Hay algo que hace especial la huelga general del 14N, la segunda contra Rajoy. Esta vez la convocatoria no la hacen solo los sindicatos, se suman también las organizaciones sociales: asociaciones estudiantiles, de mujeres, organizaciones agrarias, etcétera. Aspira a ser una protesta social general, como decía hace unos días el secretario general de UGT de Canarias, Gustavo Santana, "no sólo contra un Gobierno y su política de recortes. También contra el neocapitalismo". En eso coincidían Méndez, Toxo y demás líderes de las organizaciones integradas en la Cumbre Social, que es la convocante de la huelga general.

Aclaraban: "No sólo es una denuncia de la reforma laboral y del dramático crecimiento del paro. Nos pronunciamos también contra toda la política económica del Gobierno, alertamos del desprestigio de la clase política. Y pedimos un referéndum para que todo el pueblo pueda pronunciarse contra una política que lleva al país al desastre".

También la protesta se extiende a toda Europa, convocada por la Confederación Europea de Sindicatos. Aunque sólo toma forma de huelga general en los países con una situación más crítica: España, Portugal y Grecia.

Se da, por tanto, un paso más, o varios pasos más lejos de donde llegaron las cinco huelgas generales anteriores de la Democracia española.

¿Quiénes van a la huelga?

Con el grito de "a la calle que ya es hora", como diría el poeta, centenares de miles de manifestantes, millones de huelguistas, expresarán con indignación el gran drama social de España: el terrible dolor de la pérdida de los trabajos, el empobrecimiento de las familias, la pérdida de sus casas y seguridad, y el enorme sufrimiento social que está soportando el país.

¿Cuántos serán los manifestantes? ¿Cuántos serán los huelguistas? ¿Más? ¿O menos? Una vez más, soportaremos la guerra de cifras. A partir de un número ganó el Gobierno y de otro, los sindicatos. Todos exagerarán para aparecer vencedores. Pero la realidad es, si no aprendemos la lección, que todos habremos perdido.

¿Quiénes no van?

La otra mitad de España: los que temen perder su trabajo; los menos afectados por la crisis; los que dicen que las huelgas generales no sirven para nada y hacen daño a la economía; los que tienen más y, por tanto, pagan más impuestos. Y creen que "mis impuestos se malgastan, sirven para mantener cargos políticos, empresas públicas y una educación y sanidad ineficientes y costosas".

Es decir, dos Españas de nuevo enfrentadas. En una nación que grita, pero no razona. En donde cada uno va a lo suyo, y todos culpan a los demás.

¿Quién tiene la culpa?

Los que van a la huelga dicen: "Los que no van". Y estos dicen, igual de convencidos: "La culpa la tienen los que van". Y si esto puede parecer demasiado abstracto y les pides que precisen. Es fácil: unos culpan a Zapatero, y otros a Rajoy.

Pero la verdad es que España está enferma. La economía, la sociedad y la política. No es una enfermedad incurable. Tiene cura. Pero para curarnos hace falta diagnosticar bien y luego poner los remedios adecuados por muy dolorosos que sean.

Hace unos días me encontré a un viejo amigo por el paseo de Las Canteras, que me contó: "Tengo dos piedras en el riñón y me provocan fuertes dolores. El médico quiere que me opere". "¿Te vas a operar, claro?" "Pues no. Me han recomendado a un coreano que me da una mezcla rara que me aliviará el dolor. Y la verdad: me da miedo operarme".

A la sociedad española también le han dicho que tiene que operarse. Pero los españoles tienden más a hacerle caso al curandero que al médico. Buscan soluciones mágicas. Y esperan milagros. Que no llegan.

El mal vino de lejos

Aceptemos que nos hemos equivocado. El mal vino de allá de los mares: al capitalismo financiero le volvió loco la codicia. Y creó la mayor burbuja especulativa de la historia. Todo se distorsionó. La gente confundió precio y valor. Con mucho dinero en circulación, los banqueros tenían sueldos increíbles, los directivos de las empresas también, los sectores más ricos pagaban pocos impuestos, todo el mundo conseguía un crédito para comprar una vivienda, eso sí, al doble de su valor y luego no se podía pagar.

Llegan los inmigrantes, se les paga la mitad para hacer viviendas y se les vendía después por el doble: ganaban los bancos y los especuladores.

Para ganar votos, los políticos aceptaban la presión de los ciudadanos y creaban más empleo público del que debían.

¿Para qué seguir? La historia nos la sabemos todos. Pasó igual que en la crisis del 29: "la borrachera de la prosperidad" y "las burbujas engañosas".

Nos olvidamos de sus terribles lecciones. Hasta del sueño de José en la Biblia: siete años de vacas gordas, y siete de vacas flacas. Y de la recomendación: cuando las cosas van bien, austeridad y ahorro.

Aquí no, Zapatero decía: "España es el país que más progresa de Europa: hemos superado a Italia y estamos cerca de alcanzar a Francia".

Un proverbio chino dice: "No olvides que cuando estás en la cresta de la ola, es cuando estás más cerca del suelo". Es evidente que Zapatero no se sabía el proverbio.

Luego llegó Rajoy: "Quítate tú, me pongo yo. Esto se arregla fácil. La palabra clave es confianza. Con confianza nos recuperaremos rápidamente".

Pero no, el resultado final: la mayoría de los ciudadanos ha perdido la confianza en los políticos y en la política.

¿Así se puede salir de la crisis?

Pero, ¿qué es salir de la crisis? ¿Superar la recesión grave del 2012 y el 2013 y pasar luego, en el 2014, a crecer escasamente el 0,8%? ¿Eso es salir de la crisis?

Los expertos aseguran que alcanzaremos el PIB del 2007 en el 2018. Es decir, somos los protagonistas de una década perdida. Y de una generación de jóvenes perdida en el tiempo clave de sus vidas.

¿Sabemos que si seguimos los recortes podemos dañar gravísimamente el Estado de Bienestar? ¿Degradar por largo tiempo el sistema de educación y sanidad públicos?

¿Sabemos que somos uno de los países más endeudados del mundo y que tenemos que pagar nuestras deudas? ¿Y que tenemos un sistema bancario ahogado por una enorme deuda y balances falseados?

¿Que no podemos aplazar más una reforma fiscal que haga más justa y eficiente la economía? ¿Y un sector público menos costoso y más eficiente?

La retahíla se podría hacer interminable, pero al final las preguntas se resumen en una sola: como compatibilizar austeridad y crecimiento.

Hace poco, Joaquín Almunia, vicepresidente de la Comisión Europea nos decía: "En Europa todos los gobiernos están de acuerdo en que hay que hacer compatible austeridad y crecimiento. Pero el problema es que nadie sabe cómo hacerlo".

Pero la respuesta está llegando, recortar gasto improductivo, ganar competitividad y mantener la inversión más necesaria y productiva. Y lo más importante, contar con el tiempo, los plazos, para que esto se pueda hacer.

¿Y por qué no hace, entonces?

En busca del interés general perdido

Porque no se contribuye al consenso social y político necesario. Las crisis provocan miedo y hasta pánico. Todos van al ¡sálvese quien pueda! La culpa la tiene el otro.

Pero la realidad es que la culpa la tenemos todos un poco. Más los de arriba que los de abajo. Pero la solución la tenemos que pactar todos. Porque el problema, el gran problema, es que en algún momento entre el griterío y la confusión perdimos el hilo de Ariadna que nos guía para salir del laberinto: el interés general, el bien común.

En los momentos críticos de la historia, y este sin duda es uno; las naciones en crisis tienen que ser capaces de que sus ciudadanos sepan reconstruir el bien común. Hacer sacrificios, renunciar a conquistas para recuperarlas más adelante, pactar un proyecto de futuro y recuperar el propósito como nación.

En tiempos de zozobra, la cuestión clave es saber qué pueblo tenemos.

Obama lo decía en el discurso de Chicago donde celebraba su victoria: "La gran fuerza de Estados Unidos no es su poder económico y militar, estará en saber si tenemos un pueblo en donde cada uno sea capaz de compartir su responsabilidad con los demás. Somos más grandes, mucho más grandes, que la suma de nuestras ambiciones individuales".

¿Tenemos nosotros nuestro Obama? Un liderazgo capaz de superar esa enorme fractura que divide al país. De momento, no. Pero hay que recordar que en 1978 en una España en profunda crisis, como ahora, todos los partidos, los sindicatos y la sociedad entera supieron construir un gran consenso nacional: los Pactos de la Moncloa y la Constitución. Los líderes de aquel tiempo: Suárez, González y Carrillo, estuvieron a la altura de la historia.

Quizá por eso, será bueno comprender que la huelga general del próximo miércoles con sus razones y sinrazones es un aldabonazo en la conciencia de la nación. Es eso, más, muchos más que una huelga general. Y debería servir para que los que se oponen y los que la defienden abran un diálogo para recuperar la esperanza en el futuro.