Ciencia | Centenario
Alfred Wegener: los continentes se mueven
El científico alemán avanzó que se desplazaban como icebergs para ir modificando la superficie de la Tierra, en contra de lo que la Geología oficial sostenía hasta aquel momento
En el origen de las Islas Canarias, sin embargo, cobra fuerza que son el resultado de emisiones volcánicas repetidas procedentes de grietas del fondo del Océano, según el académico Lucas Fernández Navarro

Alfred Wegener. / LP/DLP
«Tuve la primera intuición de la movilidad continental ya en 1910, cuando, al contemplar un mapamundi, me impresionó la coincidencia de las costas de ambos lados del Atlántico; pero por el momento no hice caso de esta idea, que me pareció inverosímil». (A. Wegener, ‘El origen de los continentes y océanos’)
Hace exactamente cien años, 1924, se editó en España por primera vez el libro citado con que Alfred Wegener sorprendió a la comunidad de geólogos, que, naturalmente, no creyeron nada de lo que aquel intruso les contaba. Fue traducido al español por Vicente Inglada Ors con el título La génesis de los continentes y océanos, y publicado en la Biblioteca de la Revista de Occidente. En el libro defendía que los continentes se movían y que llevaban haciéndolo millones de años. Se comportaban como iceberg que se desplazaban para ir modificando la superficie de la Tierra. Era un cambio de paradigma total respecto de lo que la Geología académica creía en aquel momento.
Alfred Wegener (1880, Berlín-1930, Groenlandia), se doctoró en Astronomía por la Universidad de Berlín (1905), dedicándose posteriormente a la meteorología y al estudio de los glaciares. Publicó el libro que comentamos en 1915, El origen de los continentes y océanos, aunque la traducción española es de su tercera edición, corregida y mejorada, de 1922. Murió en Groenlandia en una tormenta de nieve. Su cuerpo, que se localizó, sigue allí enterrado en el hielo, por deseo de su esposa.
Orografía y otras cuestiones de las que se ocupa la Geología era confuso. Algunos científicos de esta disciplina aceptaban, sin más, lo que decía el Génesis y atribuían al oleaje, la lluvia y el viento los fenómenos de erosión que modificaban los paisajes y a los volcanes, las riadas y otros acontecimientos catastróficos los cambios más importantes, sobre todo los «verticales». Así aparecen, por ejemplo, en 1932, en un atlas escolar, el Knaurs Welt-Atlas, editado en Berlín, en un cuadro de los muchos que ofrece, dedicado este a las eras geológicas (páginas 18 y 19) podemos leer que, en el cuaternario, hace 800 000 años, había ocurrido el Diluvio Universal. Es decir, en un libro, que podemos llamar de texto escolar, los conocimientos geológicos se habían quedado petrificados, mientras Wegener, 17 años antes de esta publicación, abría una puerta al futuro.
Por entonces los científicos de mayor prestigio en este campo eran Charles Lyell (1797-1875), y Eduard Suess (1831-1914). El primero era el autor de los Principios de Geología, cuya principal tesis era el uniformismo, esto es, que la modificaciones orográficas eran fruto de una acción constante y no debidas a acontecimientos excepcionales. Al segundo, le debemos La faz de la Tierra en la que defiende (entre otras muchas cosas), que son las contracciones por enfriamiento de la Tierra las que producen los cambios orográficos.
Las teorías de Wegener
Wegener se basaba sobre todo en las coincidencias entre costas alejadas por un océano. Él empezó por encajar Brasil en la costa del golfo de Guinea. Después se apoyó en asuntos como la paleontología que decía que los animales y plantas de pasadas épocas geológicas coincidían en una y otra orilla (no los actuales que se habían diversificado por el paso del tiempo). También estudió la evolución de los climas (a fin de cuentas, su oficio principal era la meteorología), y otras pruebas y argumentos de orden geofísico, geológico, biológico, y geodésico. Pero no supo dar una explicación convincente de las fuerzas que habrían movido los continentes, no se conocía bien la composición del núcleo terrestre y de las distintas capas, como la piel de una cebolla, que lo envuelven, aunque se refirió a las mareas y a la migración de los polos como posibles causas.
La reacción de los expertos fue muy dura. En el Simposio de 1926 de la Asociación Americana de Geólogos del Petróleo (A.A.P.G.), celebrado en Nueva York, posiblemente la reunión de geólogos más influyentes en aquel momento, todos se dedicaron a echar abajo su teoría, negando una por una las razones que aducía Wegener. Así, R. T. Chamberlin, geólogo americano, elaboró una lista de 18 puntos que, según él, destruían la teoría. Y así argumentaba la mayoría. Solo al final de los años cincuenta, con el mejor conocimiento de los fondos oceánicos, el descubrimiento de la dorsal meso-atlántica (en 1959, por Ewig y otros), los estudios sobre la magnetización de la corteza oceánica y demás cuestiones concordantes con lo expuesto por Wegener, empezó a imponerse la teoría del autor alemán, y hoy es el modelo aceptado, que explica los desplazamientos de los continentes sobre una superficie terrestre dividida en placas, «conjunto de fragmentos rígidos y estables de la litosfera, que se mueven sobre la astenosfera dúctil, en repuesta a agitaciones térmicas que tienen lugar dentro de esta zona dinámica del manto».

Retrato de Alfred Wegener. / LP/DLP
Formación de Canarias
Aceptando esta teoría podemos ver cómo se creía por aquellas fecha que se formaron las Islas Canarias. Así, Lucas Fernández Navarro (1869-1930), gran conocedor y estudioso de la geología del Archipiélago, en 1925, en su discurso de ingreso en la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, dice (tomo el siguiente párrafo de Francisco Pelayo López): «Fernández Navarro reconociendo las dificultades, decía que, una vez descartada la hipótesis sobre los restos de una Atlántida que nunca existió, cabían dos explicaciones. La primera era que podían ser fragmentos del continente africano, bien separados de éste en su marcha como témpanos flotantes de un iceberg, o bien desprendidos de su borde occidental debido a un hundimiento generalizado. La segunda explicación era que tal vez fueran el resultado de emisiones volcánicas repetidas, procedentes de grietas del fondo del Océano. Estas grietas podrían haberse originado, según la teoría de las traslaciones, por las distensiones que en la superficie solidificada del sima había producido la marcha a la deriva del continente africano. Personalmente él se inclinaba por la última interpretación». Hoy creemos que no iba muy descaminado.
Entre los científicos los cambios de paradigmas suelen enfrentarse a grandes resistencias, a fin de cuentas hay que renunciar a casi todo lo que hasta entonces se había creído y estudiado, pero cuando las nuevas teorías se explican y se van reforzando con razones cada vez más sólidas, acaban por calar en una comunidad dúctil a la verdad (de cada momento).
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