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El referente canario del turismo

El Hotel Costa Meloneras es la máxima expresión de la apuesta de empresarios locales por sustituir el viejo modelo hotelero por un moderno concepto de alojamiento

El referente canario del turismo

El referente canario del turismo QUIQUE CURBELO

Comenzaba el nuevo milenio cuando se levantó la estructura de lo que sería el futuro Hotel Costa Meloneras. Al proyecto le llovieron entonces las críticas. La visión de aquel inmenso mamotreto hacía difícil imaginar en ese momento que acabaría por transformarse en lo que es hoy: una gran parcela ajardinada con un hotel en su interior y una piscina "infinita", que se ha convertido en su principal reclamo y su sello de identidad.

En 2001 abrió por fin sus acristaladas puertas a los clientes. Inició así su andadura, hace quince años, no solo uno de los negocios turísticos más rentables de Canarias, sino un tipo de hotel que se ha convertido en el referente de un nuevo concepto de alojamiento: el resort. Y que supuso, además, una ruptura en toda regla con el modelo tradicional que imperaba en las Islas prácticamente desde el inicio del turismo de masas.

Lo sorprendente de este cambio cualitativo, que se produce a principios de este siglo en el turismo canario, cuando se cierne sobre el destino la seria amenaza de su obsolescencia, es que está protagonizado por inversores canarios. Por primera vez en la historia del turismo de las Islas, los empresarios locales toman la delantera a los inversores foráneos y marcan un nuevo camino al optar por la alta calidad como apuesta de futuro. Deciden, en definitiva, adaptar sus infraestructuras alojativas a la demanda del nuevo turista del siglo XXI, más informado y exigente que el cliente tradicional.

El Grupo Lopesan, propietario del "hotel de las piscinas", es, en este sentido, la máxima expresión de esa apuesta decidida de diversos empresarios canarios -o "canarizados"- , que surgen en las cuatro grandes islas turísticas: Gran Canaria, Tenerife, Lanzarote y Fuerteventura.

Tercera generación

Desde que se inició el turismo de masas en Canarias a finales de los años cincuenta, con la ocupación de "los sures", tres fases han marcado la evolución de la historia turística de las Islas hasta la actualidad. El turismo inicial, o de primera generación, primó la construcción de apartamentos y hoteles de dos y tres estrellas, que eran los productos más demandados entonces. En este período, los inversores fueron fundamentalmente extranjeros (nórdicos y, sobre todo, alemanes) y peninsulares, aunque también participó con sus ahorros una significativa parte de la sociedad canaria.

A mediados de los ochenta, y tras una crisis económica que tuvo un fuerte impacto en el turismo canario, el sector vivió una nueva fase de expansión que se tradujo en un crecimiento espectacular del número de turistas que recibía hasta entonces. Así, pasó de los cinco millones de turistas anuales de 1990 a superar los diez millones a partir del año 2000. Además de apartamentos de más calidad y apartahoteles, el producto más significativo de este período fue el hotel de cuatro estrellas y sus principales inversores fueron las grandes cadenas mallorquinas y catalanas. Meliá, RIU, Barceló, Iberostar o Princess aprovecharon el enorme potencial turístico que representaba Canarias entonces, y sobre todo su beneficiosa fiscalidad, para capitalizarse y dar el salto internacional hacia otros mercados en el Mediterráneo y en el Caribe. La rentabilidad de sus negocios en el Archipiélago contribuyó de forma significativa a la conversión de estas cadenas españolas en las potentes multinacionales turísticas que son hoy.

Pero la entrada del nuevo milenio marcó el inicio de una nueva fase en el turismo canario: diversos empresarios de las Islas, vinculados fundamentalmente al sector de la construcción, irrumpen en el mercado turístico e introducen en el destino hoteles de tercera generación. Son los denominado resorts, que nada tienen que ver con el viejo concepto de alojamiento que había imperado en las dos etapas anteriores. A partir de este momento, los grandes inversores ya no son solo extranjeros y peninsulares.

Desde mediados de los noventa, una herramienta fiscal, la Reserva de Inversiones, va a jugar un papel significativo en el desarrollo turístico de Canarias, al propiciar el fortalecimiento de un empresariado local que llevaba tiempo haciendo incursiones en el negocio turístico, de forma más o menos tímida.

Hijos de la RIC

Además, la RIC ayudó decididamente al sector de la construcción, en un periodo en que las empresas canarias pasan de ser subcontratistas a socios de las grandes empresas peninsulares, que ganaban la mayoría de contratos públicos.

Los empresarios isleños comienzan, así, a participar en condiciones de igualdad en la ejecución de obras que hasta entonces se adjudicaban a compañías de fuera: carreteras y aeropuertos, infraestructuras de obra civil y alojamientos turísticos.

El uso del instrumento financiero de la RIC supuso un promedio de inversión de 800 millones de euros anuales durante una década, de los cuales 500 millones fueron destinados al turismo. Pero el capital canario no sólo irrumpe con fuerza en el sector turístico, sino que incorpora una visión de futuro que le lleva a apostar por revolucionar la visión de turismo: el que representan los citados resorts, impulsados por estos "hijos de la RIC".

En realidad el primero en dar el salto, ya en los años noventa, fue la familia Zamorano en Tenerife, al reconvertir su empresa tabacalera, ya con amplia experiencia de internacionalización, en el actual grupo turístico. El Gran Hotel Bahía del Duque representó la primera gran apuesta por el turismo de calidad, en un momento en que el envejecimiento de los viejos alojamientos comenzaba a encender la luces de alarma en el sur de Tenerife. El riesgo de decadencia del destino se contuvo con estas y otras inversiones, tanto en esta isla como en las restantes.

En Lanzarote, ese papel renovador lo jugó Enrique Martinón con la apertura del Hotel Volcán; en Fuerteventura, el Gran Hotel Atlantis Bahía Real, del empresario de origen catalán pero afincado en Canarias desde hace décadas, Carlos Cebriá; y, en Gran Canaria, el Gran Canaria Salobre de Juan Miguel Sanjuán y el Villa del Conde de Eustasio López. Estas últimas instalaciones comparten con el Bahía del Duque y el Volcán un estilo arquitectónico común, que incorporó la canariedad a un modelo resort norteamericano: no en vano fue el fallecido Andrés Piñeiro el arquitecto que diseñó los tres alojamientos.

Pero ha sido, sobre todo, el Hotel Costa Meloneras el que ha marcado el gran cambio del convencional modelo hotelero por un moderno concepto de alojamiento, adaptado a los clientes del siglo XXI. Algunas cifras bastan para dar una idea de la dimensión económica de un establecimiento de estas características: ocupa 110.000 metros cuadrados; tiene 1.136 habitaciones y 600 empleados; recicla 300 toneladas de envases y 450 de cartón al año, entre otros residuos; y su piscina "infinita" tiene más de cien metros cuadrados de largo y 5.500 metros cúbicos de agua.

El control del suelo

La clave de este proceso de consolidación del empresariado canario en el sector turístico está en el control del suelo. La propiedad de los terrenos más demandados turísticamente es el pilar sobre el que levantan sus negocios los inversores locales, bien vendiendo a las principales cadenas ya instaladas en el destino o bien comenzando a desarrollar sus propios proyectos turísticos.

El ya fallecido empresario Ángel Luis Tadeo lo calificó, con su característico sentido del humor, como "la reconquista". Recordando los inicios de la construcción del Hotel Costa Meloneras, el propio Eustasio López ha reconocido que "cuando se veía aquella mole gris en construcción, es verdad que algunos se asustaron, pero cuando se terminó y se abrió todos coincidieron en reconocer que habíamos creado un referente para una nueva etapa turística en el sur de Gran Canaria".

La nueva etapa que los citados empresarios trataron de impulsar en cada una de sus respectivas islas, mediante la implantación de estos productos de altísima calidad, se ha producido, además, en medio de un debate político y social, aún inacabado, sobre la necesidad de mantener límites a la inversión para evitar otro crecimiento desmesurado del turismo.

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