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Rezos y amenazas de bomba

La versión española de la ópera rock ‘Jesucristo Superstar’, estrenada en Madrid en 1975, se vio envuelta en la polémica por problemas con la censura y la respuesta de grupos católicos que rezaban en la puerta del teatro

Teddy Bautista -d.- en una de las funciones de ‘Jesucristo Superstar’ en Madrid en el año 1975.

Teddy Bautista -d.- en una de las funciones de ‘Jesucristo Superstar’ en Madrid en el año 1975.

Miguel Ayala

Miguel Ayala

Las Palmas de Gran Canaria

La música no sólo amansa a la fieras sino que incluso suaviza postulados que en ocasiones enaltecen mensajes divinos o invitan a una seria reflexión que echando manos de una composición musical suavizan sus contenidos. Así, mucho antes de que Rosalía y su estética mongil en Lux impactara entre sus millones de seguidores globales, el binomio música religión, entendido tanto como bálsamo como también haciendo función de vaselina, viene existiendo de toda la vida y quizá tiene en la ópera rock Jesucristo Superstar uno de los ejemplos más evidentes, en especial en España, donde su estreno el 6 de noviembre del año 1975, dos semanas antes de la muerte del militar golpista Francisco Franco, generó serios problemas. En su dictadura nacionalcatolicista, la idea de presentar al hijo de Dios en la Tierra como un humano más, debilidades incluidas, no resultaba agradable para los devotos más radicales que consideraban aquello, base del guion del exitoso musical, una absoluta herejía. Nada de eso se le escapaba a Camilo Sesto cuando, junto al grancanario Teddy Bautista, decide traer el musical a España, una idea que toma en 1971 y no se materializa hasta cuatro años más tarde por los impedimentos de la censura, pero lo que no se les había pasado por la cabeza era el calvario que acompañaría la puesta en marcha del proyecto.

Jaime Azpilicueta, director artístico de la versión española de Jesucristo Superstar y posteriormente responsable de las Galas del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife, resumía con humor hace unos años aquella situación. «La noche del estreno, con el Teatro Alcalá Palace de Madrid lleno de público, recibimos una amenaza de bomba [la primera de muchas] Nos amenazaron diciendo que en diez minutos explotaría un artefacto en el teatro generando una enorme preocupación entre los miembros del el equipo».

Azpilicueta lo tuvo claro: «si la bomba va a explotar en diez minutos», les dijo a sus compañeros, «es imposible que podamos desalojar el edificio así que lo mejor es que continuemos con nuestros planes y si esto estalla pues que nos coja a todos dentro». Dicho y hecho: Jesucristo Superstar arrancó y ni en esa ocasión ni en las 10 o 12 amenazas posteriores de bomba sucedió nada.

La presencia canaria en el montaje no se limitaba al cantante, compositor y productor musical Teddy Bautista. «También estaba el coreógrafo y bailarín rumano afincado en Gran Canaria Gelu Barbu», recordaba Azpilicueta en 2020 con motivo del 45 aniversario del estreno del exitoso musical cuyo álbum en español, un doble LP, ha vendido más de 100 millones de discos en todo el mundo.

«Lo mejor de Camilo llegó después de Jesucristo Superstar», asegura por su parte Teddy Bautista. «Fue muy valiente a la hora de producir un espectáculo como ese» en el cual invirtió 12 millones de pesetas, unos 72.000 euros. Para un país donde aún causaba estupor que la misa se dejara de oficiar en latín, es fácil imaginar cómo sentó que una pandilla de melenudos, en vaqueros y camisetas, se atrevieran a cantar la palabra de Dios. A eso se le añade que un baladista de atractiva mirada azul se metiese en la piel del hijo de Dios. «Un día sí y el otro también se organizaban rezos del rosario en la puerta del teatro por señoras que pedían por nuestra salvación», rememora Bautista, Judas nada más y nada menos en el espectáculo.

«Los Legionarios de Cristo se ponían en las esquinas de la calle intentando evitar que el público entrara a ver Jesucristo Superstar diciéndoles que ya no habían localidades libres y cosas así», recuerda Azpilicueta, que no pasa por alto «las carreras a cada rato de las taquilleras por las amenazas de bomba en el Teatro Alcalá Palace de Madrid». Todo motivado por haberse atrevido a adaptar libremente los Evangelios, centrando el argumento en los últimos siete días de la vida de Jesús de Nazaret, comenzando con los preparativos de su llegada a Jerusalén y finalizando con la crucifixión. En principio, todo demasiado fuerte para las mentalidades de una sociedad desarrollada en el nacional catolicismo, familias de misa, mantilla y procesión que, sin embargo, entendieron en muchos casos, sobre todo entre la juventud, que no sólo las cosas estaban cambiando en España y en el mundo sino que supo apreciar lo que Azpilicueta y Camilo Sesto, con Teddy y Los Canarios y la inmensa Ángela Carrasco, una desconocida entonces, plantearon sobre las tablas del Alcalá Palace durante los seis meses que duraron las funciones.

Una oportunidad «irrepetible»

Teddy Bautista, desde su papel como director musical y arreglista no sólo del montaje teatral sino también del doble álbum LP, reconoce que las jornadas de trabajo transcurrían entre «el estudio de grabación y el teatro, y casi siempre sin dormir».

Tuvo claro el músico grancanario desde el principio «que era una oportunidad irrepetible» y que, también, «la base de toda aquella revolución musical estaba en la grabación del trabajo discográfico», reconocía en 2020 con motivo del 45 aniversario del estreno en España de Jesucristo Superstar. En una España que llevaba casi medio siglo en blanco y negro, lacrada por la dictadura de Francisco Franco, refrendada por la Iglesia católica, el estreno del musical supuso un impacto enorme.

Si a esa devoción casi obligatoria que se vivía en este país se le sumaba la inexistencia de algún referente sobre teatro musical más allá de las zarzuelas, no es difícil imaginar qué sucedía entre las paredes del teatro durante las funciones, donde no sólo acudían jóvenes prehippies con sensibilidad artística o en busca de nuevas experiencias sino que, en la mayoría de los casos, recibían a españoles cautos que se entregaban al descubrimiento de la actualizada –y humanizada– imagen de Jesús que propone el libreto de Andrew Lloyd Webber y Tim Rice, adaptado al español y estrenado hace ahora cincuenta años.

Cuando, por ejemplo, flagelaban sobre el escenario al personaje de Jesús los asistentes chillaban: «¡No le pegues! ¡Es sólo un hombre!» Pero no hay mejor ejemplo de aquella comunión entre público y elenco que un recuerdo de Camilo Sesto: «Cuando mi madre fue al musical y en un momento, yo cantando como Jesús decía ‘¿Dónde estás, madre?’, ella gritaba desde la butaca: ‘Estoy aquí, mi hijo’».

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