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Un rey de Tenerife en Venecia

La iglesia de San Miguel en Almazán fue el templo en el que se bautizaron a los reyes destronados.

La iglesia de San Miguel en Almazán fue el templo en el que se bautizaron a los reyes destronados. / La Provincia

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El embajador italiano Francesco Capello había acudido a la Corte de los Reyes Católicos cuando se encontraba en Almazán. Y de esta forma asiste a los actos programados por los monarcas castellanos, entre ellos el bautismo de los siete menceyes de Tenerife.

El impacto de estos hombres envueltos en sus telas de cabra, con barba, y gran porte, no solo provocó la admiración de cortesanos y de la población de la villa soriana, sino la de Capello. El embajador logra que los Reyes le entreguen como obsequio a la ciudad de Venecia a uno de los menceyes. Antonio Rumeu en su libro sobre La Conquista de Tenerife hace referencia a una carta que envía a «su Señoría de Venecia» el embajador Capello y en el que cuenta con todo lujo de detalles «el insólito, por lo honroso, de que los reyes de España habían decidido obsequiar a la república, su aliada, con uno de los menceyes destronados de Tenerife».

De nuevo, uno de aquellos reyes de la llamada isla del Infierno tenía que realizar un largo peregrinaje hasta llegar a Venecia. El paseo de este rey guanche por las calles de la hermosa ciudad provocó una desatada afluencia de gente que no quería perderse este asombroso acontecimiento. Lo que no se sabe con certeza es quién de aquellos siete menceyes fue el que acabaría sus días en Italia.

El mencey se convirtió en el foco de todas las miradas. Así lo recogen no sólo historiadores como Antonio Rumeu de Armas sino también escritores como Juan Manuel García Ramos en su novela: Un guanche en Venecia, y el autor del libro Las tablas de Isabel, Pedro Mozas.

El aspecto de este rey destronado provocó tal revuelo que según recoge, entre otros, Pedro Mozas, el escultor Paolo Savin, que debía realizar la obra escultórica de la Torre del Reloj, que se mantiene en lo alto de la plaza de San Marcos, utilizó como modelo a este guanche, y así puede verse cada vez que se escuchan las campanas como dos aguerridos hombres vestidos con la piel de cabra y el aspecto de los menceyes son los encargados de tocar y custodiar esta pieza.

Después de permanecer un tiempo en Venecia, las autoridades decidieron concederle a este rey destronado un destino acorde a su pasado noble. El historiador Rumeu de Armas señala que si bien «no puede ser alabada su decisión de espléndida en el trato dado al rey de Tenerife, tampoco debe ser tachada de excesivamente cicatera. Se le señaló como residencia la encantadora ciudad de Padua, como alojamiento el suntuoso palacio del capitán gobernador, como pensión para su subsistencia cinco ducados al mes y como servidumbre fija dos criados».

Rumeu también advierte que «la memoria y el recuerdo del rey de Tenerife se extingue por completo», y sentencia que «sin duda, en Padua acabó sus días, con el corazón traspasado por el infinito dolor de su destierro».

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