El experimento de Federico II
Su objetivo era demostrar que el lenguaje surgiría de forma espontánea cuando los niños madurasen. Él creía que terminarían hablando hebreo de forma natural.

El experimento de Federico II / LP/DLP
Federico II Hohenstaufen (1194-1259) fue todo un personaje. Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y nieto de Federico II Barbarroja, obtuvo el mote de «stupor mundi», estupor del mundo, por sus rarezas y excentricidades.
Los cronistas lo definen como un hombre inteligente, poliglota, amante de la filosofía y la astronomía y experto en matemáticas y ciencias naturales. Con el tiempo se erigió como defensor de la autonomía del poder del Estado y precursor de los príncipes del Renacimiento.
Su pugna con el Papado por el control del norte de Italia se descontrolaba. En 1225 se casó en segundas nupcias con Isabel-Yolanda, heredera del reino de Jerusalén, enlace promovido por el papa Honorio III, que pretendía obligar a Federico a encabezar la cruzada a Palestina. El emperador zarpó a Tierra Santa en septiembre de 1227, pero unos días más tarde tuvo que desembarcar debido a un brote epidémico que se había cobrado la vida de muchos de sus soldados. El nuevo papa, Gregorio IX, no se creyó el brote y excomulgó a Federico por romper su voto de cruzado. El emperador no cejó en su empeño y continuó su viaje convirtiéndose así en un cruzado excomulgado.
Su vida seguiría balanceándose entre la guerra y el saber. Durante los periodos de paz le obsesionó la función del lenguaje. Quiso averiguar si existía una lengua connatural al mismo hombre, es decir, quiso probar que el ser humano, aunque no aprendiese de otro, desarrollaría de forma natural un lenguaje hablado. Así, decidió organizar un cruel experimento. Ordenó que se recluyera a 30 bebés recién nacidos en una sala. Se les proporcionarían los cuidados más exquisitos, no se escatimaría en nada. Sin embargo, las cuidadoras tendrían prohibido hablar a los niños o hacerles ningún tipo de gesto. Tampoco podían relacionarse de modo afectivo.
Su objetivo era demostrar que el lenguaje surgiría de forma espontánea cuando los niños madurasen. Él creía que terminarían hablando hebreo de forma natural.
El resultado no sería el esperado por Federico. Murieron todos y cada uno de los bebés del experimento. Los treinta, sin excepción, fallecieron antes de los tres años de edad. Muchísimo tiempo después, en la década de los 40 del siglo pasado, el psicoanalista René Spitz estudió las privaciones emocionales en bebés y comprobó que una privación, aunque fuese parcial, generaba ansiedad, miedo y malestar en los niños que encontraban, además, mermadas sus capacidades mímicas, sus aptitudes comunicativas y su competencia para comprender situaciones cotidianas y sencillas.
Según explica el neurólogo canadiense Michael Maney el recién nacido no tiene activado su sistema antiestrés. A través de la atención y el contacto con su cuidado, se activa su capacidad para combatir el estrés.
El 13 de diciembre de 1250 Federico II murió, posiblemente de cáncer, en Apulia, dejando como heredero a su hijo Conrado, rey de Jerusalén.
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