Adiós Caudillo; hola a nuestro primer millón de turistas
Los 1.253.443 canarios que en 1975 residen en las Islas despiden al dictador tratando de solucionar sus altas tasas de paro, analfabetismo, abandono escolar y falta de vivienda mientras se vuelcan en potenciar la incipiente actividad turística del Archipiélago

Día de ‘descamisada’ en una finca de La Atalaya, en Gran Canaria. Mujeres, hombres y niños trabajan juntos en torno a las piñas de maíz. / Fedac

Unas semanas después del ascenso el 20 de noviembre de 1975 a los cielos —o no— del dictador Francisco Franco, esa misma bóveda celeste descargó sobre Canarias una cantidad de agua, acompañada de rachas de viento superiores a los 200 kilómetros por hora, que generó importantísimos destrozos en todo el Archipiélago. Seguro que el supuesto aterrizaje del militar golpista a ese supuesto paraíso donde, según la Biblia, se somete a juicio al recién llegado poco o nada tuvo que ver con la devastación causada por aquella tormenta subtropical que el 14 de diciembre dejó las Islas incomunicadas y a oscuras durante horas, provocando incluso que los ciudadanos abandonaran sus viviendas por miedo a que se derrumbaran. Pero, echando mano de la fantasía similar sobre la cual se sustenta el relato de la religión católica, quizá ese virulento episodio climatológico con el que Canarias despedía 1975 fue la respuesta divina a la presencia en el más allá de un tirano aferrado al mismo crucifijo que, con la complicidad de la Iglesia española, fue emblema de las más de cuatro décadas de represión, crímenes y desapariciones en el Archipiélago y el resto del país.
Probablemente, como sí sucedía ya en la incipiente actividad hotelera y de restauración de las Islas, el cielo carecía ese año de derecho de admisión, mientras en el territorio canario se alcanzaba por vez primera el millón de turistas, porque si no, vaya usted a saber si hubieran mandado de vuelta el enjuto cadáver del Caudillo. Aunque los habitantes del Archipiélago trataban ya de solucionar asuntos como su altísimo nivel de analfabetismo, que oscilaba en torno a los 97.500 casos por curso, siendo la tasa de mujeres analfabetas mayor que la de los hombres —62.000 frente a 35.000—; un promedio de abandono escolar en EGB superior al 57 % cuando en el resto del país era del 38 %, o revertir el aumento del número de parados, alrededor de 40.000 anuales, que obligaba a crear una media de 8.000 puestos de trabajo cada año para absorber la incorporación de nueva mano de obra, algo imposible en la época, y que se cebó en los jóvenes obligándolos a emigrar.
A diferencia de sus abuelos y padres, el transporte marítimo era mucho más moderno y seguro, mientras el aéreo, con precios desorbitados, abría nuevos destinos. Pero claro, la insularidad, pese a que en 1975 el parque automovilístico canario constaba de 236.815 vehículos —11.571 motocicletas, 172.247 turismos, 2.818 guaguas o 49.696 furgones y camiones—, limitaba las opciones para huir de las Islas.
El censo de 1975 cuantifica en 1.253.443 personas los habitantes del Archipiélago, cifra que situaba a Canarias como 9ª comunidad autónoma de España en cuanto a población, siendo mayoritarias las residentes femeninas —con 628.358 mujeres (50,13%) frente a 625.085 varones (49,86%).
A pesar de que los derechos de las mujeres estaban en las Islas igual de limitados que en el resto del país, la presencia de turistas nórdicas y alemanas en nuestro territorio luciendo bikini o minifalda y haciendo toples fue una bocanada de modernidad. Los anuncios de prensa en 1975 promocionan comercios con eslóganes como «moda actual llegada directamente de Londres» y acompañan su publicidad con imágenes de vestidos mini, bikinis o zapatos de plataforma.
A raíz también de la creciente actividad turística —Tenerife recibe ese año 542.881 turistas; Gran Canaria, 456.299; mientras que a Lanzarote y Fuerteventura llegan 85.152 y, respectivamente, 17.192 viajeros— proliferan salas de fiesta, en especial en Puerto de la Cruz y Las Palmas de Gran Canaria, esta en 1975 con 12.500 camas del total de las 55.861 habitaciones de hotel y 83.500 plazas en apartamentos existentes en toda Canarias, con espectáculos de variedades donde los transformistas eran el mayor reclamo, con Paco España, que ya en 1975 trabajaba entre la Península y el Archipiélago, proclamando sobre el escenario aquel «¡No somos machos, pero somos muchas!», algo que hoy suena divertido pero que entonces podía acarrear prisión, castigo del que tampoco se libraban músicos o grupos folclóricos como Los Sabandeños, que en febrero publican La Cantata del Mencey Loco, un disco cuyos versos pertenecen al poema La Tierra y la Raza, del político republicano y autor tinerfeño Ramón Gil-Roldán, repudiado por la dictadura.
Mientras en los cines de las Islas se proyectaba El hombre que pudo reinar, Alguien voló sobre el nido del cuco o, entre otras, Tiburón, de las fauces de la dictadura escaparon de milagro Paco España y Los Sabandeños, la emisión de cuyo trabajo se prohibió en radio, quienes quizá se libraron de ser detenidos porque con sus casi treinta integrantes llenarían por sí solos algunas de las por entonces atestadas prisiones.
Lo que el régimen no pudo frenar fue el inicio de las emisiones en diciembre de 1975 desde Argel del programa La Voz de Canarias Libre, un espacio de radio conducido por el dirigente independentista Antonio Cubillo que alentaba la lucha armada contra el colonialismo español para lograr la independencia del pueblo guanche. Su éxito entre la población canaria fue enorme.
Ni los gestos de contestataria valentía del grupo tinerfeño o el discurso del transformista grancanario eran cuestión baladí, como tampoco resultaba falto de justificación la popularidad del programa de radio de Cubillo: en septiembre de 1975 muere a consecuencia de las «lesiones» sufridas por parte de la policía franquista el estudiante Julio Trujillo Ascanio, y en octubre fallece en Tenerife el trabajador Antonio González Ramos, uno de los impulsores en la Isla de CCOO y miembro fundador de la OPI, germen del Partido de Unificación Comunista de Canarias, quien es torturado hasta la muerte por José Matute, jefe de la BIS en Tenerife.
Si el caso del fallecimiento del joven estudiante generó una ola de apoyo en la sociedad progresista canaria, que en la clandestinidad se reunía en iglesias, los detalles en torno al asesinato de González Ramos confirmaron que la ya en octubre de 1975 esperada muerte del dictador no supondría el final del régimen nacionalcatolicista, además de reflejar la impunidad con la que actuaban los afines al sátrapa.
«El 29 de octubre de 1975 [Antonio González Ramos] fue detenido y conducido, esposado, ante el inspector Matute quien —según el sumario judicial— le propinó una brutal paliza provocándole la muerte durante la cual el comisario se dejó caer con las rodillas sobre su caja torácica fracturándole varias costillas y el esternón causándole, además, el desgarramiento del hígado». En las casas de socorro previas en Canarias a los centros de salud nada habrían podido hacer por salvarle la vida.
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