo XX.

La historiadora e investigadora británica Kate Lister, en el libro Una curiosa historia del sexo (Capitán Swing), reivindica con humor y rigor la sexualidad como uno de los grandes niveladores universales («el deseo traspasa las barreras culturales, de género y de clase») y trata de explicar por qué a estas alturas «los humanos aún son las únicas criaturas que estigmatizan, castigan y se avergüenzan de sus deseos sexuales». La respuesta, claro, está en la historia. Bienvenidos pues a este azaroso viaje milenario.

El clítoris, territorio ignoto

A menudo, bromea la profesora de la Leeds Trinity University, se habla del orgasmo femenino como «un tesoro escondido al que solo se accede con la con la ayuda de mapas, instrucciones detalladas y un buen tupper de comida». Pero ¿saben? la anatomía del clítoris y sus terminaciones nerviosas (8.000, el doble que el sexo masculino) no fueron completamente descubiertas hasta ¡2009!, gracias a una ecografía en 3D que dio por finiquitado el empecinamiento de Freud y tantos otros por diferenciar el placer vaginal del clitoriano (este segundo, decía, era cosa de mujeres inmaduras e incompletas).

«Otra ciudad, otra chica, saludos desde las colonias», dice una postal alemana.

Desde hace poco más de 10 años, pues, se sabe que todos los orgasmos son clitorianos (cosa que las mujeres ya intuían), pero solo la antología del desconocimiento del órgano daría para un libro. Ahí va un intento de resumen. Ya en la antigüedad, la medicina inauguró su obsesión por los «órganos excesivamente grandes» (fuente, mantenían, de lesbianismo y desmesurado apetito) y llegaron a prescribir su extirpación. Después su historia fue azarosa: a partir del siglo XVI se tomó su tamaño como «marca de bruja» y, afortunadamente, en el XVII se identificó correctamente su ubicación, estructura y composición. Pero la trama aún tenía que dar algún vuelco más. Un siglo más tarde, se relacionó su tamaño con la moralidad de la propietaria y en el XIX un doctor llamado Isaac Baker Brown —coloquen este nombre en el altar de la abyección— prescribió la clitorectomía como cura para «la histeria, el dolor de espalda, la epilepsia, la infertilidad, la ceguera y la locura». ¿Y todo esto a cuenta de qué? «Atacar el clítoris es algo más que frenar el deseo femenino —afirma Lister—, también habla de la ansiedad a que el hombre sea sustituido».

EXOTIZACIÓN

Colonización sexual

La exotización y sexualización que aún hoy acusan las mujeres afrodescendientes echa raíces en la colonización: Enrique el Navegante llegó desde Portugal a las costas de África Occidental y comprobó que allí las señoras se movían sin vergüenzas, cuando en su país podían ser condenadas a muerte si sus maridos las acusaban de adulterio. En adelante, al sur del Estrecho, las mujeres «fueron erotizadas y consideradas sexualmente salvajes», lo que sirvió para allanar el argumento de que urgía «el control del hombre blanco». Más que eso: «el racismo pseudocientífico —añade la historiadora— tuvo un gran alcance y sirvió para justificar el embrutecimiento y la explotación sexual de hombres y mujeres hasta bien entrado el siglo XX». Los estereotipos sexuales de las mujeres de las colonias —cuyos pechos y nalgas representadas de forma exagerada pronto salpicaron todo tipo de postales como promesa de disponibilidad— se convirtieron en objetos de consumo para el público blanco y un anzuelo para atraer a los hombres europeos a los ejércitos coloniales.

DISIDENCIA

Opresión y mitos masculinos

Los padres de la Iglesia no llamaron «cloaca» ni «puerta de entrada al diablo» al órgano sexual masculino —como sí hizo Tertuliano con el femenino—, pero «la comprensión histórica de lo que le ocurre al cuerpo y al alma de un hombre también es oscura y profundamente desconcertante», afirma Lister. De entre el podio de insensateces, quizá el oro se lo lleve esa idea extendida durante milenios que ha relacionado el orgasmo masculino con la fuga de energía y que se remonta nada menos que al taoísmo y a la antigua China («el semen no debe salir del cuerpo, sino ser reabsorbido para nutrir el cerebro»). En Grecia, la doctrina de la contención fue abrazada por los padres de la filosofía y en la edad media teólogos como Alberto Magno dijeron que «el coito drena el cerebro» y que hicieran el favor de circunscribirlo a la reproducción, ya que «los demonios» o «las brujas», esa fijación de los inicios de la modernidad, robaban «las semillas» derivadas del onanismo.

Oscar Wilde posa con su amante lord Alfred Douglas, relación por la que el escritor fue encarcelado.

Ya en el siglo XIX, la masturbación se convirtió en obsesión médica y llegó a decirse que no solo era peligrosa, sino también mortal. Pero cabe decir que, según un estudio reciente de la Universidad de Harvard, la retención de semen está relacionada con un marcado aumento del cáncer de próstata. ¿Y de dónde venía entonces toda esta idea de la contención? La historiadora lo relaciona con el desajuste entre el orgasmo masculino, que «va seguido de una petit mort o periodo refractario», con el de la mujer, que en muchos de los casos puede continuar. Por cierto, que mucho antes de que la Viagra solventara el asunto, la obsesión por la impotencia o la disfunción eréctil (en la Inglaterra medieval era motivo de separación) llevó a que a principios de siglo XX se practicaran hasta trasplantes testiculares (con órganos de mono) que acabaron muy, muy mal.

‘Satisfyer’ victoriano

Seguramente lo habrá oído alguna vez: los médicos victorianos se inventaron el vibrador para masturbar hasta el orgasmo a un gran número de mujeres aquejadas de histeria porque no daban abasto haciéndolo de forma manual y creían que así trataban ese misterioso mal femenino que lo mismo podía provocar agresividad, que ninfomanía, desmayos o berrinches flatulentos. Sin embargo, esta idea —«siento ser tan aguafiestas», bromea la historiadora— no es más que una leyenda que no aparece ni en los manuales médicos ni tampoco en la pornografía de la época.

Lo que sí hubo a finales del siglo XIX fue unos masajeadores vibratorios que prometían aliviar todo tipo de trastornos físicos y mentales en hombres y mujeres pero que no fueron diseñados con fines sexuales. Y también una extraña práctica médica llamada «masaje pélvico» que estaba relacionada con esa idea loquísima heredada de la antigüedad según la cual el útero, que podía vagar por el cuerpo, era fuente de inestabilidad y enajenación mental.

Benditas (y liberadoras) bicicletas

Viniendo de tan atrás, no es de extrañar que la sufragista Susan B. Anthony concluyera que «la bicicleta ha hecho más por la emancipación de las mujeres que cualquier otra cosa en el mundo». Con ellas, no solo ganaron movilidad y libertad sino que también se fueron quitando de polisones, enaguas y corsés que dificultaban cualquier cosa más allá de respirar y bordar. Los doctores —que a aquellas alturas ya habían dejado claro que estaban dispuestos a inventarse cualquier chaladura en nombre del control— se enzarzaron en sesudos debates sobre los efectos del sillín en los órganos reproductivos y la sexualidad femenina. La bicicleta, mantuvieron algunos, podía provocar «inflamación ovárica, sangrado del riñón, desplazamiento del útero y abortos» y animar todo tipo de comportamientos como «fumar, beber, maldecir y por supuesto la promiscuidad». Sin embargo, no había marcha atrás. «Las mujeres salieron pedaleando del mundo doméstico y se adentraron en el público a la vez que arrancaban la narrativa de la sexualidad del control de los médicos». Así que la Primera Guerra Mundial siguió apretando el acelerador de los cambios en un sinuoso camino que las ciclistas ya habían empezado a allanar.

Lister tira de otros hilos históricos que aún detonan en el presente: el lenguaje que ha disciplinado la sexualidad de las mujeres con palabras como «puta»; la castigada homosexualidad («el amor que no se atreve a pronunciar su nombre», como dijo Oscar Wilde); la presión estética que abomina del vello y habla de las vaginas «como si fueran una especie de pantano que requiere un cuidadoso mantenimiento»; los métodos profilácticos y anticonceptivos; la persecución del aborto, y, cómo no, los mitos que han avergonzado la menstruación. ¿Y qué se recordará de nuestra ápoca? «Creo que el escrutinio sobre el consentimiento sexual», afirma la autora, que considera que las sentencias misóginas y los «discursos cansinos» sobre provocaciones y ropas están siendo contestados a escala mundial. «Así que debemos seguir hablando de consentimiento, de placer, de pornografía, de amor y de nuestro cuerpo —mantiene Lister—. Porque la única manera de disipar la vergüenza es sacando el sexo a la luz para echarle un buen vistazo».

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