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El ‘Oumuamua’ y la vida en el Universo

El objeto fuera del sistema solar detectado por un telescopio de la universidad de Hawái en 2017 reabre el debate sobre vida inteligente extraterrestre. Un grupo de astrónomos, encabezado por Abraham Loeb, de la universidad de Harvard, apuntó que podría tratarse de un artefacto ajeno al planeta Tierra

El episodio sobre extraterrestres en 1835, conocido como el bulo de Adams.

El episodio sobre extraterrestres en 1835, conocido como el bulo de Adams.

Fernando Hernández Guarch

«Basado en el tremendo interés mostrado, ordenaré al Secretario de Guerra, y a otros Departamentos y Agencias pertinentes, comenzar el proceso de identificar y liberar los archivos del Gobierno relacionados con la vida alienígena y extraterrestre, fenómenos anómalos no identificados (UAP) y objetos voladores no identificados (OVNIS), y cualquier otra información conectada a estos asuntos altamente complejos, pero extremadamente interesantes e importantes. ¡QUE DIOS BENDIGA A AMÉRICA!» (@realDonaldTrump, 19 de febrero de 2026).

El 19 de octubre de 2017, se detectó por el telescopio Pan-STARRS1 de la Universidad de Hawái el primer objeto confirmado procedente de fuera de nuestro sistema solar. Este intruso, ha generado desde entonces un volumen de literatura científica, debate académico y especulación pública sin precedentes en la exploración del espacio profundo. El objeto, oficialmente designado como 1I/2017 U1 y bautizado popularmente como Oumuamua («pionero que procede de lejos»), no solo representa un hito técnico en la capacidad de vigilancia de objetos cercanos a la Tierra, sino que también ha planteado un gran debate sobre la existencia de vida inteligente extraterrestre.

El telescopio Pan-STARRS1, ubicado en el observatorio de Haleakalā, detectó el objeto cuando este ya se alejaba a una velocidad de 87.3 kilómetros por segundo después de haber realizado una aproximación al Sol el 9 de septiembre de 2017. A pesar de no poder ser observado con detalle se pudo constatar que reunía algunas características muy especiales: provenía del espacio exterior, no del sistema solar, su velocidad era mayor de la habitual, tenía un brillo casi metálico superior al esperable y, sobre todo, se desvió de una trayectoria puramente gravitatoria. ¿Estábamos frente a una nave alienígena?

Eso es lo que mantienen un (polémico) grupo de astrónomos encabezado por Abraham Loeb de la Universidad de Harvard, quien propuso que Oumuamua podría ser un artefacto tecnológico extraterrestre. Sugería que el objeto podría ser una vela ligera: una membrana extremadamente fina diseñada para ser propulsada por la presión de radiación solar (ver todos los detalles en el libro Oumuamua de ese autor).

Sin embargo, la mayoría de los astrofísicos se mantienen escépticos ante la interpretación tecnológica, citando la aplicación de la navaja de Ockham: las explicaciones naturales, aunque involucren materiales exóticos, no requieren la introducción de una inteligencia externa cuya existencia no ha sido probada. Se ha propuesto incluso el lanzamiento de una misión espacial que interceptara al Oumuamua para estudiarlo con detalle. El problema es que esa interceptación se realizaría ¡dentro de treinta años!

La búsqueda de inteligencia extraterrestre empezó en serio (científicamente) en 1959, cuando dos físicos de la Universidad Cornell Giuseppe Cocconi y Philip Morrison escribieron un revolucionario artículo titulado Searching for Interstellar Communications (La búsqueda de comunicaciones interestelares) donde conjeturaban que existían civilizaciones extraterrestres tan avanzadas como la nuestra, y que esas civilizaciones transmitirían seguramente un mensaje para que alguien lo captara diciendo «¡Existimos!».

En 1961, el astrónomo Frank Drake formuló una ecuación para estimar el número probable de civilizaciones tecnológicas en nuestra galaxia. No es una fórmula con una respuesta única, sino un mapa de lo que necesitamos saber para encontrar esa probabilidad. Los factores que incluye son todos ellos de valor desconocido y van variando conforme aumentan nuestros conocimientos del espacio. El factor más crítico es cuánto tiempo sobrevive una civilización antes de extinguirse.

Si las civilizaciones duran poco, la probabilidad de que «coincidamos» en el tiempo es casi nula. Pero si la permanencia es alta, aunque solo hubiera una civilización por galaxia, ¡habría millones de civilizaciones en el universo observable!. Entonces, ¿por qué no hemos visto a nadie? Esta es la llamada Paradoja de Fermi.

El Gran Filtro es una de las respuestas más inquietantes (y lógicas) a la Paradoja de Fermi. La idea es sencilla: en el camino que va desde la materia inerte hasta una civilización que coloniza galaxias, hay un filtro que es una barrera casi imposible de superar. Existen dos posibilidades principales sobre dónde se encuentra ese filtro, y de cuál sea la respuesta puede depender nuestro destino como especie.

Si el filtro está en nuestro pasado (escenario optimista), significa que los humanos somos «especiales» o extremadamente afortunados porque ya hemos superado el filtro que detiene a todos los demás. Puede ocurrir que el paso de química a biología sea mucho más difícil de lo que pensamos, o bien somos de una conformación muy especial, con manos por ejemplo, que nos permite construir herramientas. La conclusión sería: estamos solos porque somos los primeros en ganar la «lotería cósmica»de la vida inteligente.

Pero, si el filtro está en nuestro futuro, entonces el escenario es aterrador. Sugiere que la vida inteligente surge con frecuencia en el universo (en el asteroide Ryugu se han encontrado todas las bases del ADN y del ARN necesarias para la vida), pero que al llegar a cierto nivel de desarrollo (el que nosotros tenemos ahora o uno cercano), algo aniquila sistemáticamente a la vida inteligente (guerras nucleares, una IA hostil, agotamiento de recursos, calentamiento global,...). Y ese sería, muy probablemente, el destino del Homo sapiens por lo que el silencio del espacio no es un vacío, sino un cementerio.

Otros dos objetos interestelares han sido observados tras el paso del Oumuamua: el 2I/Borisov en 2019, que al principio se creyó que venía de los confines de nuestro sistema solar; y el 3I/ATLAS (C/2025 N1), detectado en julio de 2025, que es el que ahora acapara la atención de los astrofísicos, incluso a los del Observatorio del Teide en Canarias. También de estos objetos se ha pensado que han podido ser enviados por los alienígenas.

Esperemos que la orden ejecutiva de Donald Trump nos saque de dudas sobre los restos recuperados en Roswell, Nuevo México, en 1947, trasladados al Área 51 en Nevada para ser estudiados en secreto. Es lo que se rumorea, aunque en ningún caso vamos a creernos lo que nos digan.

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