Astrología y científicos en el Renacimiento

Vernet recordó que ni el cristianismo, ni el judaísmo, ni el islamismo adoptaron durante una época una posición firme ante las predicciones astrológicas

Los teólogos se dividieron en dos bandos: los que las reprueban, como san Agustín, y los que las toleran como santo Tomás, siempre que sus adeptos admitan que los astros influyen pero no determinan

Fragmento de la carta astral de Agostino Chigi, pintado por Antonio Peruzzi, colaborador de Rafael de Sanzio. Luce en el dormitorio principal de la Villa Farnesina, Roma.

Fragmento de la carta astral de Agostino Chigi, pintado por Antonio Peruzzi, colaborador de Rafael de Sanzio. Luce en el dormitorio principal de la Villa Farnesina, Roma.

No se puede negar ser la astrología (aquí equivalente a Astronomía) ciencia excelentísima, que tiene la prima entre las siete artes liberales; mas esto, en la teórica. Creo ser esta verdadera, como se comprehende por muchos efetos; mas no en la parte judiciaria, en que descubre ser vana, falaz y dudosa. (Texto de 1617, tomado de M. Albisson).

Todavía son muchos los que consultan su horóscopo cada día en el periódico, pero pocos los que lo creen, sobre todo si no le pronostican buenas nuevas. Hoy la gran mayoría de la población le damos, como mucho, el sentido de un entretenimiento inocente, de una pseudociencia si nos lo tomamos más en serio, o de una patraña absoluta que es lo que en realidad merece (no es la única creencia que debería incluirse en esta etiqueta) si nos ponemos en plan inquisitorial. Pero no siempre ha sido así. La humanidad ha consultado con arúspices, sibilas y adivinos, realizado sacrificios de animales, en algunos casos humanos, para consultar sus vísceras, leído los astros y mil cosas más para tomar decisiones o intentar trazar la línea de vida de un recién nacido o de quien acaba de subir al trono.

La influencia de los astros en el devenir humano nace seguramente al crearse la idea de la dualidad alma-cuerpo, y que en el momento del nacimiento, el alma desciende de los cielos, asimilando en ese viaje situaciones planetarias y estelares que de alguna forma la marcan para su vida en la Tierra. Así la astrología ha engendrado la hipótesis de una información cósmica prenatal impresa en el alma y determinante del destino del individuo.

Si seguimos a Ioan P. Culianu en su libro Eros y magia en el Renacimiento, podemos acercarnos a los pronósticos astrales a través de las llamadas «suertes» que no eran más que ocho figuras que representaban a los siete planetas clásicos, a los que se añadía el ascendente (el ascendente es un factor individual de la fecha, la hora y el lugar del nacimiento, clave en la interpretación de la carta natal, que es la casa de la personalidad, el yo que mostramos y cómo nos ven los demás). El lugar de la suerte del Sol establece el buen, o mal, carácter del sujeto; el de la Luna la buena, o mala, fortuna; el de Júpiter la posición social; el de Mercurio las disposiciones naturales; el de Venus el amor; el de Marte el coraje y los riesgos y el de Saturno la fatalidad. Con esta situación celeste componemos el nativitates, si se trata de la carta astral de un neonato, una interrogationes, si es para tomar una decisión para un negocio, o una electiones para escoger el momento oportuno para embarcarse en alguna aventura,

Leyendo a Vernet, máximo conocedor de estos asuntos, podemos señalar «que ni el cristianismo, ni el judaísmo ni el islamismo han adoptado (se refiere hasta la época del Renacimiento) una política decidida frente a las predicciones astrológicas y sus teólogos se han dividido en dos bandos: el de los que las reprueban, como san Agustín, y el de quienes las toleran, como santo Tomás, siempre que sus adeptos admitan que los astros influyen pero no determinan». Hay que añadir que Sixto V Peretti (papa entre 1585 y 1590, reformista y uno de los mejores dignatarios que ha tenido la Iglesia, aunque nadie lo ha hecho santo), dictó una bula, Constitucion veynte y una entre las de Sixto V en el Bulario:|bprohibicion de exercer el arte de astrologia iudiciaria, y hazer encantamentos, adivinaciones y hechizerias, de leer y tener libros de las dichas cosas, y facultad de los Ordinarios, y de los Inquisidores, de reprimir y castigar a los inobedientes, conocida como Coeli et Terrae, fechada en 1586, en la que de forma tibia e incompleta, y desde luego no por un afán científico, prohibía las adivinaciones sobre el destino de los individuos, no sobre las predicciones que afectaran a la agricultura y cosas semejantes. El porvenir de los hombres solo lo conoce Dios e intentar averiguarlo es cosa del Maligno (Sixto V dixit).

Aliento con la Ciencia

¿Y qué ha hecho la Ciencia contra estas falsas creencias? En los siglos en que nace la Ciencia como la entendemos hoy, el XVI y el XVII, alentarlas más que otra cosa. Si nos fijamos en Copérnico, Tycho Brahe, Kepler, Galileo, Bacon, ..., podremos afirmar que todos ellos practicaban y creían en la Astrología.

Copérnico lo refleja en en su obra máxima, el De revolutionibus, donde nos habla del más legendario de todos los ocultistas: Hermes Trismegisto, dando así carta de naturaleza a la astrología judiciaria. Hacía pronósticos basados en cartas astrales aunque debemos tener en cuenta que era anterior a SixtoV.

De Tycho Brahe, el mejor observador del cielo en su época, sabemos que la practicó con normalidad para aconsejar a Rodolfo II Habsburgo sobre casi cualquier cosa que preocupase al emperador.

Y Kepler, que le sucedió en el cargo de astrónomo imperial, era muy aficionado a la astrología genetlíaca y en cada cumpleaños se confeccionaba una carta astral para tratar de adivinar el futuro que le aguardaba. También fue el encargado de realizarlo, a posteriori claro, para Jesucristo al que adjudicó como año de nacimiento el año 6 ya que se había producido una conjunción astral interesante (cambiar a conveniencia la fecha de nacimiento era práctica habitual para, a posteriori, acertar mejor en la predicción). Kepler de joven, en su primer pronóstico, afirmaba que haría un invierno frío, estallarían sublevaciones de campesinos y se entraría en guerra con los turcos. Y tuvo la suerte de que se cumpliera al pie de la letra estos pronósticos nefastos, con lo cual quedó acreditado para el resto de sus días. Kepler era reformista pero todas estas predicciones estaban incluidas en la Astrología Natural y eran admitidas por la Iglesia católica.

Veamos lo que dice Galileo en 1609, de su soberano el Gran Duque de la Toscana: «Júpiter, Júpiter (recordemos que este planeta era el que marcaba la posición social, en este caso como Gran Duque) desde el nacimiento de Vuestra Alteza, traspasados ya los turbios vapores del horizonte, ocupando el Medio Cielo e iluminando el ángulo oriental con su realeza, divisó desde ese sublime trono el felicísimo parto, y esparció todo su esplendor y su grandeza por el aire purísimo, para que aquel cuerpo, pequeño y delicado, junto con el alma, ya adornada por Dios con los más nobles atributos, aspirase en el primer aliento aquella fuerza y poder universales» (tomado del Sidereus Nuncius).

Por cierto, Galileo, tuvo la mala suerte de predecir el 16 de enero de 1609, larga vida a su protector, Fernando I de Médicis (nacido en 1549), quien murió pocas semanas después. Además, este pronóstico era claramente de la Astrología Judiciaria y, por tanto, prohibida por la Iglesia, aunque no se lo tuvieron en cuenta. No se puede confiar en él para las predicciones astrológicas. Y estamos hablando de Galileo, uno de los gigantes de la Ciencia, un hombre que se enfrentó a la Academia y a la Iglesia para imponer la razón. Los citados no son casos aislados por importantes que sean. Todos los académicos de la época creían en el influjo que los astros ejercían sobre los humanos y como podían guiar sus vidas. Por eso conocer de antemano qué se podía esperar era jugar con ventaja. Nadie que se lo pudiera pagar renunciaba a conocer la carta astral de su nacimiento, la de un hijo o de un pariente.

En definitiva, si usted consulta su horóscopo y alguien se lo recrimina, dígale que es un ejercicio humanista muy bien considerado, aunque hace ya más de cuatrocientos años se escribió que la Astrología era «vana, falaz y dudosa». Tiempo hemos tenido para entenderlo.

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