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El constructor "serio"

Cristian Caracostea llegó hace trece años sin hablar una sola palabra de español y hoy tiene una empresa que da empleo a 16 personas

Decía esta semana Royston Drenthe, futbolista holandés que llegó a serlo del Real Madrid y tempranamente retirado, que a sus 30 años ha vivido más de lo que algunos vivirán en 200. Es tanto como decir que ha vivido una vida, la que le ha tocado, porque exactamente lo mismo puede aseverar Cristian Caracostea a los 36. Rumano, abandonó su país hace ya trece años y, aunque no le han faltado obstáculos que salvar, hoy no solo tiene su propia empresa en Gran Canaria, sino que además da trabajo a otras 16 personas, ha formado una familia y aunque matiza que no está "en la cima", si admite que le va bien. Considera que hacer de "la seriedad" la característica principal de su servicio se ha convertido en la fórmula mágica que le ha ido abriendo puertas y permitiendo derribar muros.

En 2004, tras terminar la carrera de Derecho, decidió viajar a Madrid para trabajar y ahorrar dinero con el fin de pagar los alrededor de 5.000 euros que le costaba acceder a una especie de pasantía, condición sine qua non para poder ejercer como abogado. "No hablaba ni una palabra de español ni tenía idea del oficio", rememora, pero como era inevitable en aquellos años en que la burbuja inmobiliaria continuaba creciendo, la construcción fue su destino.

"Me metieron en un agujero de dos metros con un martillo en la mano y ahí, a darle", relata sobre sus comienzos en España. Abordando esa labor pasó "tres meses". A la dureza del trabajo se unía la dificultad de intentar descansar en un piso que compartía "con seis personas" y de dormir "en medio cajón. Yo lo llamo así, salía de un armario", cuenta en ausencia de dramatismo; es más, sin ocultar esa sonrisa con la que se brinda por los tiempos pasados duros y aleccionadores.

Caracostea tenía claro que hacer hueco a una zapata desde el hoyo en el que estaba enterrado no era un camino a recorrer durante mucho tiempo si quería que su vida se asemejara a la que había pensado. En cuanto le fue posible, mostró las aptitudes adquiridas durante los años de formación académica y pasó a la oficina para desempeñar tareas administrativas. Quizá poco para alguien que había culminado con éxito el paso por la universidad, pero muy útil para la gestión hoy de su propio negocio.

Un año después de llegar, retornó a su Rumanía natal, "pero ya nada era lo mismo", explica sin detalles. Para entonces ya tenía un NIE (Número de Identidad de Extranjero), es decir, era legal y podía entrar y salir del país como cualquier otra persona. Decidió que la aventura española no estaba acabada y retornó para continuar exprimiéndola.

Madrid continuó siendo la base de operaciones, pero el trabajo le permitió conocer Barcelona y Bilbao. "Había una obra en otras ciudades y la empresa desplazaba un equipo", señala. Hasta que un día le dijeron que la siguiente parada sería Gran Canaria. Llegó para un mes, pero el trabajo se complicó y la estancia se alargó. Para entonces la crisis había estallado y un buen día le despidieron como a tantos miles de trabajadores.

Buscó empleo como administrativo y no lo halló, lo que a la postre resultó positivo. "¿Que si quería mi propia empresa? Lo tenía clarísimo", enfatiza Cristian dejando meridianamente claro su carácter emprendedor forjado, entre otras cuestiones, "trabajando para otros, algunos de ellos...", deja la frase abierta.

Se hizo autónomo y así funcionó durante dos años y medio. Cumplido ese tiempo puso en marcha Cececons Construcciones, la sociedad limitada con la que opera actualmente, en la que tiene contratadas a 16 personas y que es sustento de su familia: su mujer, a la que conoció en Toledo durante unas vacaciones, y sus tres hijos, el más joven nacido muy recientemente.

Da empleo a personas de cualquier nacionalidad aunque no por ello oculta que cada colectivo tiene sus particularidades. Los que más arriesgan son los de la tierra. No le han faltado canarios que le han propuesto cobrar en negro para mientras tanto continuar percibiendo el paro. "Evidentemente yo no puedo acceder a eso", señala sobre la necesidad de vivir completamente alejado de la ilegalidad y paseando la bandera de "la seriedad. Eso es lo que me ha abierto las puertas aquí, cumplir siempre lo pactado y ocuparme de que todo esté ajustado a lo que dicen las normas", asegura.

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