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El "yo te desheredo" deja de ser una frase

Entra en vigor, con éxito, la ley del País Vasco que permite al testador negar bienes a sus descendientes directos

El "yo te desheredo" deja de ser una frase

El "yo te desheredo" deja de ser una frase

La legítima, ese sacrosanto tercio de la herencia que se repartía entre los herederos aunque éstos llevasen décadas sin tratar al testador, fuese este el padre, el abuelo o el tío soltero del pueblo al que sólo se conocía de oídas, comienza a erosionarse y va camino de convertirse en un vestigio del pasado. Los teléfonos de las notarías del País Vasco echan humo con llamadas de personas interesadas en cambiar su testamento y dejar sin herencia a sus hijos -después del cambio normativo aprobado recientemente en su parlamento que ha entrado en vigor el pasado día 1-. La ley de Derecho Civil del País Vasco permite que el testador pueda repartir la legítima como mejor le convenga entre sus herederos y también excluir de la misma a quien le parezca, sin dar explicación.

La frase: "Yo te desheredo", ha dejado de ser un brindis al sol, fácilmente reversible en los tribunales, para convertirse en un arma para los padres que quieren castigar a hijos díscolos, ingratos o directamente maltratadores. Aunque en ocasiones sea utilizado por padres que tienen la desgracia de haber engendrado a alcohólicos o adictos a otras sustancias, y que no tienen ninguna gana de que el patrimonio familiar sirva para alimentar vicios.

Navarra ya aplicó modificaciones similares y en Cataluña se incluye como causa legítima para desheredar a un hijo "la ausencia manifiesta y continuada de relación familiar". Otras regiones, como Galicia, Aragón o Baleares mantienen una legislación propia. El resto del país sigue rigiéndose por el Código Civil aprobado en 1889, más estricto con eso de dejar a dos velas a los hijos.

Según el Código Civil, hay varias causas de desheredación, pero son tan extremas y difíciles de probar que rara vez prosperan. Hay unas causas generales, como haber atentado contra la vida del testador, haberle acusado de un delito u obligado a hacer o cambiar el testamento. Son causas objetivas, de cajón.

Pero también hay unas causas específicas, y digamos más opinables, como haber negado sin motivo los alimentos al padre o haberle maltratado de obra o injuriado gravemente de palabra. Estas últimas causas son más fácilmente impugnables por el desheredado, y según explican los notarios, "únicamente se aceptan en casos muy claros. El problema es probarlo".

El reparto de la legítima era hasta ahora algo sagrado, pero la doctrina del Tribunal Supremo ha ampliado un tanto el abanico de las causas específicas de desheredamiento, al equiparar el maltrato de obra y psicológico con el abandono emocional.

Hay sentencias pioneras, como la dictada recientemente por la sección séptima de la Audiencia Provincial de Asturias, que avala la decisión de una mujer de desheredar a sus dos hijas, que desatendieron las necesidades de su madre durante sus últimos años de vida, negándose incluso a visitarla cuando ingresó en el hospital.

Dejar abandonado a un padre, privarle del cariño de su familia en los últimos años de su vida, que un hijo se muestre cicatero con unos cuidados que le permitieron sobrevivir en la infancia y convertirse en adulto, son una causa más que justificable para dejar a alguien sin herencia. Razones de sentido común por más que no las especifique la ley.

La legítima, sostienen los letrados que abogan por erradicarla, es una institución propia del pasado, de otra sociedad, en la que los hijos contribuían como el que más a formar el patrimonio familiar, y era injusto que, llegado el momento, se les privase del fruto de su esfuerzo.

Pero los tiempos han cambiado. Por regla general, en el mundo precario de hoy son los padres los que sostienen ahora la familia con su trabajo, pagan los estudios de los hijos y les prestan el primer dinero para independizarse. Los hijos contribuyen en nada o en poco. Eso sí, se creen con derecho a recoger el esfuerzo de toda una vida, sin ofrecer ni siquiera muchas veces un gesto de cariño. Un debate peliagudo.

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