Las torturas asirias

Los asirios borraban la memoria histórica colectiva, lo que hacía más fácil instaurar su propio culto religioso en las ciudades conquistadas

Las torturas asirias

Las torturas asirias / lara de armas moreno

Lara de Armas Moreno

Lara de Armas Moreno

Los asirios son los aborígenes de Mesopotamia. Hoy, la población del Creciente Fértil se reparte por varios estados en una minoría étnica (en la actualidad, el territorio abarca Irak y partes de Irán, Siria y Turquía). El origen de este pueblo se sitúa en Asiria, en el antiguo Cercano Oriente. Su historia comienza con la formación de la ciudad de Assur en torno al siglo XXV a.C.

Una frase de Senaquerib, rey de Asiria desde el 705 a.C., de Tevet (681 a.C.) y Babilonia (705 a.C.) hasta su muerte, ilustra la crueldad de los dirigentes asirios. Dijo: «Destruí, devasté y quemé la ciudad desde sus cimas hasta sus cimientos. Cavé canales y la inundé de una manera más destructiva que una tempestad. En los días venideros, ni los dioses de esa ciudad podrán ser recordados». Este grado de destrucción no era el usual de la época, ya que se solían respetar los edificios de culto religioso de los pueblos conquistados.

Senaquerib instauró tácticas de guerra psicológica como resaltar en sus textos las barbaridades que había cometido en otras ciudades arrasadas a modo de advertencia, un método eficaz para meter el miedo en el cuerpo a sus adversarios. Además, ordenó hacer elaborados grabados en los que mostraba, de manera gráfica, sus crueles torturas físicas. Uno de sus métodos preferidos de tortura fue el empalamiento. El monarca ordenaba empalar a los hombres capturados y los exhibía en la entrada de la ciudad para infundir miedo y terror a sus enemigos. Los asirios pasaban la lanza por debajo de las costillas, de forma que el propio peso del torturado fuera el encargado de finalizar el proceso del empalamiento. Otro de sus martirios favoritos era la crucifixión que, de hecho, fue un invento asirio.

Con el despellejamiento, otra de sus refinadas tácticas de disuasión, arrancaban la piel de su enemigo mientras éste seguía con vida y trataban de evitar, por todos los medios, que el infeliz muriera mientras se le realizaba esta práctica. El objetivo era que la agonía fuera lo más lenta y dolorosa posible. Como con el empalamiento, la piel se exhibía más tarde en la muralla para que fuera visible por el resto de los ciudadanos, una eficaz advertencia contra las traiciones o la sedición.

Las decapitaciones —quizá, por rápida, la menos cruel de las torturas— también fueron muy recurrentes. En este caso, las cabezas cortadas se colgaban de los árboles de la ciudadela. Y los soldados también amputaban miembros como orejas, piernas o testículos de sus enemigos.

Aunque Senaquerib no solo castigaba los cuerpos. Uno de sus métodos de tortura psicológica preferidos era obligar a los nobles capturados a moler los huesos de sus antepasados hasta convertirlos en polvo. La memoria histórica en la Antigüedad lo era todo. Que te obligaran a destruir los huesos de tus antepasados era que te forzaran a borrar todo lo que una vez existió de ti. También borraban la memoria histórica colectiva, lo que hacía más fácil instaurar su propio culto religioso en las ciudades conquistadas.

Pero no es la crueldad lo único que define al pueblo asirio. Construyeron lujosos palacios, una muestra de un alto nivel de ingeniería. También fundaron la conocida biblioteca de Assurbanipal en Nínive. Debemos tener en cuenta que la expansión imperialista formaba parte de la esencia religiosa asiria. Su rey tenía como objetivo someter el universo a la voluntad de su dios patrón Assur.

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