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1975: Así era la España que enterró a Franco

Tras 15 años de desarrollismo, la renta per cápita se multiplicó por ocho y la España del 600 daba paso a la del Seat 127. La sociedad seguía siendo católica y muy tradicional, pero empezaba a pedir películas de destape y leía libros mal vistos por el régimen

Colas en un quiosco para leer las primeras ediciones de los periódicos que informaban sobre la muerte del ‘Caudillo’.

Colas en un quiosco para leer las primeras ediciones de los periódicos que informaban sobre la muerte del ‘Caudillo’. / PI

Explicarles cómo era España en el año en que murió Franco a cualquiera de los 22 millones de españoles nacidos después de 1975 equivale poco menos que a hablarles de otro país. Ni las cifras contables que definen la realidad de aquella España tienen que ver con las de ahora, ni la cultura, las costumbres y la forma de vivir de quienes la habitaban se asemejan, ni remotamente, a las de hoy. Esta afirmación podría aplicarse a casi todos los países de nuestro entorno, pues el mundo ha cambiado mucho en el último medio siglo, pero en el caso español se añade un factor histórico que dota de especial relevancia al viaje en el tiempo y al juego de los parecidos y las diferencias cuando se miran en el espejo aquel y este país.

La muerte de Franco anunció el final del régimen que había gobernado la vida de los españoles durante los 36 años anteriores, cuya disolución real se iba a consolidar en los años siguientes, los de la transición, pero en ese momento nadie sabía lo que deparaba el futuro. Este era un país de 35,4 millones de personas a verlas venir, con tres décadas y media de dictadura en la memoria y unas perspectivas de libertad y democracia que en 1975 generaban más dudas que certezas. Los libros que se leían, las películas que veían, la tele que se seguía y los productos que se consumían ofrecen pistas de las expectativas, inquietudes y temores que latían en aquella sociedad a mitad de camino entre el blanco y negro y el color.

El año había comenzado con un brindis de Lola Flores en el Especial de Nochevieja de Televisión Española. Tras el habitual saludo navideño de Franco desde el palacio de El Pardo, en el que pidió a Dios «que conceda a nuestro pueblo unidad, justicia y paz», la folclórica deseó ante las cámaras que los españoles tuvieran «mucha felicidad, mucha alegría y mucho amor» en el año que estaba a punto de comenzar, y añadió: «Quiero que pasen un año que no se pueda aguantar». Lo cierto es que los españoles, sin saberlo, se disponían a «aguantar» un 1975 cargado de hitos inquietantes.

Ese año, ETA asesinó a 17 personas, el FRAP mató a otras cuatro, el GRAPO cometió su primer atentado terrorista con víctimas mortales (otras cuatro), el régimen ejecutó sus últimas cinco condenas de muerte y dictó leyes que permitieron secuestrar periódicos y revistas. Se sucedieron las huelgas generales en todo el país —entre ellas, la primera declarada por los intérpretes reclamando derechos laborales—, Hasán II lanzó la Marcha verde marroquí sobre la antigua colonia española del Sáhara Occidental y el 20 de noviembre, tras varias crisis agudas que parecieron definitivas, fallecía Franco.

Esperanza

Pero debajo de ese relato repleto de titulares históricos, los españoles acababan de cumplir 15 años de desarrollismo —período económico inaugurado con los Planes de Estabilidad de 1959— y veían con esperanza que la renta per cápita llegaba ya al equivalente a los 2.734 euros, una nimiedad comparada con los 30.159 de hoy, pero ocho veces más que los 347 euros de 1960.

La España del 600 había dado paso a la del Seat 127, el coche más vendido del momento: ese año saltaron a la red de carreteras españolas, que entonces solo contaban con 2.100 kilómetros de autopistas y autovías (hoy hay 20.000), hasta 170.000 utilitarios de este modelo made in Spain, a razón de 176.000 pesetas (1.058 euros) la unidad. En España había ocho millones de teléfonos fijos —hoy hay 60 millones de líneas móviles—, y el turismo, ese gran invento, trajo al país esa temporada a 2,8 millones de extranjeros, que aparte de divisas e inversiones, venían con costumbres, aires y biquinis que poco a poco empezaban a calar entre la población.

Con todo, la de 1975 era una sociedad anclada en el modelo tradicional. Ese año vinieron al mundo en nuestro país 669.378 bebés —el pico del baby-boom había tenido lugar un año antes, cuando se alcanzó el récord histórico de 688.711 alumbramientos—, todos convenientemente bautizados. Las familias numerosas de cuatro o más hijos eran habituales y los 271.347 matrimonios que se celebraron en esos doce meses pasaron todos por la vicaría (en 2023 hubo 172.430 bodas y de ellas solo 30.606 se oficiaron en iglesias).

El divorcio no existía ni se le esperaba y seguían vigentes todas las leyes franquistas, desde la de Peligrosidad y Rehabilitación Social, que contemplaba penas de hasta cinco años de cárcel o manicomio para los homosexuales, a la norma que obligaba a las mujeres a contar con el permiso de sus maridos para abrirse una cuenta en el banco. La publicidad, fiel reflejo del sentir de una sociedad en cada momento, traducía la moral imperante en mensajes comerciales. «Pórtese como una mujer y haga que su marido le compre una Kelvinator», sugería la marca de electrodomésticos a las españolas de entonces en sus anuncios.

Aunque el país permanecía aislado del exterior, la crisis del petróleo de 1973 llevaba dos años dejándose notar y hasta el propio Franco se refería a ella en su alocución navideña para justificar que el coste de la vida se hubiera disparado, si bien el régimen seguía siendo quien dictaba la mayoría de unos precios que hoy sonarían irrisorios. Un billete sencillo de metro costaba seis pesetas (0,03 euros), una barra de pan nueve pesetas (0,05 euros) y una caña de cerveza 10 pesetas (0,06 euros). El precio de la gasolina había subido un 50%, pasado de las 12 pesetas por litro de 1972 a las 19 que valía tres años después.

Un televisor de 12 pulgadas en blanco y negro costaba de media en España en 1975 unas 10.700 pesetas (64 euros), un artículo de lujo teniendo en cuenta que el Salario Mínimo Interprofesional apenas llegaba en ese momento a las 8.400 pesetas mensuales (50 euros). Sin embargo, pocas eran las familias que se privaban de la principal fuente de entretenimiento del país y, de paso, del mayor aparato cohesionador de la sociedad: la tele. Solo había dos canales, ambos de titularidad pública, y únicamente emitían a partir de mediodía y hasta la medianoche, cuando la señal daba paso a la carta de ajuste tras ofrecer unas reflexiones religiosas y el himno de España sobre imágenes de Franco.

País embobado

No había audímetros, pero tampoco hacían falta para confirmar el abrumador éxito que tenían muchos de los programas de perfil familiar del momento, como El hombre y la Tierra, del naturalista Félix Rodríguez de la Fuente, los espacios infantiles como Un globo, dos globos, tres globos y Los payasos de la tele, o el magazine Directísimo, de José María Íñigo, que el 6 de septiembre dejó embobado al país en pleno con los poderes del mentalista Uri Geller doblando cucharas ante las cámaras en rabioso directo. Mucho antes de que existieran los talent shows, ese año debutó el programa de promesas Gente Joven y saltó a la parrilla La hora de..., que cada semana traía al plató a una estrella de la canción. Lo inauguró Raphael y tras él desfilaron figuras como Rafaella Carrà, Julio Iglesias o Gloria Gaynor.

La música que triunfó ese año es fiel reflejo del momento crítico que vivía el país, ansioso de diversión, pero concienciado ante el cambio de rasante que se disponía a cruzar. La canción de aquel verano fue El bimbó, de Georgie Dann, y en las verbenas no paró de sonar Saca el güisky cheli, de Desmadre 75, pero en esos meses José Antonio Labordeta componía Canto a la libertad, Aute lanzaba Al alba en memoria de los últimos fusilados del franquismo, y Cecilia publicaba su disco Un ramito de violetas, que se abría con la canción Mi querida España.

La censura seguía operando y para ver películas prohibidas como la erótica Emmanuelle seguía siendo necesario cruzar a Francia, pero la filmografía local empezaba a dar señales de los nuevos intereses lúdicos del público. Esa temporada, la de Tiburón, El Exorcista y El coloso en llamas, el filme español más visto fue Furtivos, de José Luis Borau, seguido de Las adolescentes, una de las primeras producciones del cine de destape, con Victoria Vera, y La trastienda, protagonizada por María José Cantudo, que pasó a la historia por mostrar el primer desnudo integral del cine español. También se estrenaron títulos como: Adulterio a la española, Strip-tease a la inglesa, Tres suecas para tres rodríguez, De profesión polígamo y Zorrita Martínez.

Muerto Franco, las estructuras del régimen tardarían aún unos años en ser desmontadas del todo, pero en 1975 la sociedad española tenía ya sus ojos puestos en otro sitio. Sirvan de guía los títulos de los libros más vendidos ese año: El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, las memorias de Pablo Neruda, Confieso que he vivido, y el segundo volumen de La arboleda perdida, las memorias de Rafael Alberti, poeta comunista y republicano que no pudo volver del exilio hasta 1977. Nada que hubiera aprobado Franco si hubiera levantado la cabeza.

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