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Análisis

La discrepancia alemana

La emisión de euros del BCE no tiene justificación para el gobierno de Berlín, que cree que sólo servirá para poner la política monetaria al servicio de la fiscal

La expansión monetaria que lanzará el Banco Central Europeo (BCE) es una medida de política monetaria. Pero es tan extraordinaria que cuando se recurre a ella es porque la política monetaria ordinaria (reducción del tipo oficial de interés a casi cero, facilidades de crédito y subastas de liquidez) ha fracasado.

Cuando Alemania y su banco central (Bundesbank) dicen que fabricar euros no es política monetaria sino fiscal no se están refiriendo a la naturaleza de la medida (que es monetaria) sino a la finalidad subrepticia que desde su óptica intuyen en la decisión.

Para el Bundesbank el fracaso de las medidas monetarias ordinarias ejemplifica que tampoco serán eficaces las extraordinarias porque, a su entender, no es el momento de la políticas de demanda sino de las de oferta, con reformas y ajustes para volver al crecimiento virtuoso.

Para Alemania, la desinflación es pasajera, el riesgo de deflación es bajo y no hay escasez sino abundancia de liquidez. Y, si tales condiciones no se dan, y además el euro se está depreciando por el rearme del dólar, la lógica de Berlín conduce a la conclusión de que se está recurriendo a la política monetaria para hacer a hurtadillas política fiscal desde el BCE.

Según su tesis, se recurre a la fabricación de dinero (un receta aparentemente indolora) para abaratar la financiación de los estados con la compra de su deuda y para que los gobiernos eludan y pueda orillar las medidas desagradables para contener los déficit presupuestarios, restablecer el equilibrio, reducir la deuda pública y replantear el crecimiento del PIB sobre bases más sólidas y saneadas que competen a su política fiscal.

Se parte de la concepción de que la expansión monetaria es una medida narcotizante de la economía y que genera los mismos efectos eufóricos temporales que los estupefacientes y el alcohol y que, como éstos, tiene efectos secundarios y propicia comportamientos de riesgo.

La visión ortodoxa alemana ve en tales estímulos una suplantación de la política fiscal porque la inyección de dinero genera ilusión de riqueza, la fabricación de inflación reduce el peso de las deudas, y la revalorización de activos acrecienta los ingresos fiscales nominales, todo lo cual permite postergar las reformas y eludir los problemas -que en realidad sólo se aplazan- mientras se generan otros nuevos: erosión del valor del dinero, depreciación del ahorro, gestación de fuerzas inflacionarias que acabarán destruyendo empleo, vulneración de la independencia del BCE y perversión de la autonomía monetaria (cuyo fin es el control de la inflación) poniéndola al servicio de fines presupuestarios.

El temor alemán nace de que no hay compartimentos estancos y de que todos los factores y variables están interrelacionados, de modo que las políticas fiscal, monetaria y cambiaria, siendo distintas, interactúan y sus resultados también, por lo que es factible recurrir a una de ellas para influir en cualquiera de las otras.

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