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La sangrienta caída de Robespierre

La sangrienta caída de Robespierre

La sangrienta caída de Robespierre

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Lara de Armas Moreno

Pocos desconocen el nombre de Maximilien Robespierre (1758-1794), el apodado «Incorruptible» fue uno de los líderes de la Revolución Francesa que presidió la Convención Nacional dos veces, asamblea legislativa que gobernaba Francia tras el arresto de Luis XVI.

El 26 de julio de 1794 se encontraba dando un discurso ante la Convención Nacional. En él daba detalles precisos que atentaban contra la seguridad de la Revolución. En el ambiente se palpaba el miedo de los asistentes que se preguntaban quién sería el próximo en ser guillotinado. El último había sido Georges Danton, un importante líder de la Revolución.

Los franceses vieron cómo el sueño de una vida mejor que prometía la Revolución se tornaba en un periodo oscuro conocido como el del Terror que comenzó el 17 de septiembre de 1793 cuando la Convención aprobó medidas para reprimir actividades contrarrevolucionarias. Durante diez meses se vivió un genocidio en el que perecieron hombres, mujeres y niños. Tras la reunión del día 26, algunos miembros de la convención, atemorizados por ser los siguientes en la lista para pasar por la guillotina, urdieron un plan para la sesión que tendría lugar el día siguiente. Durante la asamblea, los insultos y acusaciones a Robespierre no cesaron. Éste, atónito, no encontró las palabras para defenderse. En el acta quedó reflejado lo siguiente:

-«¡Es la sangre de Danton, que le ahoga!» -gritaron desde la bancada.

-«¿Danton?» -replicó Robespierre- «¿Es por Danton que os lamentáis? ¡Cobardes! ¿Y por qué no lo defendisteis?».

La Convención hizo arrestar a Robespierre y a sus colaboradores, pero tras varias revueltas jacobinas escaparon y fueron declarados criminales huidos. Se refugiaron en el Hôtel de Ville, pero no pasó mucho tiempo hasta que fueron encontrados y rodeados. Uno de los colaboradores de Robespierre se suicidó disparándose, pero no antes de darle otra arma a su líder para que éste hiciera lo mismo. Robespierre, inexperto tirador, erró el disparo y se voló por error media mandíbula de modo que terminó colgándole medio rostro.

Le encontraron ensangrentado y seminconsciente, así que le tumbaron en una mesa pensando que moriría desangrado en pocos minutos, sin embargo, quedaron sorprendidos al comprobar que no era así. Llamaron a un doctor que le ató un pañuelo a la cabeza para sostener la mandíbula colgante. Aunque la muerte no le llegaría de forma natural, su final no se haría esperar. Fue el último de los apresados tras la Convención en ser ajusticiado y llegó al patíbulo por su propio pie.

Su verdugo arrancó el pañuelo que sujetaba su mandíbula antes de ejecutarle ya que le estorbaba. Robespierre emitió un fuerte grito antes de que la cuchilla, por la que tanta gente pereció bajo sus órdenes, terminase por fin con su sufrimiento.

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