De la plaza a la historia
Puntos de comercio y encuentro
Las plazas y mercados de Canarias fueron históricamente espacios feminizados

>> | ARCHIVO DE FOTOGRAFÍA HISTÓRICA DE CANARIAS (FEDAC) / En Santa Cruz de Tenerife se localizaba en el entorno de la Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción
Al abrigo, primero, de las plazas públicas y, a partir del siglo XIX, en edificaciones construidas específicamente para albergar mercados de abastos se escriben algunas de las páginas más importantes en la vida económica y social de Canarias cuya destacada función ha pasado desapercibida durante décadas entre buena parte de la población del Archipiélago ajena al papel fundamental que esos lugares tuvieron en el desarrollo de las Islas no sólo como espacios para transacciones comerciales sino, también, como puntos de encuentro de las y los habitantes de nuestra región. Reconvertidos actualmente muchos de ellos en áreas donde la venta de productos agropecuarios y pesqueros made in Canarias conviven con la comercialización de artículos gourmet, el periplo de las recovas canarias es un escaparate inmejorable para alongarse a un episodio crucial de la Historia isleña.
La Corona de España, tras la Conquista de Canarias, se ve obligada a crear espacios para la compra y venta de productos locales, junto a los que llegaban del exterior, con el objetivo de mantener a la población de las Islas abastecida
Concluida la conquista de Canarias y teniendo en cuenta la singularidad geográfica derivada de su insularidad, así como los problemas ocasionados por su lejanía del continente europeo, uno de los principales retos que debió afrontar entonces la Corona de España fue garantizar en el Archipiélago el adecuado abastecimiento de alimentos y otras mercancías de primera necesidad. Eso explica, en parte, que en mapas de ciudades de las Islas elaborados en el siglo XVI ya se detalle la ubicación en San Sebastián de La Gomera de una pescadería y, en la localidad tinerfeña de Garachico, el emplazamiento de su primer mercado.

Mercados del Puerto, en Las Palmas de Gran Canaria. / Miguel Ayala/S. LojendioM. ayala
En las recién creadas ciudades, villas y pueblos, las plazas públicas fueron por entonces los lugares elegidos para la exposición y venta de productos básicos, aunque podrían ampliarse a otras plazas y calles cercanas. El sustento de esta nueva sociedad requería así de un suministro constante que dependió, en gran medida, del comercio exterior, y de la producción de los cultivos de los campos canarios.
Las ciudades y pueblos canarios más populosos contaron con mercados, ferias y tiendas donde adquirir diferentes mercancías con cierta facilidad pero en el mundo rural esta tarea fue más compleja, dificultando el acceso de su población a bienes que no eran producidos en las proximidades. En estas localidades, además de en islas eminentemente rurales como El Hierro, La Gomera, Fuerteventura, Lanzarote o La Palma, la economía estaba orientada hacia la subsistencia fundamentándose en una agricultura y una ganadería destinadas al consumo familiar. Hasta la llegada en el siglo XIX al Archipiélago de novedosas técnicas constructivas y, sobre todo, de arquitectos profesionales, la vida comercial de todas las ciudades y pueblos tenía lugar en plazas al aire libre, de hecho, ese es el origen de que en la actualidad se siga utilizando esa palabra en algunas Islas para denominar estos puntos de venta.

Mercados santacrucero Nuestra Señora de África / Miguel Ayala/S. LojendioM. ayala
En el tramo costero de Arrecife de Lanzarote próximo al Puente de las Bolas, por ejemplo, se instalaba el Mercado de las Cebollas; en La Laguna y La Orotava, en Tenerife, o Santa María de Guía, Arucas y Telde, en Gran Canaria, espacios públicos similares se empleaban también para la venta y compra de frutas, verduras, hortalizas, leche y sus derivados... Algo similar ocurría en Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria pero son precisamente las capitales canarias donde se comienza a ordenar ese modelo de negocio con la construcción de edificios destinados exclusivamente a esa finalidad que, habitualmente, se levantaban junto a los espacios utilizados tradicionalmente por las y los primitivos comerciantes.
La Revolución Industrial benefició los sistemas constructivos gracias a la utilización del hierro para las grandes edificaciones dentro y fuera del continente. La sencillez del montaje y desmontaje, la rapidez de la ejecución y la adecuación del material a las condiciones higiénicas hizo que la creación de tinglados fuese muy recurrente para este tipo de locales. Santa Cruz de Tenerife, por ejemplo, contó con un mercado fijo desde 1815 en la zona cercana al puerto, hoy desaparecido, hasta que en 1847 el Ayuntamiento encarga a Manuel de Oraá un nuevo mercado en la antigua zona del convento de la Consolación y sus huertas cercanas. Este inmueble fue inaugurado en 1851 y bautizado como Palais Royal por la fórmula arquitectónica que recordaba la escenografía barroca con el pórtico y un gran patio descubierto donde estaban las lonjas.

Mercados de La Laguna. / Miguel Ayala/S. LojendioM. ayala
Por su parte, el crecimiento poblacional que se daba en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria a mediados del siglo XIX, provocó la creación de una zona comercial junto al barrio de Vegueta. En 1849, Manuel Ponce de León presentó un proyecto de mercado que fue aprobado con rapidez, aunque se tuvo que enfrentar a varios inconvenientes que terminaron por aparcar aquel diseño. La idea se remitió a Manuel de Oraá, quien varió su portada principal, donde destacaba el frontispicio, aportando un aire más ecléctico, pero la falta de recursos y problemas de entendimiento entre el arquitecto y el Ayuntamiento hicieron que la propuesta de Oraá no se realizara por completo.
El proyecto final fue encargado a maestros de obra locales quienes elaboraron un inmueble orientado al original de Ponce de León.
Los mercados de La Recova, en Santa Cruz de Tenerife, y Vegueta, en Las Palmas de Gran Canaria, fueron los primeros que reunieron y ordenaron en edificios el comercio desarrollado hasta entonces en plena calle
A finales del siglo XIX, algo similar sucedió alrededor del barrio laspalmense del Puerto que, motivado por su lejanía con Vegueta, derivó en la construcción de otro inmueble comercial en la zona. En 1891, el arquitecto Laureano Arroyo planteó un tinglado de hierro fundido y con un aire exótico, como en las ciudades europeas, pero no pudo hacerse por el alto coste. Ante la mejora económica y el auge en la moda de la utilización del hierro en viviendas y locales, en 1908 se erigió el proyecto retomando la idea original.

Imagen del mercado Central, en la capital grancanaria, en la década de los años 70 del siglo XX / Miguel Ayala/S. LojendioM. ayala
Volviendo a Tenerife, la saturación en la que se veía envuelto el Palais Royal provocó que el Ayuntamiento investigara nuevas fórmulas para poder aliviarlo, solicitando al arquitecto Antonio Pintor la construcción de un nuevo inmueble. Se eligieron piezas de hierro en Londres y la estructura se instaló en la Plaza de la Madera sobre un zócalo de cantería como base para las lamas y cubiertas de metal.

MERCADOS EN LOS MAPAS HISTÓRICOS DE CANARIAS / Miguel Ayala/S. LojendioM. ayala
Volviendo a Tenerife, la saturación en la que se veía envuelto el Palais Royal provocó que el Ayuntamiento investigara nuevas fórmulas para poder aliviarlo, solicitando al arquitecto Antonio Pintor la construcción de un nuevo inmueble. Se eligieron piezas de hierro en Londres y la estructura se instaló en la Plaza de la Madera sobre un zócalo de cantería como base para las lamas y cubiertas de metal.
Fruto de los nuevos tiempos, el Mercado de Nuestra Señora de África de Santa Cruz de Tenerife surge en el marco de una política constructiva-propagandística del Mando Económico de Canarias en los primeros años del periodo autárquico tras la Guerra Civil. Este proyecto se encarga en el año 1942 al arquitecto José Enrique Marrero Regalado y estuvo determinado por el gran crecimiento poblacional que se vivió en la capital tinerfeña por el éxodo desde las zonas rurales a las ciudades.

MERCADOS EN LOS MAPAS HISTÓRICOS DE CANARIAS / Miguel Ayala/S. LojendioM. ayala
Una tónica similar destinada a actualizar los rudimentarios enclaves comerciales motivó que durante el siglo XIX se proyectaran varios inmuebles para mercados de los que solo se conserva el de Santa Cruz de La Palma. Tras el incendio del antiguo Hospital de los Dolores en 1827 y la desamortización que afectó a la Iglesia, el Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma utilizó aquel lugar para la creación de entidades públicas como el Teatro y el Mercado de Abastos. El proyecto del mercado fue encargado en el año 1886 al maestro de obras local Felipe de Paz Pérez.
Ya en los años 60 del siglo XX, en la próspera ciudad de Las Palmas de Gran Canaria se levanta el Mercado Central, en el barrio de Alcaravaneras, que fue construido en 1956. Su denominación de central se debe a su ubicación, en la intersección entre las actuales calles Galicia y Néstor de la Torre, una zona estratégica equidistante de los principales núcleos de la ciudad; pero sobre todo al propósito de convertirlo en un punto neurálgico de abastecimiento que cubriera la demanda social del momento. Hasta la creación en 1981 de Merca Las Palmas, cumplió su función. Otro mercado importante de la capital grancanaria es el de Altavista, inaugurado en 1970.

MERCADOS EN LOS MAPAS HISTÓRICOS DE CANARIAS / Miguel Ayala/S. LojendioM. ayala
Durante los años 80 del pasado siglo, pero especialmente en la década de los 90, coincidiendo con el desembarco en las Islas de las grandes superficies comerciales, los mercados canarios cayeron en el ostracismo quedando heridos de muerte por la pérdida de su clientela habitual.
Sin embargo, a finales de los años 90 del pasado siglo y hasta la primera década del siglo XXI aquellas históricas instalaciones vuelven a recuperar su actividad combinando la tradicional venta de productos de las Islas con la comercialización de artículos gourmet.
El resurgimiento de la popular Recova santacrucera, apoyada en la autogestión mediante una cooperativa formada por los propios comerciantes, representa el inicio de una necesaria fase de modernización que también afectó a los mercados de Vegueta, Puerto y Central en la capital grancanaria.

Mujeres en el mercado de Arrecife. / Miguel Ayala/S. LojendioM. ayala
En la Recova chicharrera, es desde el fondo de la mar, de las pescaderías que ocupaban los bajos del edificio, donde surge el concepto del mercado como referente gastronómico. Nicómedes se erige como patrón de esa tendencia, no sin problemas, convirtiendo su puesto en una lonja abierta para el disfrute in situ de pescados, mariscos y vinos. Su ejemplo cala y se multiplica la oferta, convocando desde entonces a un público ávido por esta singular experiencia gastronómica que también interesa a los habitantes de Las Palmas de Gran Canaria. Esa nueva vida modifica la imagen tradicional que desde entonces ofrecen las fachadas de los edificios, jalonadas de bares antiguos, añosos, e instaurando una oferta de tapas y vinos orientada a un público con nuevos gustos.
Estos cambios, junto a la diversificación de la oferta comercial, han consolidado las plazas y recovas canarias como centros neurálgicos gracias a su atractiva oferta gastronómica y, también, al tipismo propio de unas instalaciones históricas, factores, en especial este último, que han convertido estos lugares en espacios de visita obligada para buena parte de los millones de turistas que cada año visitan el Archipiélago.

El comercio se desarrollaba en espacios abiertos como el paseo marítimo de Arrecife, donde se ubicaba el Mercado de las cebollas / Miguel Ayala/S. LojendioM. ayala
Gran parte de la población de Canarias, hasta finales del siglo XIX, se localizaba en un entorno eminentemente rural. Ante la falta de lugares de abastos, las transacciones comerciales se basaban en el trueque o el intercambio y en esa cadena comercial la mujer tuvo un papel fundamental, ubicándose notoriamente en los mercados y la venta al por menor, bien en pequeñas tiendas o, principalmente, a través de negocios ambulantes. Así, primero las plazas y calles y, posteriormente, los mercados locales fueron históricamente espacios feminizados donde la población femenina comercializó durante décadas productos de primera necesidad, muchos de los cuales eran elaborados o transformados por ellas mismas, lo que refleja su importancia en la economía doméstica y social del Archipiélago de la época.
Por lo general, los cultivos y el cuidado del ganado eran actividades desarrolladas en Canarias casi exclusivamente por hombres, aunque las mujeres también participaban en esas durísimas tareas, labores a las cuales se le añadía el traslado hasta los lugares de venta de las frutas, verduras y hortalizas propias, que se sumaban a los productos lácteos elaborados por ellas. Su función, por lo tanto, fue indispensable en una región pobre marcada por la autosuficiencia.
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