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Medir el tiempo en la Antigüedad

La biblioteca del Monasterio de Santa Catalina, en la península del Sinaí, en Egipto, escondía un pergamino con el mapa más antiguo de todo el cielo, elaborado por el astrónomo Hipparchus, aproximadamente entre el año 162 y el 127 A.C.. Créditos: Berthold Werner / Wikimedia Commons.

Contabilizar y medir el tiempo surgió gracias la necesidad de predecir las estaciones del año para gestionar eficientemente los períodos de cría del ganado o la siembra de los cultivos. Si bien es cierto que la medición del tiempo tiene un origen primitivo, fueron las sociedades griega y romana las que gestionaron la división del tiempo de manera más eficiente.

Originariamente, las culturas predecesoras utilizaron el calendario lunar para medir el tiempo. De hecho, los pueblos itálicos primitivos contaron con diversos calendarios lunares, cada uno con un número de meses distinto. Ejemplo de ello son los habitantes de Alba Longa que tenían un calendario de 10 meses, cada uno de ellos de 18 a 36 días cada mes. Sin embargo, los de Lavinia tenían un año de 374 días que se distribuía en 13 meses.

El origen del calendario romano lo encontramos en la mitología, ya que se creía que fue Rómulo, el mítico fundador de Roma, quien creó la división temporal romana. Este calendario se utilizó durante los siglos VII y V a.C. Algunos se denominaron con nombres derivados de divinidades o cultos y otros fueron nombrados por su orden correspondiente. Se llamaron Martius, en honor a Marte; Aprilis, se cree que consagrado a Venus, Apru en etrusco; Maius, se cree que dedicado a la diosa Maya, madre de Mercurio o a los antepasados, los maiores; Iunius, consagrado a Juno; Quintilis, Sextilis, Septembris, Octobris, Novembris, Decembris, por el quinto, sexto, séptimo, octavo, noveno y décimo mes. Aproximadamente 61 días no se encuadraban dentro de ningún mes, era considerado una suerte de «tiempo muerto» que no contaba con labores agrícolas ni actividad militar. El calendario duraba en torno a 304 días.

Los historiadores romanos como Tito Livio atribuyeron la reforma del calendario al segundo rey de Roma, Numa Pompilio (716 a.C.-647 a.C.). Con esta reforma se modificó la duración de los meses, ahora de 29 y 31 días alternos (evitando los números pares que traían mala suerte). Añadieron además dos meses, Ianuarius y Februarius, pasando a tener 355 días al año.

No obstante, tras la reforma los problemas no se solucionaron ya que el calendario lunar estaba desfasado así que decidieron añadir cada cuatro años dos meses, uno de 22 y otro de 23 días, denominados mercedonios o intercalares.

Hasta el siglo II a.C. el año siguió comenzando en marzo. Desde el 153 a.C. se cambió el ciclo lunar al solar, empezando el año natural con el solsticio de invierno, al final de diciembre, por lo que el calendario pasó a comenzar en enero. Como consecuencia, septiembre dejó de ser el séptimo mes para convertirse en el noveno y así con los demás meses siguientes.

En el 45 a.C. Julio César exigió una nueva regularización del calendario el cual recibió el nombre de juliano en su honor. Lo diseñó el astrónomo y matemático Sosigenes de Alejandría, que solucionó los desajustes poniendo 365 días por año y añadiendo un día adicional cada cuatro años.

En cuanto al nombre de los años, los romanos consideraban el año 1 el de la fundación de la ciudad. Lo llamaban ab Urbe condita (a.U.c) tras numerar el año. Al comenzar la República se instauró el consulado. Por ello, la fecha se indicaba mediante los nombres de los cónsules de ese año. La lista de los cónsules anuales se llamaba fastos consulares.

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